El sábado 26 de abril de 1986, en Chernobyl, durante una prueba en la central nuclear de Vladímir Ilich Lenin, un aumento inesperado de potencia produjo el sobrecalentamiento del núcleo del reactor 4 y la posterior explosión del hidrógeno acumulado en su interior. Más de 30 años después de aquel fatal accidente, que sigue considerándose como uno de los mayores desastres medioambientales de la historia de la humanidad y que provocó que fueran evacuadas casi 100.000 personas por la alarma radiactiva, un equipo compuesto por prestigiosos ingenieros de varias nacionalidades trabaja en la construcción de un nuevo sarcófago que permita renovar el antiguo sepulcro de contención, cada vez más deteriorado, y así seguir garantizando la protección del punto en el que tuvo lugar la fuga.

El reto, desde un punto de vista ingenierístico, es mayúsculo. Casi inasumible. Como el riesgo de contaminación en la zona sigue siendo muy elevado, los operarios tienen que trabajar apartados, en un emplazamiento alejado del reactor en el que la radiación es menor, mientras tratan de dar forma a la estructura móvil más grande de la Tierra. En el estreno de la cuarta temporada de ‘Ingeniería de lo imposible’, la serie-documental de DMAX (el primer capítulo se emite este viernes 10 de mayo a las 18:45), uno puede comprobar cómo avanza este ambicioso proyecto, así como también descubrir que la culminación del mismo depende de otra obra situada en el corazón del continente. Hablamos del Estadio Olímpico de Múnich. Sin el asombroso recinto que se levantó en la ciudad con motivo de los Juegos de 1972 y que también acogió dos años más tarde algunos encuentros del Mundial de fútbol, Chernobyl podría volver a estar en peligro.

Debido a las amenazas que aún conlleva a día de hoy estar en las cercanías de la central nuclear rusa, el tiempo que los constructores tienen para trabajar también está limitado. Por lo que, con el fin de no ralentizar el proceso, se tomó la decisión de que armaran la sección superior del sarcófago directamente en el suelo. El problema es que luego esta tendría que ser elevada, claro. Y su monumental peso (la parte más difícil de cargar ronda las 8.000 toneladas) llevó a que, por razones de seguridad, se descartara el uso de las grúas convencionales.

¿Cómo levantarla, entonces?

Aquí es cuando entra en juego el coliseo bávaro.

Un físico viaja a Múnich en busca de respuestas que puedan ayudar al equipo de Chernobyl. Y da con el estadio. Una proeza arquitectónica con capacidad para albergar 70.000 espectadores que es única en el planeta por la increíble estructura de red de cables que tiene por cubierta. Desde los asientos, el techo da la sensación que flote sobre la grada, pero conseguir que ese efecto parezca natural es resultado de una operación complejísima. Se construyó por sectores, y cada uno pesaba más de 1.000 toneladas. Así que en este caso se también se resolvió actuar sin que estuvieran alzados, y luego, para subirlos, se puso en práctica una versión adaptada y poco probada de un sistema inventado por un ingeniero francés en los años 30, Eugène Freyssinet, basado en el uso de gatos hidráulicos para la construcción de puentes.

“Fue una jugada audaz. El gato con cable no se había utilizado nunca en un proyecto de esas dimensiones”, comenta el físico en el mismo programa. El plan fue un éxito, y una vez aupada milagrosamente con los gatos y colocada a la altura indicada, la cubierta tapaba una superficie de 74.000 metros cuadrados. En aquel momento, no había otra estructura de red más grande que esa.

De un terreno de juego imposible a un nuevo confinamiento seguro sobre el lugar más contaminado del mundo. Esta es la historia de cómo la receta con la que se construyó uno de los lugares más emblemáticos del deporte puede ayudar a asegurar que no existan más fugas en Chernobyl como mínimo durante los próximos 100 años.