Lo que fue tan hermoso, tan mayúsculo, tan eterno, estuvo a punto de no ser. Porque el día 27 de octubre de 2004 el Betis necesitó una tanda de penaltis para eliminar al Alcalá de la categoría de bronce en los treintaidosavos de final de la Copa del Rey 04-05. En el duelo de arqueros, Javi Varas, local, cedió ante Toni Doblas, visitante: 0-0, 2-4. “El ayer portero bético, Doblas, fue el principal actor del equipo. Serra Ferrer ve en la Copa una competición idónea para que su equipo recupere parte de la autoestima perdida y llegue siquiera a oler la gloria. Pero no fue hasta la tanda de penaltis cuando el Betis logró la victoria”, rezaba la crónica de El País. El Betis salvó el honor, mientras el Barça perdía con la Gramanet y los campeones de Liga y Copa, el Valencia y el Zaragoza, caían en Lleida y Tarragona. Después de vencer con épica en Alcalá de Guadaira, el Betis se impuso al Cádiz en dieciseisavos, con goles de Ricardo Oliveira y Juanjo Cañas, y ganó al Mirandés en octavos: 1-3 en Miranda de Ebro, con tantos de Edu Schmidt, Oliveira e Israel Bascón para remontar la diana inicial de los locales, y 0-0 en el Manuel Ruiz de Lopera. Ya en cuartos de final, el Betis batió a la Gramanet, gran sorpresa de aquella Copa: 2-2 con goles de Fernando Fernández y Marcos Assunção en suelo catalán y 4-3 con goles de Fernando, David Rivas, Oliveira y Assunção en el suelo sevillano.

En semifinales también reinó la igualdad. El Athletic y el Betis se habían enfrentado a mediados de enero en San Mamés, apenas once días después del encuentro de vuelta contra la Gramanet, en un duelo inolvidable (0-3 en el 24′ con goles de Oliveira, Joaquín y de nuevo Oliveira, 2-3 al descanso tras doblete de Ismael Urzaiz, 4-3 en el 69′ tras goles de Carlos Gurpegui y Fran Yeste, 4-4 al final tras gol de Oliveira en el 79′), pero en la eliminatoria copera olvidaron el camino hacia el gol. Y la semifinal alumbró un doble empate a cero, en la ida, en Bilbao, y en la vuelta, en Sevilla. El triunfo bético llegó en el sexto penalti de la tanda: Santi Ezquerro falló ante Doblas, Luis Fernández acertó ante Iñaki Lafuente. Sobre Doblas, Santiago Fernández Fuertes escribió en El País, justo en la víspera del encuentro de ida contra el Athletic: “Antonio Doblas se veía en Tercera. Serra Ferrer diseñaba su segunda época en el Betis y apostaba por el portero que él mismo se había traído años atrás de Mallorca: Toni Prats. Por si fuera poco, por detrás del hombre de confianza de Serra Ferrer estaba Contreras, un guardameta en cuyo currículo aparecen nombres como Real Madrid y selección española. Total, que Doblas se sacó la foto con el primer equipo bético con pocas ganas. Quizá por eso pidió que el nombre que se estampara en su camiseta fuera Toni D., cansado de ser Toni para todo el mundo menos para su equipo, en el que ese apelativo pertenece a Prats”. En la final, el Betis se mediría contra Osasuna, que había superado al Castellón (0-0, 2-4 en los penaltis), al Girona, al Getafe, al Sevilla (2-1 en el Sánchez Pizjuán y 3-1 en Pamplona), al Atlético de Madrid (1-0 en Pamplona, obra de Valdo, y 0-0 en el Calderón).

En la previa de la final, Fernández Fuertes y El País añadían: “‘Sentir, sufrir, luchar, ganar: podemos’. Este mensaje lo llevan en sus muñecas los futbolistas del Betis, estampado en una pulsera de goma de color verde, por orden del entrenador del equipo, Llorenç Serra Ferrer. El técnico balear apostó por la Copa desde su regreso al banquillo del club ‘como un atajo hacia la gloria’. Principalmente, porque él mismo vive esta competición con esa calidad de sentimiento. ‘Yo ya la he perdido dos veces [con el Mallorca en 1991 y con el Betis en 1997, contra el Barça] y ya me toca ganarla’, sentenciaba el entrenador verdiblanco horas antes de encabezar la expedición del equipo a la costa de Huelva para una concentración de dos días concebida para ‘mentalizarse’ de cara a la final. La apuesta anímica por la que ha apostado Serra Ferrer sobrepasa incluso a la de un equipo tan sentimental como el Betis o incluso a su presidente, Manuel Ruiz de Lopera: en una remesa de las célebres pulseras de goma, el Betis ha decidido ahorrarle el concepto sufrir a los compradores de las mismas”. Solo unos días antes del duelo con Osasuna, “el técnico bético se reunió con la plantilla para apelar de nuevo a su orgullo y a la historia del club: ‘No dejéis pasar esta oportunidad’, dijo”, afirmó el propio Fernández Fuertes.

 

“La final de Copa fue una gran fiesta para dos aficiones hambrientas de gloria. Paladearon cada minuto de una situación que el Betis había vivido tres veces con una única victoria, 28 años atrás, y Osasuna, nunca”

 

También en El País, también antes del partido, Santiago Segurola destacó que el Betis “tiene buenos españoles y magníficos extranjeros. Con Joaquín, Juanito, Oliveira, Edu y y Assunção dispone de soluciones en todas las zonas”. Sobre Osasuna, señaló que “se distingue por su capacidad de sacrificio, por una voluntad feroz que incomoda a todos los equipos. Osasuna representa el norte, el juego directo, combativo, sin demasiadas concesiones estéticas”. “Tiene más voluntad que clase. Y está más preparado para la percusión que para la creatividad”, diría después. Serra Ferrer completó la definición: “No tiene nada espectacular, pero tiene cosas buenas en todas sus líneas”.

Ese 11 de junio de 2005, Serra Ferrer saltó al verde del Vicente Calderón con un once formado por Doblas; Melli, Juanito Gutiérrez, Rivas (Alejandro Lembo, 78′), Luis Fernández; Arzu (Fernando Varela, 69′), Assunção, Joaquín Sánchez, Edu (Dani Martín, 90′); Fernando y Oliveira. Javier Aguirre armó un 4-4-2, con Juantxo Elía; Unai Expósito, César Cruchaga, Josetxo Romero, Rafael Clavero; ‘Patxi’ Puñal (David López, 78′), Pablo García, Valdo, Ludovic Delporte; Pierre Webó (John Aloisi, 78′) y Richard Morales (Savo Milošević, 73′). Alfonso Pérez Borrull pitó el partido, más físico que técnico. En las gradas había más de 50.000 aficionados. Vivieron la final “juntos y revueltos. Y en paz. La final de Copa fue una gran fiesta para dos aficiones hambrientas de gloria. Paladearon cada minuto de una situación que el Betis había vivido tres veces con una única victoria, 28 años atrás, y Osasuna, nunca”, relató El País. Sobre las horas previas al encuentro, el periódico añadía: “Hubo abrazos, jarras de cerveza y tapas. Y para colmo, un enemigo común: el Sevilla, eterno y obvio archienemigo para los béticos y reciente para los osasunistas, tras los broncos partidos de los dos últimos cursos”.

En el campo, según la imperdible crónica de Segurola, “el primer tiempo fue un duelo sordo, con muchas faltas y una tensión que aniquilaba a los futbolistas. El calor tampoco favoreció el juego”. Seguía así: “hubo más ambiente que juego, más pasión que detalles, más temor que voluntad de ganar. Hasta que el partido se rompió con el gol de Oliveira. Reaccionó Osasuna con su tenacidad habitual. Y el fútbol se volvió vibrante, con una tensión que invadió las gradas, donde se apiñaban las dos aficiones. […] Osasuna siempre ha tenido un aire inglés, con mucho pelotazo, poderío en el aire, olfato para aprovechar los rechaces y mucho sacrificio. No ha cambiado con los años, ni ahora que es un equipo trufado de jugadores suramericanos, africanos y europeos. El Betis sí ha cambiado en los últimos tiempos. Se ha italianizado, bajo la dirección de Serra Ferrer. Busca el contragolpe de forma obsesiva, con poca elaboración en el medio campo y mucho cuidado defensivo. No es su vieja cultura, pero los resultados han funcionado. Así jugó: se tapó y tiró de contragolpe. Si Osasuna llevó el peso del partido, el Betis hizo las ocasiones, la mayoría protagonizadas por Oliveira, el hombre del partido. Su velocidad desestabilizó a la defensa de Osasuna, que tampoco necesita mucho para desestabilizarse. Ha recibido más goles que nadie este año, y con razón. Es el típico equipo que concede oportunidades a sus rivales en toda clase de jugadas. Las que tienen peligro y las intrascendentes, como ocurrió en el gol de Oliveira, que fue más listo y rápido que Cruchaga en una jugada donde el defensa navarro tenía todo tipo de ventajas. Pero el hombre se ofuscó y permitió un gol impensable”.

El gol de Oliveira, el cuarto de su cuenta particular en la Copa, llegó en el minuto 76′. El brasileño había regresado de una concentración con la selección brasileña justo el día antes del partido. Llegó al hotel a las tres de la tarde, tras nueve horas de vuelo, “con 20.000 kilómetros en las piernas y ni un solo minuto jugado contra la selección argentina. ‘Estoy bien físicamente, sin ningún problema y tengo ganas de jugar’, afirmó tras su llegada al hotel. A pesar del lógico cansancio que acumula tras su periplo con la ‘Canarinha‘, Oliveira pide protagonismo: ‘Asumo la responsabilidad de que soy el delantero y que tengo que marcar los goles. Tengo muchas ganas de darle un título al equipo'”, contó El País en la víspera de la final. Y Oliveira, “máximo exponente de los contragolpes béticos” según Fernández Fuertes, cumplió con su palabra, marcó y acercó el título al Benito Villamarín. Pero en el 84′ emergió Aloisi para bajar a Osasuna del cadalso y enviar la noche a la prórroga. De nuevo según Segurola: “Osasuna reaccionó con entereza. Enfrente, el Betis siguió blindado, sin medio campo, con los delanteros en plan palomero, esperando los errores defensivos de Osasuna. Era su plan, nada ambicioso por otra parte. En este aspecto no hizo nada por justificar su condición de favorito, ni por acreditar la calidad de sus jugadores. Pero su carácter especulador no le sirvió de nada. En una jugada de toda la vida, Delporte progresó hasta la línea de fondo y puso un centro sensacional y Aloisi cabeceó en el segundo palo. Si Oliveira hizo daño a los centrales de Osasuna, Delporte le dio muy mala vida a Melli. Por la izquierda encontró Osasuna su salvación en un partido que se fue a la prórroga entre la emoción de las hinchadas y la fatiga de los dos equipos, aplastados por el esfuerzo y la exigencia que siempre supone una final. La rueda de penaltis parecía irremediable, pero el Betis insistió en su plan: mucha defensa y contragolpe. Al final apareció Dani. Y el chico ejecutó sin dudar. Clavó el zurdazo y vivió su momento de gloria: la Copa era del Betis”.

El gol de Dani, a chut cruzado tras pase de Varela, llegó en el 115′. La prórroga la vieron 5.473.000 personas a través de Telecinco, con un 41,7% de cuota de pantalla. “La historia fue así y estaba escrita. Parecía que no era para mí, porque en ese momento el tercer cambio iba a ser Benjamín. Pero marcó Osasuna, Llorenç cambió de idea y entré yo. […] La noche antes la pasé no como un futbolista profesional, sino como un bético. Un hincha que tiene la oportunidad de estar allí. Al día siguiente, cuando dan la convocatoria y estás en ella, piensas que ya es un logro estar en el banquillo. El paso de estar del banquillo al campo fue cuestión de cinco o seis minutos. De ir el Betis ganando 1-0 a ponerse 1-1. Me acuerdo perfectamente que cuando salí pensé: ‘Estoy en la final, ojalá tenga alguna oportunidad y marqué’. Y fue así. Son momentos indescriptibles. Siempre es bonito marcar en una final, pero yo había sufrido mucho. Me acordé de mis padres y mi hermano, de todo lo que habían pasado conmigo… Sí, tuve que dejarlo a los 31 años, pero esto no se me va a borrar. […] Al salir en el 90′, llegué fresco a la prórroga. Lo intenté un par de veces, y sabía que alguna más tendría. Esa oportunidad llegó y la aproveché. La pegué con mi pierna mala y me salió el tiro cruzado, perfecto”, afirmó el propio Dani en una entrevista en Panenka, en 2020.

Justo después de la final, saboreando la felicidad tras cinco operaciones en tres años, Dani dijo: “Si no llego a ser jugador yo estoy allí en la grada, con la afición, porque yo soy bético hasta el fondo”. En El País, en un texto de resaca de la final, Fernández Fuertes le definió como “un delantero tenso, de los que siempre tienen la mandíbula crispada y la mirada peligrosamente perdida. Su fútbol es de verdad de calle. Comenzó a patear la pelota en las calles de Triana y en campos de albero en los que recibía decenas de patadas en sus desesperados intentos de meter gol. Llegó a las inferiores del Betis gracias a ese ansia por ganar. Este ánimo guerrero, como si no existiera el mañana, es lo mejor y lo peor que tiene”. En noviembre de 2005 completaba su definición: “Dani es un chaval de 23 años, trianero, de pelo rapado, tatuaje chino en un lateral de la nuca y cara de cabreo cada vez que salta al campo. Aprendió a jugar entre los estacazos de los campos de tierra de los equipos de barrio. ‘Allí, o comes o te comen’, aseguraba el ariete bético meses atrás, cuando se hizo famoso por fingir faltas en Riazor, Mestalla y, por supuesto, en el Ruiz de Lopera”. En abril de 2004, Fernández Fuertes ya se había fijado en el estilo y la pillería de Dani, “peleón, rápido, incisivo y alborotador”: “Es un jugador de barrio, una catalogación casi siempre usada con exceso de romanticismo. Se suele aplicar a jugadores con ingenio, capaces de encontrar su hábitat entre un magma de piernas adiestradas para impedírselo. Pero del barrio se sale bien por el arte con el que se nace o porque uno ha aprendido a buscarse la vida. Él es uno de estos últimos, un futbolista que siempre salta al campo con el ceño fruncido, que ha llegado a la élite por empecinamiento más que por clase o condiciones y para el que engañar al árbitro es una parte más del juego. Siempre ha visto el fútbol como una disputa en la que lo único importante es quedar por encima del otro, tal y como afirmaba ayer en conversación telefónica: ‘Ronaldinho concibe el fútbol como un juego, pero igual es porque él es capaz de hacer las cosas que hace. Para mí, en el fútbol lo que está clarísimo es que sólo vale ganar'”.

 

Segurola: “Un contragolpe, un buen desmarque, una carrera veloz y el zurdazo inapelable de Dani, un delantero travieso que tiene la enemiga de muchos centrales por su tendencia al histrionismo. Aquí fue todo precisión y nada de teatro”

 

Ese 11 de junio de 2005 el Betis ganó con su gol (2-1). Segurola glosó el tanto en su crónica: “Un contragolpe, un buen desmarque, una carrera veloz y el zurdazo inapelable de Dani, un delantero travieso que tiene la enemiga de muchos centrales por su tendencia al histrionismo. Aquí fue todo precisión y nada de teatro. No se adornó en la jugada de su vida, la que coronó una final sin mucho fútbol, pero vibrante por la emoción que presidió un encuentro que terminó entre patadas, peleas y la expulsión de Pablo García, que siempre ejerce de duro”. El gol de Dani acabó de encender la mecha de la tensión. Y el partido explotó. Y con él, Pablo García. En una entrevista en El País de mayo de ese mismo año, el mediocentro uruguayo ya había reconocido que “hay veces que me cuesta controlarme sobre el terreno de juego. Ahora comienzo a controlarme un poco más. Pero si tengo que ir fuerte a una pelota dividida iré fuerte porque es mi manera de ser. Nunca quito el pie”. ¿Qué piensa cuando se ve año a año como el futbolista más tarjeteado de la Liga? “Me hace gracia. Me río y lo tomo con buen humor. No le doy importancia. Pienso: ‘¡qué exagerados que son estos!'”, añadía el uruguayo.

Solo unos minutos después de perder la final, su técnico, Aguirre, confesó que “estamos muy dolidos y muy fastidiados. Nos faltó arriesgar menos y pensar un poco más en los penaltis. Pero queríamos ganar, nos sentíamos fuertes tras el empate y nos vinimos arriba”. “Somos un equipo modesto y no sé cuando volveremos a estar a una final. Va a ser una noche larga, pero estoy muy orgulloso del equipo y de nuestra afición”, añadió. Pese a la tristeza de la derrota, la afición ‘rojilla’ despidió al equipo con una ovación. Y con gritos de ‘¡A la UEFA! ‘¡A la UEFA!’: el equipo, decimoquinto en la Liga, se clasificó para la Copa de la UEFA porque el Betis, quizá el mejor Betis de la historia, se había clasificado para la Champions League tras acabar cuarto en la Liga, solo por detrás del Barça, el Madrid y el Villarreal de Manuel Pellegrini. Serra Ferrer reivindicó: “Hemos entrado en la historia del Betis de una manera muy fuerte”. “Su cara era el espejo de una alma feliz”, escribió Fernández Fuerte. En El País, también retrató la reacción de Manuel Ruiz de Lopera: “‘Le he pegado dos besos al Rey’, afirmó, ‘porque sé que su madre lo habrá disfrutado desde el cielo’. Ruiz de Lopera no suele perder la oportunidad de recordar que la madre del Monarca fue siempre seguidora bética y a su vez de Curro Romero, otro de los iconos del Betis”.

En otro de sus artículos en El País, el periodista concluía: “la noche fue eterna para los que celebraban en Madrid y en Andalucía. El primer baño de gentes se lo dio el Betis en la estación de Santa Justa en Sevilla. Sobre las ocho y media de la tarde el equipo campeón llegó a la capital andaluza, donde les esperaban decenas de miles de personas. La llama de la juerga llevaba horas quemando oxígeno, pero siempre había una reserva de fuerzas para tirar de ella, incluso contingentes de refuerzo llegados desde toda Andalucía. Los jugadores se trasladaron con la Copa a bordo de un autobús sin techo. La fiesta dentro era casi mayor que en la calle, y eso que algunos abandonaron una discoteca madrileña a las diez de la mañana. La música de Carlinhos Brown atronaba en el interior del vehículo, que se desplazaba a velocidad de estrella de mar por Sevilla con destino al estadio bético. Alrededor de las once de la noche los futbolistas llegaron al estadio, donde les esperaban cerca de 50.000 personas, que sumadas a las miles de Santa Justa o los muchísimos cientos repartidos por el recorrido de la comitiva abocan al cálculo de una cifra colosal de aficionados más que felices”.

 


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Fotografía de Imago.