Como sucede en tantos otros municipios, las plazas de mi pueblo están tristemente adornadas con carteles de “Prohibido jugar al fútbol”, un mensaje desgarrador para todos aquellos que creemos que una sociedad sin ventanas rotas a balonazos y sin rodillas lastimadas por los arcenes quizás es una sociedad en la que no vale la pena vivir. Sin embargo, puede que, a pesar de que el temporal no da signos de amainar pronto, aún nos quede algún motivo para ser optimistas; al menos así lo pensé hace unos días, cuando un niño de mi pueblo, inconscientemente enojado por la presencia de aquel indigno letrero, empezó a chutarlo con fuerza e insistencia. Rebelde; lo golpeó hasta que cedió, construyendo una metáfora ciertamente impagable, un acto de desobediencia tan precioso como admirable.

Me levanté, pagué la cuenta y me fui del bar. Mientras regresaba a casa, me avasalló una revelación inequívoca: no podemos permitirnos perder a aquel chaval que derribó simbólicamente la concepción de una sociedad que, fría y gris, recela del libre albedrío, de todo aquello que tiende a apartarse de los estándares, de la normalidad. Concluí, en definitiva, que tenemos que conseguir que aquel muchacho abrace la fe del odio eterno al fútbol moderno, esta maldita epidemia que amenaza con acabar de aniquilar el alma del balompié, la esencia de grandes clubes del continente que, vendiendo su alma al diablo de la mercantilización, se han convertido en poco más que multinacionales, en máquinas de hacer dinero, de vender camisetas y de ganar títulos que han desconectado completamente de su gente, de los aficionados que un día les dieron la trascendencia que ahora deshonran.

 

¿Qué importan las raíces y la historia? Aquí hemos venido a hacer dinero

 

Cual grandes empresas, su principal objetivo parece ser maximizar los beneficios, consolidarse como una marca globalizada e internacional. Por este motivo, porque la imagen del Barcelona ya no se adecuaba a la modernidad, la junta directiva de la entidad azulgrana, que continúa alejándose del célebre més que un club a pasos agigantados, ha propuesto modificar el escudo para que sea “más homogéneo, armónico y luminoso”, para que tenga una visibilidad mejor en las redes sociales. Por el camino, si es que la asamblea de compromisarios de este sábado aprueba el polémico cambio, se perdería también el FCB que preside el emblema azulgrana desde hace más de un siglo. ¿Pero qué importan las raíces y la historia? Aquí hemos venido a ganar dinero. “Los símbolos tienen el valor que les da la gente. Por sí solo, un símbolo no significa nada”, enfatizaban en V de Vendetta. E, indudablemente, aquí parece estar el quid de la cuestión: en no darle ningún valor a lo que no lo tiene económicamente.

De hecho, con el argumento de adaptarse a los nuevos tiempos, son varios los clubes que, modernizando, optimizando y sintetizando su escudo para diferenciarse del resto de equipos (para “priorizar aspectos como la iconicidad, la legibilidad y la pregnancia para asegurar una implementación óptima en todo tipo de soportes, así como un reconocimiento instantáneo e inequívoco por parte de la audiencia”, como ironizaba Kike Marín en artículo en El Confidencial en el que lamentaba la deriva que vive el fútbol actual), han atentado contra su propia identidad en los últimos años. Como el Leeds United o el Everton, que rectificaron después de escuchar las duras críticas de sus hinchadas; como el Atlético de Madrid, el Paris Saint-Germain o la Juventus, que el año pasado revolucionó su imagen al sustituir la enseña tradicional por un logotipo minimalista que se enmarca en el objetivo del club transalpino de “crecer en términos de presencia, influencia y negocio a través de iniciativas radicalmente innovadoras”, según afirmaron los dirigentes de una Vecchia Signora que cambió de piel para “proyectarse hacia el futuro con una nueva identidad visual”. Ninguna referencia al pasado, a la historia de una institución que ha dejado de lucir el toro que representa la ciudad de Turín, un emblema del que continúa presumiendo el Torino. Algunos, abducidos por el discurso vacío que pregona un balompié enloquecido que hace tiempo que perdió la cabeza, justificarán la desaparición del animal de la misma forma que argumentarán la más que posible eliminación del acrónimo en el escudo del Barça: diciendo que los dos clubes, como tantos otros, trascienden las fronteras de sus ciudades, que son del mundo. Obviarán que se trata del enésimo paso del fútbol en la triste carrera para despersonalizarse, para perder la identidad y no ser de ningún lugar ni de nadie; obviarán que, como enfatiza el profesor de filosofía moral y política Daniel Gamper, “un equipo no puede identificarse con unos colores que no siempre luce, ni con unos jugadores que no son eternos”, que “el único símbolo que permanece desde siempre es el escudo. Y así debe continuar siendo. 

 

“No es fútbol”

 

“Los acrónimos son poco felices. No se pronuncian igual en todo el mundo. Barça es una marca tremenda, pero FCB ya no valía la pena y otros clubes, como el Bayern, también lo usan”. En unas declaraciones recogidas por Sport, la empresa que ha elaborado la propuesta para el nuevo escudo del Barcelona argumentaba así el diseño. Da la sensación de que, en lugar de aumentar su tamaño, podrían haberle quitado también el balón, porque el modelo actual poco se parece al fútbol con el que nos criamos. Un balompié, el moderno, que se promociona con un “no es fútbol, es La Liga” que deja incontestablemente claras las intenciones de aquellos que dirigen este precioso deporte; el mismo que, entre tantos números y ecuaciones, parece haberse olvidado del que será siempre el más importante, el ’12’.

Habrá quien nos tilde de hiperventilados alérgicos al cambio, de provincianos pueblerinos o de limitados neuronales que no comprenden las virtudes de americanizar nuestro balompié. Y quizás esta espiral de locura acabe por enterrarnos a todos; pero nosotros, incapaces de renunciar a los sentimientos que pretenden enmudecer, continuaremos derribando carteles de “Prohibido jugar al fútbol” con la certeza de que quienes no han entendido nada son ellos.