Como símbolo de una época, y la idea a desarrollar, hay muy pocos con tanta fuerza. El 8 abril de 2010, el Fútbol Club Barcelona recibe al Arsenal en los cuartos de final de la Liga de Campeones. Roberto Baggio toma un vuelo unos días antes desde Italia con destino Barcelona, para visitar a un viejo amigo con el que jugó en el Brescia, Pep Guardiola. El documento que recoge esta visita, una preciosidad difícilmente comparable que puede verse en YouTube, muestra al genio de Caldogno viviendo el esplendor del fútbol mundial. Baggio se deja caer por una de las sesiones de entrenamiento del campeón de Europa, donde conoce a Henry, Puyol o Iniesta, momentos todos recogidos en el documental. También, claro, habla con Pep, compartiendo su timidez frente a la expresividad del catalán para, posteriormente, el día del partido, ser recibido a las puertas del estadio por Albertini, en la sala VIP por Hristo Stoichkov y ya en la grada por Txiki Begiristain, un segundo antes de que Demetrio le susurre al oído: “Cruyff”. Allí estaba Johan, en el antepalco, dándose dos besos con Baggio, como padre y confidente espiritual de aquel momento futbolístico, a punto de observar los cuatro goles de Leo Messi, al que saludaría Roberto tras el partido en una sala apartada, en una mágica conversación de una noche que pertenecía al fútbol español.

Poco más de diez años después, y dejando el simbolismo para más adelante, La Liga vive un momento complicado, experimentando el reverso de todo aquello que un día fue medida de todas las cosas, desde lo económico -reparto televisivo a un lado- hasta lo competitivo, pasando por lo estilístico o incluso lo moral, mientras las mejores ideas se convertían en argumentos de peso a través de la victoria, legitimadora de pensamientos que sin el triunfo pierden credibilidad. Desde los títulos de la Selección hasta los de los clubes, España se hacía merecedora de una escuela de pensamiento y acción; dueña de un lugar propio, de un refugio ante la tormenta. El fútbol español había levantado un imperio que en nuestros días ya ha caído, preguntándose qué falló y si semejante deterioro merece, si la determinación ante la adversidad es parte de su esencia, moverse hacia otro lado y refundar todo lo que le hizo ser quien es o si, por el contrario, sólo la cuestión económica invalida o disminuye el preciado valor de sus ideas, unas que no tienen porque estar faltas de vigencia en un juego donde todo es válido si se hace bien: organización colectiva, metodología a favor de la toma de decisiones y control de juego basado en el talento formativo y el desequilibrio del crack foráneo.

El caso es que los resultados, la crisis económica y el nivel de las plantillas han situado a La Liga en una posición de enorme inferioridad, sobre todo porque en contraste y contraposición de sus principales competidores -Inglaterra, Alemania e Italia- su capacidad de atracción para el futbolista y para la atención del espectador ante el espectáculo es mucho menor, mientras sus posibilidades de revertir eso a base de inversión económica son absolutamente nulas. Y es aquí donde el debate para España y su necesidad de cambio cobran sentido mientras el dinero no lo solucione. En relación directa, hace aproximadamente cuatro lustros, el fútbol alemán, que nunca ha vivido una realidad económica como la que España representa en la industria, se preguntó si precisamente la ausencia de dinero y el estado de su fútbol les obligaba a cambiar su manera de verlo como imperativo para su vigencia o supervivencia. Realizando una completa transformación de sus estructuras, formando a los entrenadores para sujetar el crecimiento a escala, Alemania se presentó ante la actualidad como un ejemplo de reforma, sobre todo sin el potencial económico de la Premier League o de la Italia de los años 80 y 90.

 

Los resultados, la crisis económica y el nivel de las plantillas han situado a La Liga en una posición de enorme inferioridad

 

Debe partir la reflexión desde la ausencia de dinero para entender que España no tiene en estos momentos manera de convertir sus ideales en las fortalezas que Baggio fue a admirar aquella primavera de 2010. Tras el mencionado deterioro, la forma de entender el fútbol en España ha convertido sus virtudes competitivas en una suerte de conservadurismo que mucho tiene que ver con la dificultad para renovar su esplendor, haciendo que su clase media y baja sea enormemente reticente al riesgo en comparación con todas las grandes ligas. Sin el talento necesario y la mentalidad construida durante años a través del control, y por el miedo a perder la categoría en mitad de una situación económica cuyo posible descenso complicaría mucho su presente, el fútbol en muchos de los partidos de La Liga se desarrolla de forma cerradísima, donde la falta de talento deja al campeonato sin regate -liga con menos regates por partido entre las cinco mejores-, donde pasan muchas menos cosas, como expresaría Unai Emery, y donde su confianza y competitividad se queda lejos respondiendo ante un golpe duro. Sin herramientas.

En lo que llevamos de temporada, en el top-6 de equipos de las ligas inglesa, alemana, italiana y española, el promedio de goles encajados por esos seis equipos en los 22 primeros partidos disputados en cada campeonato es de 27 goles en Premier League, 27.8 en Serie A, 25.5 en Bundesliga y 16.3 en España, datos que reflejan cómo entiende cada país la competición, el ritmo y la mentalidad ante el juego. Una vez España, habiéndolo ganado todo mientras los demás hacían acopio de los mejores entrenadores -Inglaterra- y daban forma a su propia revolución -Alemania e Italia-, se quedó sin poder darle a sus virtudes innatas el desequilibrio y determinación de los mejores talentos del mundo, la realidad, vista de cerca, se hizo mucho más grande y nítida: La Liga está mucho menos preparada para competir en estos momentos. Para entender cómo sus virtudes se han quedado en tierra de nadie sin sustento económico ni anticipación intelectual para emparejarse con los países vecinos, Albert Ballesteros, autor de ‘Pep Táctico’ y entrenador en Costa Rica tras pasar por multitud de países, explicaba en Editorial Puskas los rasgos característicos del fútbol español en sus etapas formativas.

“En España la base del jugador a nivel táctico es muy grande debido a la buena preparación de los entrenadores. Se les enseñan desde muy jóvenes los fundamentos individuales que les ayudan a adaptarse mucho mejor al terreno de juego a nivel de posición, relaciones entre jugadores y ubicaciones en el campo; esto en España está muy avanzado. Luego esto resta cosas como generar situaciones de juego más abiertas donde se expresa al máximo el talento (…). Creo que tiene que ver con la influencia del entrenador y cómo a veces entrenamos más el concepto de manera separada y lineal cuando la naturaleza y el sentido del juego no lo es. Debemos intentar no perder la capacidad de conseguir que el jugador se muestre tal y como es, con más situaciones de regate, sin perder tampoco el aporte táctico y conceptual que ayuda a asentar dicho talento de manera más organizada. En España los chicos desde pequeños tienen muchos conceptos y hábitos asimilados que hacen que jueguen de forma muy ordenada, conceptos que en otros países cuesta más hacer entender a los chavales.”

Esta mentalidad, que es buena parte de su identidad y fuerza como escuela, no representa de por sí un problema pero sí lo está siendo mientras las ideas que se ponen en juego en Europa se imponen con tanta diferencia, lo que lleva a pensar que España necesita alimentarse de reflexiones foráneas que complementen a las suyas, siendo estas de gran valor y estando España, tanto por definición como por temporalidad, en una posición muy difícil para revolucionar su fútbol desde dentro. Haciendo falta muchas más y de más peso, la llegada del ‘Chacho’ Coudet puede servir de estímulo y punto de partida para comenzar a comprender que el camino más corto y la palanca de cambio hacia la recuperación no vendrá, por dificultad o imposibilidad, desde la revolución de las estructuras internas ni desde la recuperación y gestión económicas a corto y medio plazo, sino desde la penetración de corrientes de pensamiento diferentes que obliguen a moverse, hasta conseguir que tanto los métodos de entrenamiento como la inyección económica sean sus consecuencias.

Si uno recuerda el nivel que alcanzó el fútbol español en su mejor época, entre 2010 y 2016, viendo los partidos del Barça de Guardiola, el Madrid de Mourinho o el Atlético de Simeone, pero también del Málaga de Pellegrini, el Levante de Juan Ignacio Martínez, el Betis de Pepe Mel, el Athletic de Bielsa o la Real Sociedad de Montanier, encontrará ritmo y vigencia desde ideas, en la forma, muy diferentes a las del fútbol actual, pero del mismo valor, simple y llanamente porque las ideas no son el problema, sino su lugar en el tiempo y su contexto. El fútbol español está detenido porque viene de vivir su mayor esplendor a todos los niveles y porque, necesitando de un tiempo de llanura, es todavía receloso de tomar la dirección de aquello que lo llevaría a la senda de la recuperación. Volviendo al terreno de lo simbólico, sirva como prueba lo que llegó a conseguir en 2010, pues por todos es sabido que tras su retirada, Roberto Baggio se hizo invisible entre su Vicenza natal y su finca agrícola en Argentina, dedicándose al campo, viviendo una vida mucho más contemplativa y apartada de los focos. Sabiendo todo eso, y en mitad de la primavera, el fútbol español dejó como testamento su valor persuasivo para sacar a Roberto Baggio de su escondite.   

 


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Fotografía de Getty Images.