“El fútbol. El puto don Fútbol. Todo lo que soy y todo lo que aprendí de la gente, lo bueno y lo malo, me lo enseñó el fútbol. Cuántas veces nos ha salvado.”

Enrique Ballester, en Barraca y tangana.

 

Me cuenta una buena amiga que estos días le han explicado a su hijo, uno de aquellos chavales que, desafiando el triste e individualista avance de la sociedad, todavía corren por las calles del pueblo con un balón, aquello que ningún niño del mundo quiere escuchar, que el Tió y los Reyes no existen como tales. Al cabo de unas horas le preguntaron si tenía alguna duda más, esperando que hubiera llegado por si solo a la conclusión de que el Ratoncito Pérez quizás tampoco era tan mágico como puede parecértelo cuando estás en la edad de creértelo todo.

“Y Messi, ¿existe de verdad?”, disparó Roc.

Esta tierna, ingenua e infantil inocencia debería ser siempre el punto de partida. Para todo, tanto en la vida como en el fútbol, aquella “metáfora a pequeña escala de un planeta de grises” que tanto color le da a nuestro mundo, como acentúa la editorial de la #Panenka80. “En el minuto 90 de la final de la Champions del año 2000, con 3-0 en el marcador, Angloma le hizo una falta a Savio en la frontal del área. Savio se levantó y le preguntó a Hierro si le dejaba tirarla. Que no se pierda esa ingenuidad nunca”, escribe Enrique Ballester en Barraca y tangana, un libro, uno de los mejores que se han publicado durante el 2018, que es un bello homenaje a “aquellos que seguimos acelerando el paso cuando una pelota se escapa de un partidillo en una plaza y viene hacia nosotros, aquellos que sabemos que si no devolvemos con emoción esa pelota estaremos muertos por dentro. Y el fútbol habrá terminado”.

 

“Echo de menos cuando nos conformábamos con poco y éramos felices”

 

El libro es, en definitiva, un modesto canto a la simplicidad, a lo sencillo (“Todos mis deseos vitales se dirigen hacia la intrascendencia. Lo mejor que te puede pasar es que no te pase nada”); a alejarnos de la maquinaria grandilocuente que pretende endulzar cada encuentro convirtiéndolo en el partido del siglo (“Lo normal es perder y ser feo”, enfatiza nuestro Nick Hornby en un desesperado intento de denunciar que no todos los días pueden ser históricos, que es precisamente esto lo que convierte en extraordinarias e irrepetibles algunas experiencias); a disfrutar del curso acelerado de la vida que es el fútbol sin edulcorantes, a entender el balompié como lo que es, como poco más que un juego, azaroso e ilógico, que puede servirnos para comprender a los demás, pero, sobre todo, para conocernos a nosotros. Porque “el fútbol siempre está ahí. Cuando te va bien, cuando te va mal. Siempre está ahí, esperándote”.

Sus páginas irradian nostalgia por los cuatro costados (“Ya hemos jugado más partidos de fútbol de los que nos quedan por jugar”), pero Ballester, como si encarnara el papel de Mark Renton en Trainspotting (“You’re an addict, so be addicted”), rechaza rechazar el balompié. “El fútbol es inagotable porque la ilusión se reinicia cada verano. No volverá el primer ídolo con su atracción cegadora. No volverá esa primera noche después de ganar un título o de lograr un ascenso, lo más parecido al primer beso. No volverán esas cosas que no se olvidan, pero asomarán otras que merecen ser vividas. No volverán unas personas pero no importa, porque el fútbol es un nosotros eterno. Saber que la ilusión de todos la usarán unos pocos en su propio beneficio es un asumible peaje emocional. Lo que uno lleva dentro no te lo pueden robar. Que no vuelva nunca esa pureza infantil no significa que no podamos continuar”, asevera Ballester en una de las columnas que se recogen en Barraca y tangana, un libro que se lee con la sensación de que siempre se te escapa alguna idea del autor. Lo abrí con la intención de doblar las páginas de aquellos capítulos que más me gustaran, pero, cual Stendhal, dimití tan pronto como me di cuenta de que casi no había páginas repletas de lápiz.

“Con un punto de ternura y otro de barbaridad”, como cantan los Manel. Así continuamos viviendo el fútbol.

Acaba un año, empieza otro. Es innegable que el fútbol, irreversiblemente contaminado por un germen que amenaza con convertirlo en una realidad demasiado diferente a aquella de la que nos enamoramos cuando éramos niños, cada día es menos fútbol, pero todavía nos resulta imposible no continuar entregándonos a él de forma irracional, no dejarnos poseer por una fiebre que no tiene cura. Como Santi Cazorla, que un día tuvo que escuchar como un médico le decía que podía estar satisfecho si volvía a caminar por el jardín con su hijo, ahí seguimos. Ya que no podemos huir del fútbol, ya que nos desnuda, que saque, pues, lo mejor de nosotros.

A veces estamos tan concentrados en que el balompié recobre el orden natural postrándose ante Leo Messi, en que el Girona materialice la proeza de clasificarse por la Europa League o en que el Torelló ascienda por fin a Segunda Catalana, por citar algún ejemplo, que quizás olvidamos que la verdadera esencia del fútbol, la del nuestro, no la de ese invento, frío y vacío, esterilizado y aséptico, que algunos pretenden universalizar, reside en la genuina forma de entenderlo de Roc, en la de Louis Kayes, aquel niño de cinco años que llamó al Celtic de Glasgow para disculparse por no ir a un encuentro porque tenía que celebrar el cumpleaños de un amigo; en la de los protagonistas de la que es una de las mejores fotos que nos ha dejado el 2018, la de tres niños de apenas cuatro años que consuelan a un compañero lesionado. Este es nuestro fútbol.