Un choque de estilos. Así presentaron los medios internacionales la final de la Liga de Campeones que enfrentó al Bayern y al Chelsea en 2012. En una esquina del ring, el Bayern de Múnich, con una propuesta de insipiración holandesa, aún con la huella reconocible de Louis van Gaal, sumada a la nueva escuela combinativa del fútbol alemán. En la otra, el Chelsea desacomplejadamente directo y prágmatico de Roberto di Matteo. Sin embargo, la colisión de ambos modelos trascendía lo futbolístico. También dos concepciones opuestas de entender la gestión de un club de fútbol chocaron aquella velada del 19 de mayo en el Allianz Arena: el apego a las raíces frente a la ambición sin matices, el rigor económico contra un fuente inagotable de petrorrublos, la propiedad colectiva ante una estructura personalista. Ya sabemos cómo acabó el partido.

El Bayern había depositado muchas esperanzas en esa final, y no sólo porque se disputara en su estadio. En Alemania no existe el duopolio, sino una dictadura histórica de la escuadra muniquesa. Cuando los periodistas germanos no quieren repetir el nombre de la entidad en un artículo utilizan como sinónimo el término Rekordmeister, campeón absoluto. Y el resto de equipos lo aceptan como una consecuencia del arrollador palmarés bávaro: 24 ligas (19 más que Dortmund y Mönchengladbach), 17 copas (nueve más que el Werder), cinco Copas de Europa. Ningún equipo alemán ha conseguido sostenerle la mirada al Bayern a largo plazo. Y, para una institución tan hegemónica, es difícil digerir amplios periodos sin renovar sus vitrinas.

El renacimiento de su último gran rival temporal, el Borussia Dortmund, y la derrota en la ansiada final de Champions en Múnich no alteró, sin embargo, las bases sobre las que se levanta el gigante del sur de Alemania. Una multinacional deportiva en constante crecimiento que se aferra a su aroma provinciano. Mia san mia, proclama el lema del club: nosotros somos nosotros, en dialecto bávaro. Estrellas mundiales en traje regional.

IDENTIDAD: SIEMPRE EL NÚMERO UNO

Las instalaciones de la Säbener Strasse ilustran a la perfección ese cóctel entre lo local y lo global, el bolsillo y el corazón. Ese pequeño callejón de barrio apenas ha cambiado desde los tiempos de Franz Beckenbauer. Únicamente se ha reformado la sede del club. Donde en los años 60 se atornilló una cabaña de madera a modo de vestuario ahora se erige un edificio de 300 metros de largo en cuya ampliación invirtieron 25 millones de euros. El diseño del complejo, revestido por tonos rojos metalizados, evoca permanencia, poder y orgullo, pero a la vez exhala cierto aroma pequeño-burgués: visto con perspectiva, parece más una enorme cocina de Ikea que el cuartel general de un club de alcance mundial.

Baviera es una región rica, católica y, en consecuencia, conservadora. No sorprende la cercanía del club a la CSU, el partido regionalista bávaro que gobierna el Land ininterrumpidamente desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Las conexiones entre ambos poderes, futbolístico y político, son en Múnich aún más evidentes que en Milán o Barcelona. Ex futbolistas como Mario Basler y directivos como Uli Hoeness o Karl Heinz Rummenigge no dudan en ventilar su voto. Y Beckenbauer…“Sería como un Obama local”, ha manifestado alguna vez Rummenigge acerca de una hipotética candidatura a la presidencia del Estado Libre. No le hizo falta indicar bajo qué siglas. “Todo el mundo aquí sabe que Beckenbauer es amiguete de la CSU”, escribe el periodista Michael Krobath. En sentido inverso, Horst Seehöfer, presidente regional y habitual en el palco del Allianz, suele recurrir al balón para alimentar la ambición hegemónica entre sus acólitos: “la CSU tiene que ganar como el Bayern”, proclamó cuando el equipo todavía enhebraba un título con el siguiente.

Ese conservadurismo se trasluce también en la estabilidad de la directiva, casi compuesta exclusivamente por veteranos. Hoeness, el presidente, entró en el club en 1970; Rummenigge, el responsable de la junta directiva, en 1974; Karl Hopfner, el responsable del milagro económico del Bayern, en 1983. Una endogamia que se ha amortiguado este verano con la sustitución del antiguo canterano del club Christian Nerlinger por el germano-oriental Matthias Sammer al frente de la dirección deportiva.

CERCANÍA Y CENTRALIDAD MEDIÁTICA

Finales de julio de 2012. El entrenamiento de la tarde se acerca a su fin. Los suplentes recogen los balones en las redes bajo la atenta mirada de 5.000 personas. Jupp Heynckes grita una última indicación y, de repente, se queda helado. Primero uno, enseguida otro, y en un instante mil aficionados aletean por el terreno de juego como abejas frenéticas. Después de 58 minutos contemplando aburridos ejercicios tácticos, las hormonas de los caza-autógrafos han explotado. Mario Gómez desaparece bajo una nube de manos, bolis y papeles. Manuel Neuer trata de espantar a los aficionados pero desiste. Tres jóvenes sufren ataques de histeria. El entrenamiento tiene que ser suspendido. Así es un jueves nublado de finales de julio en la Säbener Strasse. Así es la rutina del Bayern.

En Alemania no existe el duopolio, sino una dictadura histórica de la escuadra muniquesa. Cuando los periodistas germanos no quieren repetir el nombre de la entidad en un artículo utilizan como sinónimo el término Rekordmeister, campeón absoluto

Por un lado, símbolo de una región con una personalidad muy marcada; por otro, club de primera línea internacional. A diferencia de otras entidades de su tamaño, el Bayern ha optado por no blindar su ciudad deportiva. La cercanía con el aficionado recuerda en algo a la que cultiva el Athletic Club. Pero al mismo tiempo, no se desprecian los escándalos que el equipo de Múnich, como ningún otro en Alemania, genera. “Somos parte de la industria del espectáculo”, admite el director de comunicación, Markus Hörwick. La idea es que el club interesa no sólo por el fútbol. Por eso un imberbe Beckenbauer posó disfrazado con un esmoquin, Sepp Maier en actitud de caza detrás de unos patos o Paul Breitner bajo un retrato de Mao Tse Tung.

Luego llegarían las andanzas sentimentales de Lothar Mätthaus y Steffan Effenberg, la ‘prima’ de Schweinsteiger en el jacuzzi del Allianz, la polémica marital de Ribéry… Lo importante es no apearse de los titulares de prensa. Cuando Oliver Kahn presentó a su última novia, el sensacionalista Bild -el diario más leído de Europa- lo mantuvo dos semanas en portada. El periódico vendió en ese plazo hasta 400.000 ejemplares más… cada día. Claro que no sólo de escándalos vive el Bayern. La gasolina que mueve su presencia en los medios sigue siendo principalmente deportiva. “El interés sobre sus informaciones es un 40% superior al de cualquier otro club alemán”, señala Stefan Zürn, de eurosport.de. Según datos de la cadena de pago Sky, los partidos de la Bundesliga atraen a unos 140.000 espectadores de media; los del Bayern, a más de 300.000. Eso no implica que todo sean buenos deseos. Un sondeo reveló que aproximadamente uno de cada dos aficionados al fútbol en Alemania es seguidor del Bayern. El otro lo odia.

También la directiva forma parte de esa estrategia mediática. Hoeness y Rummenigge rara vez desaprovechan una entrevista sin iniciar alguna fogosa batalla, ya sea sobre el reparto televisivo (mucho más igualitario que en el resto de Europa), la alineación de la selección alemana o la corrupción que sufre la FIFA bajo el mandato de Sepp Blatter. Rummenigge considera una”obligación” denunciar aquello que no les agrada. “Otros equipos no pueden hacerlo, porque a sus responsables les falta valor”, espeta.

El autoproclamado papel de estandarte del fútbol alemán ha ayudado a encumbrar al Bayern como uno de los más rentables del fútbol mundial. Cuando Hoeness asumió el cargo de manager, en 1979, el Bayern tenía unas deudas de ocho millones de marcos (unos cuatro millones de euros de la época) y se entrenaba en la ciudad deportiva como arrendatario. El Bayern luchaba por su propia existencia. Hoeness instauró entonces una regla que ha mantenido hasta hoy: no volver a entrar en números rojos. Con su explosiva personalidad, empezó a intuir en los 80 fuentes de ingresos insondadas hasta el momento como la mercadotecnia y el pay-perview televisivo. La ambición del niño al que su padre despertaba a las seis de la mañana para correr por el bosque se ajusta a la del hombre de negocios en que se convirtió tras colgar las botas.

CONFIANZA: LOS MÁS FUERTES

El Bayern, hoy, factura más de 350 millones de euros. En la última década sus ingresos se han duplicado y desde hace seis años vende todas las entradas que saca a la venta para su nuevo estadio. Las previsiones indican que para 2018 habrá satisfecho el crédito solicitado para pagar el Allianz Arena. Siete temporadas antes de lo previsto.

Hoeness maneja el club como una empresa. Su Consejo de Vigilancia constituye un órgano consultivo compuesto por expertos de otros ámbitos: ejecutivos de Volkswagen, de Audi, de Adidas o Telekom trazan el rumbo financiero y dan el visto bueno a los fichajes. La relación con el sector empresarial es cercana, casi familiar, lo que permite un amplio portafolio de patrocinadores. Las marcas aprecian la seriedad económica y el alcance de una entidad que, con 168.000 socios, constituye el tercer club más grande del mundo. “El Madrid o el Milan tienen hinchas en todo el planeta”, apunta Herbert Heiner, jefe de Adidas. “Sin embargo, en ninguno de estos clubes nos implicaríamos tanto como con el Bayern”. No en vano, la marca deportiva posee desde hace once años el 9,1% del accionariado del Bayern. Audi pagó 90 millones de euros en 2010 a cambio de igualar esa participación. El resto pertenece a los socios.