Mi gol, mi verdadero gol, ese gol que se me viene a la cabeza nada más sellar los párpados, el que colma mis sueños más profundos, festivos, húmedos y lúdicos, es el segundo de Baraja contra el Espanyol en la mítica remontada en Mestalla que dejaba a todo el valencianismo oliendo con las fosas nasales bien abiertas y con el rostro resplandeciente de orgullo el título liguero 31 años después. La apertura de Aimar a la banda, el centro de Kily al balconcito del área, el empalme con el alma de Baraja y el éxtasis de la afición en una primavera que todavía no era extraña y que sí llegaba. Algún día escribiré mi historia entera con ese partido y ese gol.

El del ‘Pipo’ fue un tanto que abrasó la piel de una generación de valencianistas que tenía una cierta edad para disfrutar de aquello. Pero la historia de un club, que ya es más que centenario, no es solo la más reciente. Hay momentos que deben ser extraídos del amasijo de reminiscencias, recordados y tener eco con el paso del tiempo. Uno de ellos es el gol de José Vicente Forment contra el Celta un domingo 28 de marzo de 1971.

“Ayer se cumplieron 45 años del gol de Forment. Si pudiera revivir un gol yo elegiría ese. A veces pienso en esa jornada como en una película de arte y ensayo. Todo giraría en torno al instante del testarazo de Forment pero a su alrededor fluiría la atmósfera y la estética de la época. Recrearía la mirada de los protagonistas, el instinto de vitalidad, la necesidad de llegar”, escribió en Las Provincias Rafa Lahuerta, que añade: “Partiría de las ruinas ya extinguidas del bar Torino, cruzaría la ciudad, levantaría la vieja tradición ferroviaria y fluvial de los aledaños de Mestalla. Intentaría subirme a la terraza del colegio de ‘El Pilar’ para adivinar el mar, la huerta en retroceso, los nuevos barrios en construcción. Habría un plano largo para Vicente Peris a pie de campo, nervioso, sonriente, con la certeza de estar a punto de culminar la hazaña: ser el primer equipo no madrileño en ganar la liga desde 1960”.

El Valencia estaba enzarzado en una lucha trepidante con el Barcelona y el Atlético de Madrid por salir campeón de esa temporada. Los vigueses se cruzaron toda la península para disputar la jornada número 27 en Mestalla. Claramunt II adelantó al Valencia en la primera parte y Lezcano empató para los gallegos en la segunda.

A Forment ya le habían anulado dos goles por fuera de juego que hubieran desecho la igualdad. No parecía que fuera cierto lo que el entrenador argentino voceó a los jugadores. “Y una anecdotita que puedo contar es que Di Stéfano, antes del partido, nos dijo que el árbitro que venía era madrileño y que podía ayudarnos un poco, que no tuviéramos miedo”, contó el delantero a Canal 9 en un homenaje que hizo sobre la efeméride cuando se cumplieron 20 años y que se puede ver algún extracto en el canal de YouTube de Esteban Fernández.

Pero el de Almenara estaba obcecado en que la cosa no se quedará así en pos del anhelo y la pura fantasía de los parroquianos que iban cada domingo a la iglesia de la avenida de Suecia. En el minuto 92, el Valencia tuvo un córner. Sol, Barrachina y los altos del equipo subieron a rematar. Sergio pateó el saque de esquina al primer palo, el guardameta salió en falso, Forment se adelantó y con un giro de cuello cruzó el balón, que acabó entrando al fondo de la portería rival tras un fuerte cabezazo.

 

“Esto fue Troya. Nunca en la vida he sentido una alegría tan grande”

 

Con ello, la sangre caliente del Mediterráneo hirvió y la locura colectiva se desató en Mestalla tanto en los futbolistas como en los seguidores. La afición saltó al césped, tiró por los aires cualquier cosa que tuviera en las zarpas o que se le pusiera en el camino, aulló. La muchedumbre exacerbada jubilosamente. Aquella tarde la casa che estaba rebosante. Gracias, en parte, al cemento desnudo y a los apretujones de la grada General de pie, 60.000 cuerpos valencianistas entraron. Todo para hacer del caos un arte. “Eso fue Troya”, describe el delantero cada vez que le preguntan por aquello. “La gente se tiró al campo, almohadillas y nosotros llorando”, narra. “Nunca en la vida he sentido una alegría tan grande”.

Di Stéfano dio libre a los jugadores el lunes siguiente a ese partido y el martes le dijo a Españeta que avisara a Forment de que lo quería ver. El delantero fue a reunirse con él con una sonrisa en la boca porque se pensaba que el argentino le iba a alabar por lo que hizo, pero la ‘Saeta Rubia’ le remachó que debía mejorar para no caer en fuera de juego. Esta anécdota la contó Forment en Veus Fé-Cé de Plaza Radio, programa conducido por Paco Polit. 

Aquella fue la liga tras no ganarla en 24 años, la liga que se agenció el Valencia tras perder en Sarrià, la liga del palmito de Aldaia, que Jaume Ortí rescató para los trofeos ligueros de 2002 y 2004, la de la aficionada anónima a la que llamaron Noelia y a la que el periodista Paco Grande ayudó a encontrar, la liga de la imagen imborrable de Di Stéfano asegurándose, mirando a la grada, que Barcelona y Atlético de Madrid habían empatado en el Calderón, y la liga que ganó el Valencia con los mismos puntos que los catalanes y uno por encima de los madrileños.

“En un equipo marcado por la sobriedad defensiva, Forment fue el máximo artillero con ocho goles en liga, todos ellos claves en la tabla clasificatoria. Una desgraciada y grave lesión en Granada limitó su carrera deportiva posterior”, cuenta Sergi Calvo en #Los100delCentenari, libro que destina sus beneficios a ayudar a Elvira Roda, nieta de uno de los fundadores del club y que padece sensibilidad química múltiple. Según Ciberche, Forment perforó 26 veces las redes rivales y dio ocho asistencias en 86 partidos con el Valencia.

En 2018, de la mano de Lahuerta y Miquel Nadal Tàrrega nació una iniciativa basada en homenajear el gol de Forment y seguir rindiéndole culto como solo se sabe hacer en Valencia: tirar una traca en las puertas de Mestalla el día exacto de aquel tanto. Con actos como este, se siguen tejiendo los relatos que perdurarán. Aunque la memoria se escurra como agua entre las manos, hay que batallar por achicar y que no desaparezca. El año que viene se cumplirá medio siglo de aquel tanto metafísico. La celebración y los retruécanos serán dobles.

 


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