El fútbol cuenta historias como si todas avanzaran hacia el mismo lugar, en la misma dirección, pero aunque la mayor parte de los futbolistas suelen correr hacía la gloria, otros, cuando casi pueden abrazarla, deciden parar y dar marcha atrás. Carlos Roa es uno de ellos. Cuando el éxito le sonreía, hizo una parada para entender hacia dónde quería caminar. Su espíritu inquieto le llevó incluso a esquivar su propio éxito. Su trayectoria retrata a un deportista que, en algunas circunstancias, pareció temer su propia consagración.
Esa inclinación autoprotectora y deseosa de itinerarios alternativos del portero se evidenció claramente en el tramo final de su carrera, tras rechazar una oferta del Manchester United y optando por una prematura retirada, en una acción que algunos vieron como una huída de la presión y la fama.
Pero empecemos por el principio. Nacido en 1968 en Santa Fe de la Vera Cruz, Argentina, Carlos Roa inició su carrera en Racing Club de Avellaneda (1988-94), donde pronto demostró sus aptitudes bajo los palos. En sus primeros años en la liga argentina, su desempeño fue excepcional; en 1993, con Racing, conquistó la Supercopa Sudamericana, y gracias a su seguridad en la portería, fue convocado a la selección nacional, con la que disputó la Copa América ese mismo año.
Aunque la mayor parte de los futbolistas suelen correr hacía la gloria, otros, cuando casi pueden abrazarla, deciden parar y dar marcha atrás. Carlos Roa es uno de ellos
Estos logros iniciales ratificaron su camino prometedor marcado por unos reflejos y una agilidad inusuales. Aunque su vida experimentó un giro inesperado cuando en una gira por África con la ‘Albiceleste’ se contagió de malaria; ese hecho supuso un parón en su trayectoria futbolística hasta su recuperación e incorporación en 1994 a Lanús, donde permaneció hasta 1997.
En Lanús vivió una de las épocas más importantes de su carrera, se convirtió en uno de los porteros menos goleados del campeonato nacional, y su liderazgo en la línea defensiva fue clave para la estabilidad del equipo. Sobresale su notable rendimiento en la temporada 1995-96, curso que culminó con el logro de la Copa Conmebol, su primer título continental.
Roa destacaba por ser un portero diferente, no elevaba la voz ni buscaba llamar la atención. Su forma de comunicarse era muy distinta a la de los demás, ya que optaba por el silencio y la concentración en lugar de por el protagonismo.
Algunos de sus compañeros de aquellos años comentaban que Roa observaba el fútbol desde un punto de vista diferente, parecía estar un poco aislado, siguiendo su propio ritmo. Esa distancia, con el tiempo, sería la clave que influyó en todas sus decisiones.
El punto culminante de su carrera llegó en 1997, cuando fichó por el Mallorca. En España, Roa se reafirmó como uno de los arqueros más destacados de La Liga: su estilo se caracterizaba por una presencia impresionante en el arco, reflejos rápidos y una capacidad para anticiparse a los disparos de los contrincantes, combinando seguridad con rigurosas maniobras en el aire. Su explosión definitiva tuvo lugar en la isla balear.
En el primer año en nuestro campeonato, Roa jugó 31 partidos con el Mallorca, con el dorsal ’17’ en la espalda, y se consolidó como portero titular de la selección argentina, con la que disputó el Mundial de Francia. El equipo venció a Japón, Jamaica y Croacia en la fase de grupos. Y a Inglaterra en octavos. En ese cruce contra los británicos, Roa brilló. El duelo se resolvió en la tanda de penaltis y el arquero fue el héroe del partido gracias a su parada en el último lanzamiento de Batty. Más adelante, Argentina caería en cuartos de final ante los Países Bajos.
En la temporada 1998-99, Roa ganó la Supercopa de España con el Mallorca sometiendo al Barça en los dos partidos de la final. También ganaron en los penaltis. Roa detuvo los lanzamientos de Rivaldo, Albert Celades y Luis Figo. El Mallorca volaba y Roa estaba en el mejor momento de su carrera.
Nadie lo entendía. ¿Cómo podía un portero abandonar la profesión en el punto más alto de su trayectoria y negarse a fichar por el United? Pero Roa no necesitaba ser entendido
El 18 de marzo pasó la eliminatoria de cuartos de final de la Recopa ante el Varteks Varaždin croata. Por entonces, se empezó a especular con la idea de que Roa se plantaba una retirada prematura del fútbol. Y a los pocos días estalló la bomba, cuando El País se preguntaba en uno de sus titulares: “¿Abandona el fútbol Carlos Roa?”. El protagonista se vio obligado a desmentir rápidamente la información. “Cumpliré mi contrato con el Mallorca”, explicó a los periodistas. Pero la semilla ya estaba plantada.
En 1998-99 Roa no pasó desapercibido entre los grandes equipos europeos y el Manchester United puso sus ojos en él para ocupar el lugar de Pter Schmeichel. Pese a que el club inglés ofrecía en torno a diez millones de euros al Mallorca por el fichaje y un gran contrato para el portero, el jugador rechazó la propuesta y, esta vez sí, anunció su retirada.
Roa decidió renunciar al United, renunciar a la fama, renunciar a sí mismo como futbolista de élite.
La renuncia del guardameta se debía, básicamente, a un motivo religioso. Confesó que entre los principales motivos de su retirada se encontraba “tener que trabajar el sábado, el séptimo día que es sagrado y de descanso”. Como adventista del Séptimo Día considera que el sábado es un día de consagración y reposo, algo incompatible con el fútbol. Además, afirmó en un programa televisivo chileno que “dar patadas a un rival” también te convertía en un “mal cristiano”.
Nadie lo entendía. ¿Cómo podía un portero abandonar la profesión en el punto más alto de su trayectoria y decir “no” al United? Pero Roa no necesitaba ser entendido, necesitaba ser fiel a sí mismo.
Fuera del césped, Roa descubrió otra vida ligada a la religión. Según precisó el portal These Football Times, especialista en la cacería de historias insólitas, “Roa creía firmemente que el nuevo milenio significaría el fin de la humanidad y huyó a un retiro aislado en la provincia argentina de Córdoba para pasar su último año en esta tierra uniéndose a Dios. Desapareció y, sin teléfono, ni su club ni su agente pudieron contactarlo”.
En una charla en 2024 con el Diario AS, Roa rememoró aquellos años convulsos: “Fue una decisión meditada. Extraña para la mayoría de la gente, pero yo lo pensé muy bien y opté por llevar una vida de abnegación y servicio a los demás y predicar lo que dice la Biblia (…) Puse a Dios por encima del fútbol. Era lo que sentía. Sé que renuncié a jugar en un grande de Inglaterra, a seguir en la selección argentina y a ganar mucho dinero, pero quería experimentar otras cosas y servir al prójimo”.
Sin embargo, la necesidad económica lo empujó a volver al fútbol profesional. Ya no era el Roa del 98, pero todavía era un arquero capaz.
El 5 de abril del año 2000 Carlos Roa regresó al Mallorca con la condición de no jugar los sábados, salvo que el partido fuera nocturno. Volvió a tener minutos en la primera jornada de la temporada 2000-01 contra el Valladolid.
“Puse a Dios por encima del fútbol. Era lo que sentía. Sé que renuncié a jugar en un grande de Inglaterra, a seguir en la selección argentina y a ganar mucho dinero, pero quería experimentar otras cosas”
Roa fue un pilar fundamental del equipo que alcanzó la cuarta posición de La Liga en la temporada 2000-01, el mejor resultado histórico del club. En ese periodo, el Mallorca se caracterizó por un estilo de juego ordenado y efectivo en defensa, con Roa como su guardián insustituible. Aunque no ganó títulos a nivel colectivo, su rendimiento individual fue reconocido como uno de los mejores entre los porteros españoles de la época, destacando por su capacidad de reacción, sus salidas para cortar centros y su liderazgo en momentos críticos.
En la temporada 2001-02 disputó 13 partidos, dos de Champions y once de la Liga, pero en el verano siguiente Roa buscó una salida, puesto que ya no contaba con tantos minutos en el club. Su destino fue el Albacete, en Segunda División. Sin embargo, el destino le tenía preparado otro giro inesperado: un cáncer testicular que apareció sin aviso.
Después de ser operado y recibir quimioterapia y rehabilitación, en el año 2003 volvió a jugar con el Albacete, que ascendió a Primera. Roa disputó 14 partidos en el inicio de la temporada, pero tras no contar con minutos en el final de curso, regresó a Argentina firmando con el Olimpo de Bahía Blanca, con el que disputó el Torneo de Apertura 2005 y el Clausura 2006, antes de abandonar definitivamente el fútbol.
Tras retirarse, inició su etapa como entrenador de porteros. Trabajó en el Mallorca, en clubes de Argentina, en selecciones y en proyectos más modestos. No buscó fama. Tampoco quiso reivindicarse.
La personalidad de Roa puede interpretarse como la de un deportista que, consciente de las trampas del éxito, optó en varias ocasiones por rechazar la gloria excesiva. Su decisión de decir no al Manchester United, en un momento en que su carrera parecía encaminada a la élite mundial, refleja una voluntad de mantener su integridad y de evitar la exposición total, quizás impulsado por una visión más filosófica del deporte como un acto de expresión personal y no sólo de logro material.
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Fotografía de Getty Images.


