Apurando el cierre del mercado invernal, el Valencia anunciaba el 30 de enero de 2001 el fichaje de una de las mayores promesas del fútbol argentino a cambio de 3.500 millones de las antiguas pesetas -21 millones de euros aproximadamente-. Mario Alberto Kempes decía de él que era el toque de creatividad que le faltaba al Valencia cerca del balcón del área. “De los jugadores argentinos es el que más me gusta”, indicaba Diego Armando Maradona. Y Enzo Francescoli destacaba su capacidad para ir “un segundo por delante” en el juego; lo veía “un jugador diferente”. Entonces, avalado por tres leyendas del fútbol sudamericano en su llegada a la capital del Turia, a Pablo Aimar solo le quedaba saltar al césped y demostrar con sus pies todo aquello que salía de la boca de esos tres genios.

El destino quiso que la primera oportunidad de ver a Pablo Aimar ataviado con la camiseta del Valencia fuera un 14 de febrero de 2001, en la tercera jornada de la segunda fase de grupos de la Champions League -en aquella época se disputaban dos fases de grupos antes de acceder directamente a cuartos de final-. El rival en ese duelo era el Manchester United de Alex Ferguson, uno de los conjuntos más potentes de Europa, y Héctor Cúper sorprendía a la afición al incluir al nuevo fichaje de apenas 21 años entre los once señalados para disputarle la primera plaza del grupo a los Diablos Rojos.

 

Con el dorsal incorrecto a la espalda y con una camiseta que le quedaba excesivamente ancha, hasta el punto de parecer un crío perdido en una batalla de adultos, Aimar saltaba por primera vez al césped de Mestalla

 

La anécdota de aquella noche tan especial para el nuevo jugador del Valencia se produjo por un lío con el dorsal de su camiseta. Inscrito con el ’22’ para las competiciones domésticas, en Europa no podía utilizar ese número por haberle sido adjudicado a inicios de la temporada a Líbero Parri, quien marchó al Elche en el mercado invernal. Por culpa de este baile de dorsales hubo una confusión al preparar la equipación del argentino. “Tenía que jugar con la camiseta ’35’, pero me dieron la del número ’22’ por un error en la utillería o en la planilla”, recordaba años después en el diario Levante-EMV. Por suerte, desde la UEFA pasaron por alto el error: “Al final me dejaron jugar con la ’22’, pero el resto de la Champions la jugué con el ’35’”.

Con el dorsal incorrecto a la espalda y con una camiseta que le quedaba excesivamente ancha, hasta el punto de parecer un crío perdido en una batalla de adultos, Aimar saltaba por primera vez al campo junto a sus nuevos compañeros. Aquellos 90 minutos bajo una intensa lluvia invernal serían el preludio de seis cursos llenos de magia en Mestalla.

Pocos minutos necesitó la parroquia valencianista para ver en aquel enclenque mediapunta al chico que necesitaban para volar aún más alto si cabe -llegarían dos Ligas y una Copa de la UEFA a las vitrinas del club-. Sus primeros contactos con el balón ya demostraban que no habían traído a Valencia a un futbolista cualquiera. Pisadita, aguanto y la toco fácil. La juego de cara. Siempre sencillo, sin florituras, pero con unos movimientos armónicos para encandilar a la hinchada ché cada vez que el balón llegaba a sus dominios. Bailaba sobre el césped como si fuera el único de los 22 futbolistas, tanto de los de blanco como de los de rojo, al que el estado de la moqueta no le perjudicaba en su juego.

 

Pidiéndola, buscándola, apareciendo entre líneas y, sobre todo, disfrutando. Parecía que llevara años vestido de blanquinegro y no apenas unos minutos

 

Comandando todos los ataques del Valencia junto a un Gaizka Mendieta con quien parecían haber jugado juntos en otra vida, las acciones de mayor peligro surgieron de sus botas. El gol anulado por posición antirreglamentaria de Miguel Ángel Angulo fue tras un envío del argentino. Una jugada de funambulista de Mendieta dentro del área, finalizada con un rechace de la zaga mancuniana, nació de una asociación previa con Aimar. Un estéril disparo lejano de John Carew venía precedido, obviamente, de una asistencia del ‘Payaso’. Y la más clara del encuentro, protagonizada por el Kily González en el segundo tiempo, adivinen, también surgió de los pies de Pablo Aimar. Todo nacía de sus botas, él era el epicentro de cada ataque que lanzaba un Valencia dominador y veloz que, pese a disponer de las ocasiones más claras del encuentro, no supo en ningún momento batir a Fabien Barthez en un partido que si no pasará a la historia por su resultado, un insulso 0-0, al menos sí lo hará por la exhibición de talento que se vio esa noche sobre el césped de Mestalla.

Pidiéndola, buscándola, apareciendo entre líneas y, sobre todo, disfrutando. Parecía que llevara años vestido de blanquinegro y no apenas unos minutos. Hizo de la Champions League, la competición de clubes por excelencia, un partidillo más junto a sus amigos. Los curtidos centrales y mediocentros del todopoderoso Manchester United -Jaap Stam y Wes Brown en la zaga y Paul Scholes y Roy Keane en la medular- mutaban en unos inocentes compañeros de pupitre a los que sortear con una facilidad pasmosa cuando Pablo Aimar les encaraba. Y un estadio a rebosar, con 50.000 almas disfrutando del show, se convirtió en la recreación de un potrero de Río Cuarto tras finalizar el horario escolar. Ese día, precisamente un 14 de febrero, Mestalla quedó loca y eternamente enamorado de otro pibe inmortal.