Conforme vas cumpliendo años la vida te va restando capacidad de sorpresa. Todo lo has visto ya alguna vez, lo has vivido antes. Cada vez te encuentras más cómodo en tus certezas y tienes menos predisposición a modificarlas. Es como si a la personalidad también le salieran michelines. Te vuelves descreído y conservador. Empiezas queriendo hacer la revolución y el amor y acabas conformándote con no hacer ninguna de las dos cosas mientras sonríes con las ocurrencias de Bertín Osborne y Mariano Rajoy.

Por eso, cuando aparece algo que de verdad tiene capacidad de sorprenderte, de alguna forma rejuveneces. En el fútbol actual hay poco margen para lo desconocido: los jóvenes valores están escrutados desde que salen de la guardería, y cuando alguno de ellos cumple mínimamente con las expectativas generadas la industria editorial les dedica una hagiografía exprés. Se trata de un nuevo género literario: la biografía preventiva.

Por eso sorprende tanto que nos hubiéramos plantado en estas alturas de la película y aún no conociéramos al mejor entrenador del mundo. Dejémonos de Special Ones, de holandeses con cara de ladrillo, de asturianos con malas pulgas o de catalanes con idiomas y buena percha: el puto amo de los banquillos es un tío calvo y anónimo que viste como si fuera a bajar la basura. ¡El mejor entrenador del mundo es tu vecino y no te habías enterado!

André Schubert tiene 44 años, no jugó al fútbol profesional y estudió Filología germánica. En 2004 se propuso sacarse el título de entrenador. Olaf Thon, que compartió clases con él, lo recuerda como “un chaval muy ávido de aprender, tremendamente motivado”. Así fue como acabó con el carnet en la mano, primero de su promoción. Sin embargo -como bien saben miles de jóvenes españoles- una buena formación no implica que vayas a tener oportunidades de ponerla en práctica. Gestionó las categorías inferiores del Paderborn, se hizo cargo del primer equipo (y lo ascendió a Bundesliga.2), y pasó sin demasiada pena ni gloria por el Sankt Pauli. En julio de 2014 asumió las riendas de la selección alemana sub15, y este último verano cogió la tiza del filial del Mönchengladbach… en cuarta categoría. En ese momento, al mejor entrenador del mundo no le conocían ni sus vecinos.

Pero resulta que el Borussia empezó fatal la campaña, y su técnico, el suizo Lucien Favre, prefirió bajarse del barco antes que correr el riesgo de anotar un descenso en su historial. Klopp dijo que no, Heynckes señaló su tarjeta de pensionista, los nombres que manejaba la dirección deportiva no eran demasiados. Alguien debió de hacerse entonces una pregunta: ‘¿por qué no ponemos al del filial?’. Y la respuesta nos ha dejado a todos con la boca abierta.

10 partidos después, el tipo sigue sin saber lo que es perder en Bundesliga. Cogió un equipo que lo había perdido todo y lo ha transformado en una máquina de ganar, que incluso ha logrado lo que ningún otro: derrotar al Bayern en Alemania esta temporada. Golearlo por primera vez desde enero. Infligir a Guardiola su primer traspiés previo al parón invernal en sus tres años bávaros. Si la Bundesliga hubiera comenzado en la sexta jornada, la primera que Schubert vivió como técnico interino, su Borussia sería líder con 26 puntos, uno más que el Bayern de Pep. Le han bastado dos meses y medio para que las estadísticas le proclamen como el entrenador con mejor promedio de puntos por partido de la historia del fútbol teutón (2,60). Suerte han tenido City, Juve y Sevilla de que Schubert apareciera con una jornada de Champions ya disputada.

¿Cual es su secreto? Ha admitido que en sus anteriores experiencias -especialmente en Sankt Pauli- había sido demasiado dogmático, poco flexible. Justo lo contrario de lo que ahora llega de él. En el partido del sábado, el Bayern sumó ocasiones durante una buena primera mitad. En el descanso, Schubert juntó a sus chicos y dialogó con ellos. “Comentamos que no podíamos ser tan pasivos, que debíamos aumentar la presión. Y ellos apostaron por seguir con el mismo once, tenían confianza en poder mejorar la situación”. Dicho y hecho: al arrancar la segunda parte, y en apenas 20 minutos, los potros de Mönchengladbach cabalgaron desbocados. Tres goles y un travesaño. Euforia en las gradas y gestos de impotencia entre el todopoderoso Bayern.

“No puedo obligar a mis jugadores a hacer algo en lo que no creen. Yo tengo una idea pero debemos defenderla todos. Si no creen en ella es imposible que lo hagan con convencimiento. Y si contra el Bayern no juegas convencido, estás perdido”, declaraba después del 3-1. Más allá de lo psicológico, ha apostado por una delantera sin delanteros (Raffael y Stindl no son arietes), con un pivote táctico -Granit Xhaka, minusvalorado por Favre y ahora capitán- y otro más combinativo como el joven Dahoud. Fabian Johnson y Oskar Wendt dan carrete por banda izquierda, y atrás, si hace falta, Schubert recurre a los tres centrales por delante del buen arquero suizo Yann Sommer. No hay grandes nombres, como veis. Jugadores del montón, que a las órdenes de un entrenador anónimo han conseguido generar esa extraña y rejuvenecedora sensación de sorpresa en el cada vez más previsible mundo del fútbol.