Lo que sigue a continuación es uno de los capítulos de Away Days, el libro en el que Álvaro de Grado narra las vivencias de un periodista deportivo por Inglaterra, la cuna de la cultura futbolística


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Gigg Lane está a las afueras de Bury. Desde el centro de Mánchester hacen falta dos condiciones imprescindibles para llegar: media hora y muchas ganas. Si hay algo por lo que Mánchester enamora a cualquier aficionado al fútbol es por su localización geográfica. A esa distancia se puede elegir un partido de cualquier división cada fin de semana. Los hay de primera, de segunda, de tercera, de cuarta y de todo lo abajo que se quiera ir. Solo hay que coger el autobús, leer un rato el periódico del día que te ofrecen al subir, y dejar avanzar la mañana hasta que llegues a la parada más cercana del campo, generalmente bajo la lluvia.

Gigg Lane era, es y seguirá siendo siempre el estadio del Bury FC. Está justo después del cementerio, algo que acabó cobrando sentido en su historia. A su alrededor hay un pequeño aparcamiento y también está la tienda del club, que ofrece todo lo que pueden ofrecer: una primera equipación, una bufanda, una taza para el desayuno, unas pegatinas con el escudo, unos lápices, unas camisetas antiguas. Y, sobre todo, un club al que seguir.

Un sábado cualquiera del mes que sea, la tienda se llena. Las diez o quince personas que caben ahí están dentro, y las que no entrarán después. A la derecha, las taquillas venden las últimas entradas mientras la música se escucha de fondo por la megafonía. También hay un puestecito que vende hamburguesas antes de llegar a los tornos. En una mesita contigua tienen la mayonesa, el kétchup y la mostaza. Las servilletas son las manos. Ese puesto de comida despide un olor que te hace viajar al infierno y a la vez te da ganas de comer ensuciándote mucho. Lección uno: no es un estadio inglés si fuera no te venden una hamburguesa recién hecha o un pie de carne —pronúnciese “pai”—, un típico pastel del Reino Unido.

 

Faltaba una hora para el partido y ya se conocían las alineaciones. En el banquillo se sentaba Ryan Lowe, goleador del equipo en la última década al que hacía unos meses le habían entregado la responsabilidad de ser entrenador. Entre sus récords todavía vigentes está el haber metido en nueve partidos consecutivos en la temporada 2010-11. Eso quedaba muy lejos. El Bury sufría en tercera división. Y sufría mucho: era colista y recibía al Wigan, en puestos de ascenso directo a Championship. El estadio comenzó a llenarse poco a poco. La zona de prensa eran dos filas con pupitres al final de la grada principal, en uno de los laterales del campo. Gigg Lane tiene capacidad para unos 12.000 espectadores, pero no es demasiado alto. Uno de los fondos estaba repleto de aficionados visitantes: de córner a córner solo había hinchas del Wigan, ciudad cercana, que en un rato sentenció el partido con un 0-2 insalvable. Los goles los marcaron Nick Powell, que tras su salida del Manchester United trataba de resurgir como futbolista, y el central Dunkley.

En el descanso, cuando hace mucho frío, que es casi siempre, los periodistas tenemos acceso a una sala interior habilitada para trabajar. No es nada del otro mundo al margen de un par de sofás y unas galletas, pero sirve para entrar en calor durante 15 minutos. Las acreditaciones en Gigg Lane tienen una doble función. La primera y más evidente es la de su pura definición: el permiso para entrar al estadio como trabajador en representación de un medio de comunicación. La segunda es un extra incluido en forma de vale para canjear en el bar. Lo que en otros estadios de mayor nivel significa un plato de comida antes del partido, en la sala de prensa, antes de salir a la grada, en Gigg Lane se traduce por unas patatas fritas pequeñas o una chocolatina y una bebida caliente.

En las escaleras pintadas de azul que llevan hasta la sala interior de los periodistas cuelgan cuadros con todos los equipos juveniles de las últimas temporadas, ordenados por fechas. Son detalles que marcan identidad en un club. En una de las fotos pudimos identificar a Callum Styles, un chaval bajito que en tres días iba a cumplir 17 años, un chaval que jugó algún partido de liga la temporada anterior y, sobre todo, un chaval que vimos en directo unos meses atrás, cuando el Bury juvenil eliminó al Aston Villa en la FA Youth Cup.

Aquel día Styles y los suyos aguantaron las embestidas de una gran cantera de Inglaterra para pasar de ronda y nosotros apuntamos su nombre en el corazón como se apuntan todos los nombres de jugadores que despuntan cuando no los conoces. En un partido y en dos o tres noticias de prensa habíamos quedado prendados de él. De la noche a la mañana, Styles era un hermano para nosotros, un motivo perfecto para pasar la tarde viendo fútbol. Tienen algo de especial este tipo de descubrimientos como Styles: lo has visto una vez y te parece buenísimo, así que en tu cabeza será buenísimo para siempre, pase lo que pase, en cualquier situación, con cualquier equipo. A partir de ese momento, cada fin de semana buscarás la alineación por si vuelve a jugar. Son flechazos que luego se convierten en amor devoto, casi irracional por falta de pruebas, y ya les puede ir muy mal en su carrera deportiva que siempre se mantendrá un hilo de confianza ciega en ellos para que remonten y se conviertan en estrellas algún día.

Callum Styles estaba en el banquillo cuando el Wigan ganaba por 0-2 en el segundo tiempo. Fue una decepción no verlo desde el arranque, pero quedaba esperanza para que saliera más tarde. Queríamos recordar cómo lo hacía ese mediocentro zurdo, más pequeño que todos sus compañeros, más débil que cualquier rival, que buscaba pases entre líneas mientras el resto ensayaba balonazos. En medio de la crisis del club, camino del descenso, era un diminuto agujero para la ilusión. 60 minutos después entró al campo, aunque el resultado no se movió. Tampoco esperábamos que se moviera, o quizás muy dentro de nosotros sí. Pero el objetivo último de la tarde estaba cumplido: habíamos visto a Styles en directo una vez más y podíamos dar el día por completado. Trabajo hecho. A otra cosa.

 

Aquel día Styles y los suyos aguantaron las embestidas de una gran cantera de Inglaterra para pasar de ronda y nosotros apuntamos su nombre en el corazón como se apuntan todos los nombres de jugadores que despuntan cuando no los conoces

 

Un pase de prensa para ver al Bury o a cualquier otro equipo inglés se pide por la aplicación habitual que tenemos los periodistas dados de alta en la Premier League y la Football League y que nos da acceso a las primeras cuatro divisiones del país así como a todas sus copas y play-off de ascenso correspondientes. El proceso es tan sencillo como introducir tu usuario y tu contraseña, abrir la pestaña de la competición que quieras y solicitar el partido en cuestión. Esto para la prensa local es pura rutina, no tanto para un periodista español que decide ir a Gigg Lane. “Hola, soy Álvaro de Grado, trabajo en la Cadena SER y me gustaría asistir al partido de este fin de semana porque me interesa vuestro equipo”, por ejemplo. Si cambiáramos los papeles no sonaría mucho mejor, pero hagamos la prueba: “Hola, me llamo Adam Yates y os escribo para solicitar un pase de prensa para cubrir el partido del Navalcarnero en la BBC. Lo mismo. Por la cabeza del jefe de prensa que recibe este correo deben pasar muchísimas cosas y ninguna buena, y es normal, pero casi siempre tienen sitio de sobra para aceptar tu petición.

El hipotético e-mail dejó de ser hipotético en más de una ocasión. De hecho, nunca ha sido tan real como cuando decidí ir con mi amigo Pol Ballús, también periodista, a un derbi entre el Bury y el Rochdale. La noche en que Cristiano Ronaldo marcó una chilena histórica contra la Juventus en la Champions, mi colega y yo estábamos en Gigg Lane viendo un partido de tercera división porque la coherencia es fundamental en la vida pero se paga un alto precio por defenderla: ver un partido en directo, incluso cualquier partido en directo, siempre irá antes en el orden de prioridades de un corresponsal en el extranjero. Cuando uno vive en otro país sabe que tendrá que hacer muchísimas crónicas de partidos a lo largo de la temporada pero que una gran mayoría de ellas serán viendo los 90 minutos por la televisión. Por eso nunca hay que dejar pasar la opción de ver el fútbol en directo. Siempre es mejor estar en una grada muerto de frío que en el sofá de casa bien calentito. Siempre es mejor escuchar el grito de un central y las indicaciones de un entrenador en la banda que el apunte técnico de un comentarista.

Para solicitar la acreditación en una noche como la del Bury-Rochdale hubo que dar explicaciones, y cito literal un extracto del correo electrónico que le envié a Gemma, responsable de prensa del Bury: “Sí, hay un periodista nacido en Madrid que os está pidiendo una acreditación para vuestro partido el mismo día que el Real Madrid juega contra la Juventus en la Champions League. Era imposible de denegar. Era imposible ser más honesto. Era imposible dar más pena. No contenta con ello, Gemma trató de empatizar y al mismo tiempo que aceptó el pase replicó con curiosidad: “¿Acaso eres del Atlético?”. El gol de Cristiano lo vimos en el móvil, pero a Callum Styles lo vimos en directo. Otra vez.

 

Nunca hay que dejar pasar la opción de ver el fútbol en directo. Siempre es mejor estar en una grada muerto de frío que en el sofá de casa bien calentito. Siempre es mejor escuchar el grito de un central y las indicaciones de un entrenador en la banda que el apunte técnico de un comentarista

 

El Bury descendió a cuarta división y los problemas ya se apreciaban en el horizonte: habían comenzado su camino hacia la desaparición. En el siguiente mes de marzo los propietarios no fueron capaces de pagar el salario de los jugadores y la hacienda inglesa les reclamó en abril más de un millón y medio de libras, cuando en el club solo esperaban ingresar 180.000. La situación se volvió insostenible, aunque recibieron una concesión extra por si conseguían venderlo a tiempo.

Mientras tanto, el plano deportivo había mejorado un poco y Ryan Lowe se mantenía en el banquillo. Tras el descenso llegó un ascenso inmediato: acabaron en segunda posición de League Two, la cuarta categoría, con una crisis institucional de órdago. En agosto los problemas persistían y Lowe cambió de equipo. Se llevó a varios jugadores y a miembros del cuerpo técnico, que también huyeron de lo que se veía venir. Antes de empezar el curso fueron sancionados con 12 puntos en la clasificación. Durante muchos años, la secretaria general del club fue Jill Neville, madre de los hermanos Gary y Phil, pero su pelea por devolver la estabilidad al Bury no tuvo éxito y poco después se confirmó la tragedia.

El 27 de agosto de 2019, la English Football League anunció la expulsión del Bury FC. Era la primera vez que sucedía algo así desde 1992. El club ya casi no tenía jugadores y tampoco una liga en la que competir. El mismo día quedaron libres más de 140 canteranos.

Ninguno de ellos fue Callum Styles. Su irrupción llegó un poco antes y para entonces ya se había producido su venta al Barnsley por apenas medio millón de libras. El Barnsley es un club al sur de Leeds que en los últimos años ha sabido producir futbolistas jóvenes con muchísima facilidad. El caso más evidente es el de John Stones, vendido al Everton cuando era un adolescente y hoy central de Inglaterra y del Manchester City de Pep Guardiola. Styles todavía no había cumplido 19 cuando firmó por los ‘Tykes’. Era un salto lógico —de tercera a segunda— porque a pesar de su talento y su juventud todavía no alcanzaba los 50 partidos profesionales. Y sobre todo era un salto lógico porque quizás no era tan bueno: al fin y al cabo, apenas lo habíamos visto tres o cuatro veces en directo, pero ya habíamos creado un discurso que lo convertía en un pretexto perfecto para ver fútbol. Así es, exacto, Styles ya no era tanto un futbolista sino una excusa que utilizábamos para ver partidos de la misma forma que la radio a veces no es tanto un buen programa sino una mejor compañía. Un par de años más tarde Styles ya no es mediocentro sino carrilero zurdo, aunque es titular indiscutible. Sube y baja la banda y sigue siendo más bajito que la mayoría. Puede que no destaque como lo hacía antes, al menos no de la misma manera. Puede que no vaya a ser una estrella en Inglaterra. Puede que nos flipáramos muchísimo el primer día que lo vimos jugar. Pero tiene otra cosa igual de valiosa: no hay fin de semana que no miremos si Styles ha sido titular y, a la vez, recordemos un poco al Bury FC.

 

En las diez o quince veces que he ido a Gigg Lane siempre he vuelto a casa con la misma pregunta en la cabeza: ¿tiene sentido pasar aquí 90 minutos, además del tiempo que invierto entre ir y volver? ¿No sería mejor salir a comer, leer un libro o echarme una siesta en el sofá?

 

La parada para coger el autobús que te devuelve al centro de Mánchester está justo al salir de Gigg Lane, en la calle principal, al lado del cementerio. Qué cosas. Un club se estaba muriendo con el cementerio muy a mano. En una de mis últimas visitas, esperé a que llegara el 98 rodeado de hinchas del Bury que lamentaban una derrota más. Llovía mucho y los cristales del autobús se iban quedando empañados. Uno se acostumbra a convivir con la lluvia cuando reside en el norte de Inglaterra. Aunque el día amanezca sin nubes, aunque el parte meteorológico sea tranquilo y despejado, nunca estás libre de la amenaza de un chaparrón. Una vez me dijeron que en Inglaterra no hay cuatro estaciones sino distintos tipos de invierno.

En las diez o quince veces que he ido a Gigg Lane siempre he vuelto a casa con la misma pregunta en la cabeza: ¿tiene sentido pasar aquí 90 minutos, además del tiempo que invierto entre ir y volver? ¿No sería mejor salir a comer, leer un libro o echarme una siesta en el sofá? Dicho de otra manera, ¿qué recompensa me llevo de una tarde en Bury yo solo, donde nadie me ha pedido que vaya? No es por el buen fútbol, ni mucho menos. Tampoco es por un tema laboral, ya que voy en horas libres y no gano dinero con ello: si quisiera escribir sobre lo que he visto en Gigg Lane, necesitaría un gancho muy bueno para que se leyese en medios de comunicación españoles. Si se trata de un libro, como es el caso, este capítulo se habría redactado igual y tendría los mismos detalles con una décima parte de las visitas que he realizado. Lo sé, pero qué más da. Cada vez que he ido he querido volver. Siempre. Y cada vez que regreso a casa, abro el calendario de partidos para buscar un fin de semana libre en el que pueda volver a escaparme. El disfrute de ir a un partido de fútbol no proviene únicamente del juego, sino de todo lo demás: el viaje de ida, caminar hasta el estadio junto al resto de aficionados, escuchar las alineaciones por megafonía, la tensión de la grada, la alegría y el optimismo de los minutos previos, el descubrimiento de un nuevo lugar, o un jugador como Styles. Y un gol. Aunque la calidad del partido brille por su ausencia, la experiencia de ir al fútbol no tiene nada que lo iguale. ¿Desde cuándo ir al fútbol solo tiene que ver con el fútbol?

 


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Ilustración de Ignasi Font.