William Webb Ellis no inventó el fútbol. Más bien estuvo a nada y menos de abortarlo. Si es que realmente hizo algo respecto a eso. William Webb Ellis inventó el rugby. Lo descosió de sus hermanos gemelos y le mostró el camino que debía seguir para convertirse en un deporte señero y soberano. Si es que realmente hizo algo respecto a eso.

Por qué nadie sabe a ciencia cierta qué es lo que hizo exactamente William Webb Ellis. Su anécdota, facticia o ficticia, es conocida por todos. La cuestión es que solo unos pocos se la creen. La International Rugby Board (el sinónimo ovalado de la FIFA) la considera el acto fundacional de su disciplina, de ahí a que se levantara en su día una estatua del pionero en el condado británico de Warwick, donde supuestamente empezó todo. La efigie, negra como el sobaco de un grillo, sigue ahí. Pero muchos historiadores, por contra, defienden que su capítulo es apócrifo, una leyenda inventada por conveniencia. Sus teorías se atrincheran bajo una montonera de documentación.

Revisemos el relato de la discordia. 1823. Se está disputando un partido de football en la mítica Rugby School. [Por football, entonces, había que entender una práctica atlética aglutinadora de viejos conceptos y anterior a cualquier expresión de fútbol o rugby modernos]. Las normas están más o menos claras: las manos sirven a los jugadores para recuperar el balón desde el suelo, para retenerlo, para entregárselo a algún compañero más retrasado o para bloquear los disparos rivales; los pies solo pueden ser empleados en caso de que el equipo decida avanzar sobre el terreno. Así es como se juega. Hasta que en un lance del juego recibe la bola un prometedor estudiante de teología, de nombre William, y decide pasarse por el forro el reglamento estipulado. William arranca a correr hacia adelante con la misma en brazos, hasta adjudicarse el tanto ante la mirada atónita de aquellos que le rodean. Sus caras, supuestamente, dibujan un WTF! tremebundo.

rugby1

La carrera alocada de ese chaval con el balón en las manos es, según algunos, el punto cero de la historia del rugby. Y por lo tanto, al mismo tiempo, también sirve a modo de prólogo de la gran novela del fútbol. Porque lo que sí está comprobado es que hasta ese momento ambos deportes habían evolucionado de la mano, fundidos en uno de solo. Así lo cuenta Mario Ormat en el reportaje Érase una vez el fútbol que escribió para el Panenka#35 (puedes hacerte con él pinchando aquí), dedicado a las raíces del deporte rey. “Como cualquiera aprecia, la mayoría de estos antecedentes (modalidades previas al nacimiento de los susodichos, tales como el Tsu’chu, el Kemari, el Tlachtli, el Harpastum, el mob football o el Calcio Fiorentino, entre otros) pueden ser tanto fútbol como rugby. La rama común de dos siameses nacidos en el pueblo, impulsados en las élites de las public schools y separados en Londres, un lunes por la tarde de octubre de 1863”, cuenta el periodista, que aprovecha para establecer un segundo punto de ruptura, éste ya definitivo.

West End Freemason’s Tavern

En un pub de la época, entre pintas y pasteles de carne, once clubes fundaron la Football Association y establecieron el embrión normativo de un nuevo deporte que a la postre se consolidaría como el único que en el que se jugaría exclusivamente con los pies. El divorcio entre el rugger y el soccer pasaba de este modo a estar puesto por escrito.

Todo lo que vino después de aquello, y hasta hoy, es el dibujo cronológico de una parábola de doble trazo, formada por dos líneas que nacieron juntas pero que acabaron resiguiendo el paso de las décadas cada una por su cuenta. A veces paralelas, a veces perpendiculares. Pero separadas del todo.

Desde el momento de su bifurcación, eso sí, no fue difícil divisar que ambos deportes no solo se acabarían distinguiendo por un puñado de matices reglamentarios. Hubo y ha habido mucho más. Por ejemplo, la desemejanza de tiempos con los que los dos abandonaron el amateurismo. El fútbol no tardaría en abrazar la profesionalización, algo que probablemente explica porque hoy es uno de los fenómenos de masas por antonomasia de nuestra sociedad. El rugby, en cambio, tardaría mucho más en dar ese paso. De hecho, a finales del siglo XIX incluso se perseguían aquellos casos que olían a profesionalismo encubierto. Se investigaban regalos de boda, donaciones anónimas u oficios tapadera. El honor y la aceptación ética y concreta del deporte no contemplaban bajo ningún concepto que un jugador de rugby pudiera cobrar por marcar un ensayo o realizar un placaje. Fernando Olalquiaga, en un artículo de Jot Down en el que desgrana con profundidad todo este asunto, rescata una escena de aquel entonces muy esclarecedora: “William Bromet, capitán de Tadcaster FC, suspendió a uno de sus jugadores, que en aquel momento estaba en paro, porque después de cantar en la sede del club una versión según todos los testigos más que brillante de la entonces popular Ta-ra-ra-boom-de-day, pasó el sombrero y recolectó 12 chelines. No se le permitió volver a jugar hasta que los hubiera devuelto”. Pero todo este tema del salto al mundo profesional solo es un contraste más de los muchos que han agrietado la evolución del fútbol y del rugby, correligionarios en su nacimiento.

Estos días se está disputando en Inglaterra la octava edición de la Copa del Mundo de Rugby. Tendremos que esperar hasta el 31 de octubre para saber qué selección consigue colocar en sus estantes el preciado trofeo que, por cierto, lleva el nombre de William Webb Ellis. No tiene muchos números de adjudicarse tal hazaña el combinado nacional de Japón, que sin embargo de momento ya ha sorprendido a todos por el gran salto de calidad que ha dado respecto a los últimos años (el sábado le sacó los colores a todo un doble campeón mundial como Sudáfrica). Su mayor fuerte, según dicen los entendidos, no se encuentra tanto en el despliegue físico como en la habilidad que tienen sus jugadores para permutar sus posiciones constantemente, ocupando mucho espacio, trenzando jugadas largas y explotando la velocidad en las alas. ¿Les suenan estos conceptos? Bien. El australiano Eddie Jones, entrenador de los nipones, reveló que en diciembre de 2014 le pidió una cita a Josep Guardiola para charlar sobre las ventajas de su librito de estilo. “Sus equipos juegan el pase de juego más fantástico que hayamos visto jamás y los principios son exactamente iguales”, comentó Jones sobre ese encuentro inspirador. A veces es necesario recular hasta los “principios” para darnos cuenta de quiénes somos. Y los orígenes de uno, como es sabido, son irrenunciables.