“Todas las personas mayores han empezado siendo niños. Pero hay pocas que lo recuerden”. El Principito, de Antoine de Saint-Exupéry.

 

Atónito, leía hace unos días que una escuela de Ripollet había decidido desterrar el balompié del recreo para evitar las peleas que provocaba, reemplazándolo por otras actividades como practicar deportes como el baloncesto, el tenis de mesa o el pádel, pintar, bailar o tocar instrumentos; disciplinas tan pacíficas como lo han demostrado Noel Gallagher, que ha llegado a reconocer que “la razón por la que no he asesinado a Liam es porque no me gustaría ver llorar a nuestra madre”, o el artista italiano Michelangelo Merisi Da Caravaggio, un célebre pintor del siglo XVII que fue sentenciado a muerte por haber asesinado a un aristócrata después de mutilarle el pene durante un partido de pallacorda, una especie de tenis primitivo.

Enfadado, pensé en que debe ser fácil escudarse en soluciones de este tipo para regatear los conflictos, para esquivar el esfuerzo que implica el enseñarles a compartir a los más jóvenes. Pensé en que debe ser difícil creerse tonterías de tal calibre, en que es una lástima que se obvie el incalculable potencial que tiene el fútbol para derribar barreras sociales. “¿Pero es que nadie va a pensar en los niños?”, que proclama Helen Lovejoy en Los Simpsons. Por suerte, un chute de esperanza llegó en forma de tuit para templar la sed de venganza: “Yo fui a ese colegio en primaria y ya intentaron hacerlo. Duró tres días, hasta que nos cansamos y empezamos a jugar al fútbol con cualquier pelota. El problema no es el fútbol, el problema es no enseñar a los niños a ganar, a perder, a respetar a los compañeros”.

Al leer la noticia, la enésima en constatar la triste idiotización de una sociedad que, profundamente individualista, se precia de instalar wifi en plazas en las que antes correteaban jóvenes sedientos de empezar a descubrir el mundo a partir de un balón, sonreí al recordar que, en una ocasión, algún héroe anónimo, frustrado por la presencia de un “Prohibido jugar al fútbol”, decidió adornar aquel demoníaco cartel con un revelador “pues nos drogamos”.

 

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Hartos de techno, el sábado salimos de la discoteca a las cinco de la mañana. Nos refugiamos en una gasolinera con la intención de regalarles alguna cosa de comida a unos cuerpos saturados de whiskies con naranja. “Yo no estoy borracho, estoy lleno de alcohol”, que pregona Natos en Miedo y asco. De repente, los cromos de LaLiga que reposaban encima del mostrador, ajenos a las miradas del resto de clientes, se convirtieron en el gran objeto de deseo. “Un bikini… Y un par de paquetes, por favor”, suspiré antes de buscar la complicidad en el rostro de un amigo con un “solo voy a comprar dos para ver si me sale el cromo de Pere Pons…” que debió sonar tan creíble como las promesas de año nuevo, como cuando Mark Renton se propone dejar la heroína en Trainspotting. Descubrí el valor de la camaradería del yonqui en cuanto Marc apareció con dos sobres más, justo cuando comprendí que lo que había empezado siendo una tontería acababa de convertirse en una escena tan bella e inesperada como difícil de comprender.

Poseídos por la nostalgia, genuina e irracionalmente entregados a aquellos pequeños trozos de papel que una vez constituyeron una realidad inseparable de nuestra niñez, no tardamos demasiado en hacernos con el álbum. En comprar todos los cromos que había en la gasolinera. En establecer una cadena de montaje, en olvidar que existía un mundo fuera de aquellas cuatro paredes. Manel y Guillem abrían los paquetes. Carles los organizaba por equipos. Jose, presumiendo de que todavía tiene los cromos de Mateja Kežman y Pedro Munitis en la puerta de su habitación, los despegaba. Y Marc y yo nos encargábamos de engancharlos en el álbum, completando un ritual que ahora no me parece demasiado diferente al que, precisamente, se relata Trainspotting: “Acumular miseria tras miseria, apilarlo sobre una cucharilla y disolverla con una gota de bilis. Después chutarlo por una vena apestosa purulenta y vuelta a empezar”. Mientras tanto, Anna trataba de encontrar algún cómplice para irse de una vez a casa. Mientras tanto, Gerard se dejaba el alma en implorarle que encontrara más cromos a la dependienta, la misma que unos minutos más tarde le dio una escoba para que limpiara el suelo, fiel testigo de la enfermiza pasión que había embarcado nuestras mentes en un precioso viaje de regreso a la infancia, a aquel país al que solo el fútbol acierta a conducirnos.

“Algo dentro de mí me dice que no está bien que emplee mi dinero en rellenar una página con 18 coreanos. Por eso, cuando voy a comprar sobres nunca repito el mismo establecimiento. Me acerco avergonzado a un quiosco y digo con voz de padre: ‘Deme cinco del Mundial… Y por esta semana que se conforme con esos’. Eso, que se conforme el niño imaginario al que se los llevo”, escribía hace unos meses Carlos Torres en unas líneas imprescindibles en las que reconocía que vivía “con el dilema de si es lícito o no hacerme una lista con todos los jugadores que me faltan para bajar el próximo martes al mercado negro”. Nosotros estamos más o menos en las mismas, bromeando sobre hasta qué punto estaría mal visto acudir a un colegio a las cinco de la tarde para intercambiar cromos.

Lo cierto es que ni siquiera sé si acabaremos la colección. Quizás quedará enterrada en la estantería de nuestro bar de cabecera en la que el domingo por la tarde, después de redoblar la apuesta al comprar una treintena de sobres más, expusimos el álbum. “Empiezo a hacer dos o tres cosas, pero no acabo ninguna. Ni siquiera llego a la mitad. Lo bonito es empezar”, escribía Juan Tallón. Ojo, que nuestra colección, obviando el árido desierto que todavía son las cuatro páginas dedicadas a los Últimos fichajes y el imperdonable error de haber confundido las secciones del Eibar y el Huesca (“Puto alcohol, puto alcohol…”, que cantaba Skalariak), avanza imparable, erigiéndose en un pequeño motivo de orgullo para siete personas que el domingo por la mañana se despertaron con una áspera resaca, pero con la certeza de que es imprescindible hacer lo posible para mantener vivo a aquel chaval que pelea contra el mundo “encorsetado, perfecto, predecible, blando, lechoso y callado” que Antonio Agredano criticaba hace unos días en un maravilloso artículo. “Mundanos, efímeros, a veces ridículos. Incoherentes, imprecisos, burlones, caóticos, etílicos”, así intentamos honrar al mocoso que todos llevamos dentro, al niño que Antoine de Saint-Exupéry dibujó en El Principito.