Di María regresaba ayer a Old Trafford para disputar un duelo inédito en la Liga de Campeones. Y como no guarda precisamente un buen recuerdo de la que fue su casa, decidió ponerla patas arriba. En 2014 dejó el Real Madrid tras cuatro temporadas y seis títulos para firmar por el Manchester United. El conjunto entrenado por Louis van Gaal se hizo con sus servicios por 75 millones de euros, todo un récord en aquel momento para el fútbol inglés.

Pero la aventura solo duró un año, tiempo suficiente para que todo saliera rematadamente mal: en el vestuario, apenas tenía relación con su compatriota Marcos Rojo; en el terreno de juego, el entrenador holandés lo martirizaba pidiéndole retener menos el balón; y en casa… bueno, en casa él y su familia fueron víctimas de un atraco mientras comían y acabaron cambiando una lujosa mansión por un hotel. Al verano siguiente, el PSG ‘rescataba’ al argentino por el módico precio de 63 kilos.

A Di María no le gustó que la afición ‘red devil’ le abucheara mientras se encontraba tendido en el suelo, fruto de un encontronazo con Ashley Young que terminó con el ’11’ del conjunto parisino estampado en una de las vallas del Teatro de los Sueños. Fue recuperarse del percance y empezar el show. Le pidió a su antigua hinchada que subiera el volumen de los pitos, hizo el amago de amorrarse a una cerveza que le arrojaron al césped y remató la actuación convirtiendo su boca en una metralleta de ‘Fuck off’ dirigidos a la grada. Claro que también repartió dos magistrales asistencias de gol y hasta participó con Mbappé en un hipnótico ‘tuya-mía’ que en una cancha de barrio hubiera acabado con tangana y sirenas de ambulancia.

 

Debajo de una apariencia raquítica se esconde el secreto del fútbol de Di María: quemar energía hasta quedarse seco

 

El día que Neymar y Cavani se encontraban fuera por lesión, Di María fue determinante. No es la primera vez que el argentino asume galones. De hecho, jamás los ha rechazado, por más que la opinión popular prefiera acentuar su fuerte carácter o el hecho de ser uno de los futbolistas más caros en traspasos acumulados de la historia. En su último curso de blanco, Carlo Ancelotti lo perfiló como interior para alivio de una BBC que pedía correr solo hacia adelante. El resultado fue impresionante: además de máximo asistente de la Liga (17 pases de gol) y autor de uno de los tantos con los que el Real Madrid ganó la Copa del Rey frente al Barça, La Décima viajó a la capital de España con el argentino como MVP de la final ante el Atlético. Solo las lesiones frenaron su protagonismo en el Mundial de Brasil, disputado poco después. Puede que Leo Messi aún sueñe con lo que podría haber sido aquella final ante Alemania con el Fideo como socio, un jugador que -no se lo van a creer- de pequeño era hiperactivo.

No es casualidad que el mejor Di María se haya manifestado rodeado de estrellas. De la BBC a la delantera formada por Neymar, Cavani y Mbappé, no hay entrenador que renuncie a encontrarle un hueco. Y es lógico: además de muy bueno, es un especialista en no pocas posiciones. Partiendo desde la banda natural o jugando a pie cambiado; moviéndose entre líneas como mediapunta o ejerciendo de interior puro. Recambio de lujo y titular de garantías, funciona en cualquier contexto, bajo cualquier emergencia. Seguirán los tridentes reducidos a siglas y Di María, a sus 30 años, continuará siendo una bendición para el técnico de turno, sabedor de que debajo de una apariencia raquítica se esconde el secreto de su fútbol: quemar energía hasta quedarse seco. Ayer castigó al único equipo en el que no pudo ser Ángel. El rosarino fue el ‘diablo’ que Old Trafford nunca pudo disfrutar.