Antes de cada partido del Real Betis, el teléfono de Álex suena siempre en el mismo instante. Durante muchos años al otro lado estaba su padre, Manuel. Hoy ya no.
Aunque cueste que aparezcan en los medios o las redes, son muchos los jugadores de fútbol que tienen que compaginar su pasión por el balón con un oficio, porque la primera no les da para vivir.
En el campo encontraba la luz. Fuera de él, se le aparecían todos los fantasmas. Por eso la vida de Garrincha cambió irremediablemente para siempre cuando dejó de jugar a fútbol. Así fue su caída.
Ese 21 de junio de 1997 no se cerró un estadio. Se puso fin a un sentimiento. Revivimos el último día de Sarrià como feudo, casa y refugio del RCD Espanyol.
En 'Evasión o victoria', el fútbol no salva vidas, no acaba con la guerra, no derriba muros, pero refuerza algo básico, la identidad. Durante noventa minutos, esos hombres no son prisioneros, son un equipo