A Luxemburgo nadie le invita al baile. Es la piñata en los cumpleaños, ese país que está en el centro de Europa y del que nadie habla. No hay primos viviendo en Luxemburgo, ni aquel amigo que se fue de Erasmus allí varios meses. Tampoco existen casas en sus playas o altas montañas en las cuales perder el sentido del tiempo. Si Francia, Alemania y Bélgica se propusieran invadir sus fronteras tardarían una mañana en hacerlo. Los aficionados al fútbol, posiblemente los más tarados, sabemos de su geografía porque sus equipos de fútbol son los primeros en abrir la temporada europea. ¿Quién no sueña las noches de julio con poder jugar en el F91 Dudelange, Fola Esch o Progres Nidderkuer? Ese amor de verano que tan rápido se evapora y regresa un año después. La clásica ensoñación del amante al fútbol internacional que desea disputar la Champions League en países de los que pocos hablan y muchos menos conocen. Madre, escucha, me voy a Luxemburgo para ser internacional con su país y escuchar el himno de la Champions en el Stade Jos Nosbaum de Diddeleng. Abrió la puerta de casa y se fue para ser compañero del mito Joubert y de un bosnio apellidado Ibrahimovic.

La última Eurocopa nos demostró algo: nos hizo saber que cada vez era menor la diferencia entre las clásicas potencias continentales y el resto

Francia, Suecia, Países Bajos, Bulgaria y Bielorrusia sonrieron al saber que todas ellas estarían presentes en el grupo A camino al Mundial junto a Luxemburgo. La sonrisa es obvia: desplazamiento corto y la imposición de lograr los seis puntos ante ellos. Llevamos ya ocho jornadas del clasificatorio, Luxemburgo tiene 5 puntos y ha logrado empatar en Francia. Quizá esos países tan superiores, futbolísticamente hablando, ya no se rían tanto. La última Eurocopa nos demostró algo: nos hizo saber que cada vez era menor la diferencia entre las clásicas potencias continentales y el resto. El fútbol se ha globalizado tanto que las que antaño eran selecciones dispuestas a ser goleadas ya no lo son, siguen perdiendo sus encuentros aunque con mayor dignidad. ¿Cómo empatas a cero en Toulouse con futbolistas que juegan casi todos en el Benelux? Más o menos haciendo un milagro, además de evitando que los Mbappé, Griezmann, Lemar, Pogba y compañía tengan una buena noche. Fue una jornada histórica para el fútbol luxemburgués, que desde 1914 no había logrado empatar ante sus vecinos.

“Para Luxemburgo el resultado es historia. Con algo más de suerte nos habríamos llevado los tres puntos”, afirmaba orgulloso el seleccionador Luc Holtz. Imaginad qué supuso para él este 0-0, para un técnico que lleva desde 2002 dirigiendo a su país natal. Cuando lo normal es perder siempre, al mínimo resultado positivo la alegría es máxima. No nos quedemos únicamente con este último resultado: antes del encuentro ante los galos habían derrotado 1-0 a Bielorrusia y de esta forma abandonaron la última plaza del grupo. Una Bielorrusia que no ha vencido en ninguno de los dos duelos a los chicos de Holtz. En el camino a Rusia 2018, tanto los Países Bajos como Francia sufrieron más de lo debido para ganar en territorio luxemburgués, ante un equipo que incluso se permitió el lujo de vencer en un amistoso a una Albania que venía de hacer una gran Eurocopa. “Me encanta el estilo de Luxemburgo porque me recuerda al del Atlético, es un grupo que defiende junto”, decía Griezmann tras el heroico 0-0. Padre, escuche, me voy a Luxemburgo.