«Bajo la influencia del traje, cambió también su personalidad. Aquella intensa vitalidad, tan notable en el garaje, se había transformado en impresionante altivez»

– El gran Gatsby, Scott Fitzgerald

Cualquiera que haya visitado Tailandia -o tenga un amigo pesado que lo haya hecho- sabrá que los paisajes del territorio asiático hipnotizan. En el norte, por el verde de sus montañas; en el sur, por lo paradisíaco de sus playas. En lo que quizá no reparen los turistas es en el mismo poder hipnótico que guardan las camisetas de fútbol que allí se venden. Su inverosimilitud se apodera de tu atención y te obliga a estudiar hasta el más mínimo detalle, y, sobre todo, a no dar nada por sentado.

En Tailandia el Arsenal puede vestir de Reebok ¿Y qué? ¿Vas a decirles tú, con tu impertinencia occidental, que los ‘gunners’ solo han vestido de Nike, Puma y Adidas? Si es así vigila cómo lo haces, porque puede aparecer un oriundo de Tailandia con la camiseta del Manchester United y el pantalón del Chelsea. Lo que para ti es una contradicción, para él tiene todo el sentido del mundo porque camiseta y pantalón son de color naranja. La elegancia, aunque butanera, sigue siendo elegancia. Cuando ya has asumido que viste con ropa de equipos rivales, te atormenta la duda. «¿Alguna vez han vestido Manchester United y Chelsea de naranja?», te preguntas. Si lo haces, es porque todavía entiendes muy poco del país.

Nick Carraway, el joven narrador de El gran Gatsby, explica que sus colegas de la alta burguesía cambian su personalidad al enfundarse sus trajes y vestidos. En Tailandia, lejos de todo lujo, la sensación es semejante con las elásticas deportivas. Lucen sus camisetas como sus mejores galas, porque son para cuidarlas, no para sudarlas. El running no ha llegado a Tailandia, e incluso te mirarán raro si te atreves a salir a correr. Todos se extrañan de tu esfuerzo en vano. El padre, la madre, el niño y el perro. Los cuatro. Encima de una moto. Y sin casco. Por supuesto, tú te sentirás cohibido y aún no sabrás por qué, pero es que todavía no comprendes que juegas como visitante.

Empiezas a estar en consonancia con Tailandia cuando te regala encuentros fortuitos con camisetas de fútbol. Cuando, volviendo a casa después de visitar Doi Suthep, crees que el día ha finalizado pero queda todavía la mejor historia. Para volver de uno de los puntos más altos de Tailandia a la encantadora ciudad de Chiang Mai, es necesario coger un taxi. La sorpresa viene cuando en la parte trasera están en los hijos del conductor, ambos con la equipación del FC Barcelona. El mayor luce una cresta que se imagina debajo de su gorra, visera hacia atrás. No sorprende que luzca el nombre de Neymar JR en su zamarra. El hermano pequeño es también menudo en constitución, algo lógico teniendo en cuenta que luce el 6 de Xavi a su espalda. El escudo de sus pantalones guarda semejanza con el parche que te cosía tu madre en el pantalón de gimnasia y que tú habías querido esconder -pero ella siempre ganaba. Es fácil imaginarse a la madre de los niños, copiloto del taxi, abroncando al grande por regatear a toda la mesa para llevarse el último rambután o, al pequeño, por repartir especias por doquier. Pero es que ellos ya tienen algo de Neymar y de Xavi.

Los tailandeses no están huérfanos de liga doméstica, pero la Thai Premier League está monopolizada en los últimos años por los equipos de Bangkok, especialmente por el Buriram United, conjunto que tiene «very money», como se apresuran a decir los aficionados de clubes minoritarios. En la periferia, el orgullo de pertenecer a un equipo tailandés florece con más fuerza. Los comerciantes de los mercados callejeros venden réplicas de todo tipo menos la del equipo de su ciudad. «Chiang Mai is authentic», pronuncia con altivez el vendedor.

Sin título-2La inglesa y española son las ligas más seguidas a partes iguales, y eso que la Premier League está más adaptada al mercado asiático. Quizá por eso, un tuc-tuquero con honradez poco demostrada duda cuando le dices que vienes de España. «Sepain…», cavila pensativo. Alguno quizás se acuerda de fuimos «World Champions» allá por 2010. Cuando dices Barcelona la respuesta sí es automática: «Messi, Neymar». Algún romántico seguidor del Liverpool añade «Sules«, que tras unos tres minutos adivinas que es Suárez. Y lo haces por el póster de Gerrard que lleva en su tuc-tuc. «Se nos escapó la Liga, amigo», piensas.

La hipnosis de Tailandia -la buena, la de las camisetas de fútbol- llega a su punto álgido cuando ves a un autóctono que viene de cara con la camiseta de España y el ‘9’ en el pecho. ¿Será Torres? ¿Habrá llegado aquí el remate al primer toque de Alcácer? Tampoco hay que descartar a Villa. El corazón te late y cuando pasa por tu lado te giras de una forma grotesca como cuando un amigo te dice «no te gires ahora, pero mira la de allí». Cuando ya suenan los acordes de Mike Oldfield de la melodía usada para El Exorcista, tu cabeza empieza a rotar por encima de sus posibilidades y aciertas a ver el nombre. Está en tailandés. Pese a la decepción, sonríes. Solo ahora, tras unos días y varios episodios, entiendes que no juegas en casa.