Fotografías de Pau Bellido


 

Enrique Ballester estaba a punto de marcharse de Erasmus cuando el que todavía hoy es su jefe (Pepe Beltrán) se puso en contacto con él y le ofreció un puesto en la redacción del periódico. En una maniobra muy Ballester, esperó a volver. De eso hace ya 12 años. Durante este tiempo, ha seguido una dieta estricta, que consiste en escribir mucho, madrugar poco y vivir lo suficiente, aunque sin pasarse. Después de presentar Infrafútbol (Libros del K.O.) en 2014, ahora publica con la misma editorial Barraca y tangana, una recopilación de algunas de sus mejores columnas en el Levante. Afirmar que los textos de Enrique solo hablan de fútbol es un disparate. Como querer ver la luz y cerrar los ojos. 

Dice el narrador de Ordesa, la última novela de Manuel Vilas, que cuando conoce a una persona siempre le pregunta por sus padres, es decir, por la voluntad que la trajo al mundo. Háblanos de los tuyos. 

Bueno, mis padres son… En la columna que destacan en la contraportada del libro digo que me gustan los equipos trabajadores, constantes, honestos, valientes y jóvenes, porque son todo lo que yo no soy. Con mis padres también es así. Ellos nacieron en Ródenas, un pueblo muy pequeñito de Teruel, en la Sierra de Albarracín, y los dos se marcharon fuera a estudiar, ella a Valencia y él a Zaragoza. Gente valiente, trabajadora, constante. Más tarde se instalaron en Castellón un poco de casualidad, y aquí nací yo. Les tengo un poco de rabia porque me dieron una infancia muy plácida, sin traumas ni problemas. Fui un niño excepcionalmente feliz, e incluso yo diría que a veces malcriado. Es también un síntoma generacional. De unos padres criados en dictadura, con privaciones y una cultura de tener que ganárselo todo, a nosotros, que nos han educado en democracia, de una manera un poquito más laxa. De ese cóctel he salido yo. No sé si bien o mal, pero es lo que hay. 

De esos inicios también bebe tu escritura. 

Mis padres fueron una influencia porque en mi casa había siempre muchos libros, y mucha prensa diaria. Yo entonces lo veía muy normal, pero muy normal no era: todos los días compraban tres periódicos. Todos los días. Además, mi primo tenía un kiosco-papelería y allí me pasé muchísimas tardes leyéndolo absolutamente todo. Empezaba por los diarios deportivos, pasaba por los generales, los tebeos, las crónicas de sucesos… Es algo que me parece fundamental en mi formación como periodista, o escritor, o como quieras llamarlo. Aún me sigue fascinando algo tan simple como coger un periódico de papel, abrirlo, y ver allí mi firma y mi foto. Sigue siendo una emoción muy fuerte.

No es que mis padres tuvieran una relación profesional con el periodismo, ni que sean excesivamente futboleros, pero eso también me permitió hacer mi propio camino. La vida del periodista siento que para mí ha sido un descubrimiento. 

¿Entonces no te aficionaste al fútbol por ellos?

Mi padre, como te he dicho, no es muy futbolero, pero sí que ha tenido sus filias: los equipos británicos, el rugby, el golf…. Esas cosas. También le han gustado siempre los equipos del norte, como el Athletic o la Real Sociedad. Lo que pasa es que no es un hincha acérrimo de ningún club ni nada por el estilo. Algunas veces, de adolescente, había ido a ver al Zaragoza, y después, ya en Castellón, me llevó a mí a Castalia. De niño jugué mucho al fútbol con él. Tengo recuerdos muy bonitos de cuando bajábamos al descampado. Además, por circunstancias, tuve que cambiar dos o tres veces de colegio, y el fútbol me sirvió de mucho. El primer día, en el patio, tenías que demostrar que el ‘nuevo’ sabía jugar, y a partir de ahí te hacías un estatus. 

Hoy eres padre. 

Sí, estoy viendo ahora esas cosas colaterales que tiene el fútbol, maravillosas. Primero vino mi hija, y cometí el error de que al nacer ya tuviera su camiseta y sus balones. La verdad es que pasa del fútbol olímpicamente. La he intentado llevar alguna vez conmigo a los partidos, y no solo es que lo desprecia, es que luego también ocurre que yo, por mi trabajo en el periódico, no estoy nunca en casa los fines de semana, y ella, que va a cumplir los siete años, ya ve al fútbol como ese elemento que la aparta de mí. Con el pequeño, en cambio, ha sucedido todo lo contrario. Con él no quise cometer el mismo error, no hice nada, no le compré nada, y ha salido súper futbolero. De hecho, no se lo tengo en cuenta, pero dijo gol antes que papá… Casi a la vez que aprendió a andar ya le dio por chutar, y chuta muy bien. Todo el mundo le dice lo bien que le pega. Es zurdo, la pisa, y le encanta el fútbol, porque es la manera que ha encontrado para comunicarse y para relacionarse. Le ha dado mucha autoestima, y eso ha alimentado su afición. Pasa como con las cosas que luego se convierten en pasiones en tu vida: cuanto mejor se te dan, más las practicas, y cuanto más las prácticas, mejor se te dan. Está en esa rueda. Y me mola. Porque para mi hijo el fútbol es lo que tendría que ser para todos: algo que te hace feliz.

 

“Yo en el periodismo empecé por el final, escribiendo columnas. Desde muy joven. Si hay algún género que domino es este. Igual he escrito más de quinientas”

 

Cambiando de tema. Tu equipo, el Castellón. La última vez que estuvo en Primera tú no tenías ni diez años. 

Sí, baja un poco antes de que yo cumpla los ocho. 

¿Cómo has seguido todo este tiempo la Liga sin que estuviera presente? ¿Desde qué posición? 

Yo el fútbol lo veo casi como si fuera un reality. Como si estuviera viendo MasterChef. Me lo imagino guionizado, con sus personajes y sus tramas. A nivel profesional, me ha tocado cubrir en muchas ocasiones al Villarrreal, y entonces tengo que estar bastante al día del mundillo. Pero sí que noté, al bajar el Castellón de Segunda a Segunda B, y luego a Tercera, que cuando empezábamos las ligas de Comunio, Biwenger y demás, como había dejado de hacer álbumes de cromos, no conocía a un montón de futbolistas. Que también dices: ‘hostia, esto es una señal de que me estoy haciendo mayor’. Antes te sabías el tercer portero de todos los equipos y ahora eso te cuesta mucho más. Lo ves con distancia y sobre todo desdramatizando mucho, porque a veces en el periodismo deportivo, y en el fútbol en general, se tiende a crear dramas donde no los hay. Cuando tu club está en Tercera, a punto de desaparecer, y tú te acuestas sin saber si al día siguiente los jugadores y los empleados cobrarán, escuchas en todos lados que Messi lleva dos partidos sin marcar y piensas…

¿Pero te metes mucho en la competición? Más allá del trabajo, ¿ves muchos partidos?

A ver. Aquí partimos de la base de que a mí el fútbol me gusta mucho. Me ha encantado toda mi vida. Sí que pasa que cuando te dedicas a él, por saturación, tiendes a ver menos del que veías antes, o solo el que te toca. Aunque también te tengo que decir que este año me ha dado por ver un montón, más que nunca en los últimos tiempos. Lo achaco a la crisis de los 35. Y creo que es algo bastante digno, porque a mis amigos les ha dado por hacer carreras de montaña, por la cocina de autor, por el bricolaje… Para mí volver a ver tanto fútbol como cuando era un chaval es algo bueno.

Esto es tuyo: “Mis amigos me insultan llamándome periodista. Me parece bien”. 

Todo viene de que me he dado cuenta de que la imagen que tiene la gente del periodismo deportivo es muy diferente de lo que yo he conocido. Sí que es verdad que el periodismo que hace más ruido, el que está más presente en los medios, es un periodismo que a mí no me interesa demasiado. Pero también entiendo que, como es el que más se ve, cuando voy al pueblo la gente me pregunte que cuándo iré a El Chiringuito. Evidentemente, mis referentes están en otra parte, pero hay que respetarlo. Como gremio tenemos que aguantar un poco esa carga peyorativa. Encima está el tema de los que nos dedicamos al periodismo deportivo, que dentro del periodismo a veces se ve como una cosa menor, cuando tendría que ser al contrario, porque es una rama del oficio que te exige mucho nervio, mucha inmediatez, mucha velocidad, un argot determinado, y de la que siempre han salido grandes firmas.    

En su día soñabas con dedicarte a esto. ¿Cómo y cuándo cae el mito de la profesión?

Es que no es lo mismo tener 15 años, cuando yo era fanático de El Larguero, por ejemplo, que tener 35, cuando me doy cuenta de que, queriendo o sin querer, me influían a odiar a determinadas personas solo por el hecho de que los periodistas que me gustaban estuvieran enfrentados a ellas. Hay una columna en la que explico que yo crecí odiando a Clemente y que ahora me sabe mal. Pues eso. Además, iba como en packs, ¿no? Si escuchabas a De La Morena tenías que odiar a Clemente, a García y a la Once, y adorar al Chava, a Banesto, a Segurola y a Valdano. Que ahora, visto con distancia, te dices: ‘¿pero cómo éramos tan fáciles de manipular?’. Pero es la pura realidad. 

Más que los mitos que se me caen, me gusta hablar de los que se mantienen. Enric González siempre fue mi ídolo. Y lo sigue siendo. Es el mejor. Historias del Calcio para mí fue una revelación. Gracias a ese libro entendí como a través del fútbol se podían explicar otras cosas. Aún hoy leo a mucha gente que me sigue gustando. Los gallegos. De Camba a Jabois, o Tallón, todos estos. De hecho, puede que no quede muy guay decirlo, porque parece que al ser de la generación posterior tengamos que machacarlos, pero en mi opinión todos los que escribimos de fútbol en España somos deudores de los propios Segurola o Valdano. Luego, por una cuestión de edad, a lo mejor me siento más cercano a otra gente, como Axel Torres, con el que conecto en muchas cosas. En mi propio periódico también hay grandes firmas. Vicent Chillet, por ejemplo. O la colección de ‘Hooligans Ilustrados’, donde he vivido algo bonito que me pasó también en Diarios de Fútbol, al descubrir que había gente que no conocía en otros puntos del país que veían el fútbol como yo. Ander Izaguirre, que es buenísimo. Luis María Valero, que es una lástima que ya casi no escriba porque también es de los mejores. O tíos como Galder Reguera, Miguel Gutiérrez, Antonio Agredano, Sergio Cortina… Toda esa gente. Como suelo decir, las luces de neón siempre señalan a los que hacen ruido, pero hay un montón de autores interesantes en España que escriben de fútbol. Y me da rabia porque seguro que me estoy olvidando de algunos… Esa frase que no sé quien dijo de la edad de oro del periodismo deportivo español, que a veces la usamos para reírnos, en el fondo es cierta. Tanto en medios mayoritarios como en otros más pequeños hay gente haciendo cosas muy guays. 

Mencionas la web de Diarios de Fútbol, donde muchos empezasteis a abriros camino. ¿Cómo fue todo aquello?

Diarios de Fútbol la crearon originalmente Miguel, Galder, Borja Barba, Ramón Flores… Y creo que ya. Fue en la época de la explosión de los blogs. Era un portal de referencia absoluto. De hecho, es el único sitio en el que he pedido escribir. Creo que fue en 2008 o en 2009. Yo trabajaba en el periódico, todavía estaba con contratos de estos de fin de semana, y me ofrecí para publicar. Ya estaba Cortina, y luego entramos con Agredano. También Pol Gustems. Fue muy interesante porque yo escribía en un periódico local y hasta ese momento los lectores que tenía eran de mi ciudad. Era todo muy cercano. Pero DDF me permitió exponerme a gente que no tenía nada que ver conmigo, y eso para mí supuso un aprendizaje brutal. Me ayudó a sentirme capaz de escribir de otras cosas, no solo de lo que vivía en mi entorno, y como experiencia fue muy chula, también porque después, a partir de ahí, me empezaron a leer más personas y se me abrieron otras puertas. Por cuestiones laborales, ahora algunos estamos más desvinculados del blog. Pero sigue funcionando, un poco como cantera. Para nosotros es un orgullo.

¿Con qué intención comienza a escribir Enrique Ballester?

Mi caso es un poco particular, me parece, porque yo era el típico niño que en el colegio ya iba diciendo que de mayor quería ser periodista deportivo. Después, a los 16 años, tuve una experiencia radiofónica un poco frustrante, y ya dije que eso no, que quería otra vida. Lo que ocurrió es que, mientras estudiaba, seguía teniendo esa pulsión de contar lo que veía en el campo. Escribía en una página de aficionados de mi equipo. 

Hasta que diste el salto. 

Yo en el periodismo empecé por el final, escribiendo columnas. Desde muy joven. Si hay algún género que haya dominado desde el principio, ha sido este. A base de escribir, claro. Igual he escrito más de quinientas columnas. Pero una cosa es escribir y otra encontrar tu mirada, superar la fase de mímesis. Eso cuesta. Tuve que pasar por muchas temporadas, algunas de ellas traumáticas, porque además en mi caso le tenías que añadir que yo escribía de mi propio equipo, cuando tocaban años muy difíciles, y siendo muy joven te encuentras con que otros quieren manipularte cuando tú aún no sabes nada de la vida. Llegué incluso a un punto de querer dejarlo, pero tuve suerte que algún amigo me aconsejó que tenía que buscar otras perspectivas para seguir disfrutando tanto de mi trabajo como de mis colores. Aprendes a tomártelo de otra manera. El humor ha sido un poco el refugio que he encontrado.

¿Cuándo llega uno a ser consciente que tiene una voz propia?

Es algo que pensé mucho en su momento. Yo me decía: ‘quiero convertirme en un abuelo que ha estado 40 años escribiendo de fútbol, pero para que esto sea compatible con mi vida y mi salud mental tengo que encontrar una fórmula’. Una fórmula que me ayudase a no vivir cada semana como un drama, como un examen. Y eso hice. Ahora soy un columnista que admite la derrota, que aunque parezca raro no quiere tener razón, que no quiere convencer a nadie de nada porque piensa que su verdad puede ser una verdad equivocada. Ahí también aparece la cuestión generacional. No podemos tener grandes certezas porque todas con las que crecimos se han ido cayendo una a una, se han ido desmoronando de alguna manera. La duda es la respuesta más sana y de hecho desconfío por norma de aquellos que nunca dudan, que siempre lo tienen claro. He llegado tarde a lo de ser un columnista con traje y corbata, un columnista señor, de estos que sientan cátedra. Aunque por otra parte también ya me siento viejo para hacerme youtuber o algo de eso… Soy de los que están en ese limbo. De los que nos conformamos con lo cotidiano, sin querer grandes hazañas ni grandes gestas.

 

“Mi vida tenía que ser la del tío que escribe del Castellón en un periódico de Castellón. Y soy muy feliz así”

 

Tengo la impresión, leyendo tus columnas, que te salen del tirón. Pero imagino que a tus lectores nos tienes engañados. 

Lillo tiene esa frase famosa que dice que no es lo mismo ser entrenador que estar de entrenador, o algo así, y con las columnas eso también pasa. No es lo mismo escribir columnas que ser columnista. Ser columnista es un hecho desgraciado. Te conviertes en un esclavo de los textos. Ya no es tanto lo que tardas en escribirlos… Yo suelo ponerme al mediodía, antes de ir al fútbol, pero a ese punto ya llego normalmente con cuatro o cinco ideas que desarrollar. Igual en las doscientas primeras que escribí cometí el error, muy propio de la juventud, de querer demostrar constantemente que sabía escribir muy bien, usando palabras muy bonitas y muy intensitas. Pero he evolucionado y ahora lo que intento es limpiarlas al máximo de barroquismos, de ornamentos superfluos, para que entren lo más ligero posible. 

Esa tarea normalmente es la más costosa.

Sí, es la más difícil. Esa selección de limpiar es una ejercicio de humildad, también, de saber aceptar que no todo lo que se te ocurre es bueno o válido. La columna tiene que ser lo más desnuda posible. Al menos así son las que más me gustan a mí. La gente tiene que entender lo que estás diciendo. Y otra cosa muy importante: cuando vas a criticar a alguien, o a alabarlo, hazlo con nombre y apellidos. Nada de sobrentendidos. 

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Los chistes. ¿Te salen así de pulidos a la primera?

Algunos muy pulidos la verdad es que no están [risas]. 

Hay cabrones a los que eso les sale natural. 

A mí casi todos me surgen en conversaciones futboleras con amigos. O por la noche. No es que diga: ‘tengo que hacer un chiste con lo del reglamento en la mano’, y estoy ahí media hora pensando a ver cómo lo construyo… No, no, eso no [risas]. En realidad, lo bueno de las columnas es que todas las cosas que no debería haber hecho en la vida y que aún así hice, como no sacrificar una noche de fiesta por un examen, o ir a un concierto, o quedarme despierto hasta las tantas para ver las finales de la NBA, todo eso, que probablemente fue un error y que no recomiendo a nadie que lo haga, es material para las columnas. Puedes reciclarlo. Es una venganza contra lo que me decían mis padres, los pobres [risas]. 

Otra cita tuya: “De chaval me preguntaba qué pasaría al convertir mi afición en mi trabajo, porque si sale mal te quedas sin afición y sin trabajo”. ¿Ya tienes una respuesta?

Llevo 12 o 13 años viviendo de esto, y me siento como quien ha sobrevivido a un tiroteo. He visto a gente muy buena durante estos años que ha perdido su trabajo y que ha tenido que buscarse otra cosa. Y además el periodismo deportivo es un oficio en concreto que desgasta mucho, porque estás mucho fuera de casa. Yo he tenido la suerte de contar con el apoyo de mi pareja, y después también he acabado entendiendo que la vida no puede ser solo periodismo. Quizá he podido tomar alguna decisión que me haya perjudicado profesionalmente, pero a cambio he ganado otras cosas. Ella, mi pareja, también es de aquí, quiere vivir aquí, y yo eso lo supe desde el primer momento, así que lo he asumido sin ningún problema. Mi vida tenía que ser la del tío que escribe del Castellón en un periódico de Castellón. Y soy muy feliz así. En algún momento tuve el miedo de perder la afición y el trabajo, como dices, pero mira, pienso que he salido ganando. No sé. No tengo que madrugar, por ejemplo, que eso es algo importante para mí a la hora de elegir un trabajo. 

Al igual que hacemos con el fútbol, el periodismo es una profesión a la que nos pasamos la vida sacándole defectos. Pero también es muy bonita. Mira, a mí me ha tocado vivir la Tercera División, que tiene muchas cosas malas, pero también buenas, como la accesibilidad al personaje. Ahora, cuando subió el Castellón, pude hacer un reportaje con las madres de los jugadores, y es algo que te reconforta más que a lo mejor dar una noticia que tú te piensas que es la exclusiva del siglo, y que en realidad no le interesa ni al concejal implicado de turno.

¿Alguna vez has sentido la inquietud de ir más allá de tus columnas o del Castellón? ¿Escribes ficción?

Después de Infrafútbol sí que hubo alguna propuesta, de hecho hubo varias, pero no tenía ninguna prisa. Primero porque pensaba que no tenía nada más que contar. Y después porque no me interesaba eso de tener que hacer un libro en dos meses y pa’lante. Lo respeto, pero no es mi manera de hacer las cosas. En mi opinión, es bueno no tener prisa en el periodismo. Si Infrafútbol, en lugar de con 30 años, lo hubiese escrito con 25, hubiese salido un libro bastante peor. Y si en lugar de recopilar estas últimas 80 columnas, hubiese publicado el primer centenar, lo mismo. Todo llega. No hay que precipitarse. Hace un tiempo me puse con una especie de dietario para Libros del K.O., algo tipo los Diarios de Iñaki Uriarte, que nos gustaban mucho, pero surgió esta propuesta por parte del periódico de la columna de los lunes, más centrada en el fútbol, y a partir de entonces casi todas las ideas que tenía para el dietario se iban a las columnas. Ahí vimos en seguida que teníamos que centrarnos en esto. 

Algo escribiré, porque no sé hacer otra cosa, pero de momento me absorbe mucho el trabajo, y entre reportajes que me piden y encargos externos… No me veo escribiendo una novela nunca pero sí cositas de fútbol, y de no fútbol, también.