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¡Oh, capitán! ¡Mi capitán!

Todos los equipos, del más grande al más pequeño, del que mejor juega al que peor lo hace, tienen algo en común: la figura del capitán

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Es algo tan reiterativo y habitual que casi irrita: cuando suena el pitido final y los futbolistas de uno y otro equipo nos arremolinamos en el centro del campo para saludarnos, los rivales, con la sonrisa de satisfacción del que se ha llevado los tres puntos, entonan la misma cancioncilla: “ánimos, jugáis muy bien”. Muchas gracias, pero hemos vuelto a perder. Haciendo una comparación con una de las modas más absurdas surgidas en la era de las redes sociales, podríamos decir que ahora mismo el CF Gelida Veterans nos hemos convertido en un nutscaping: la instantánea de un paisaje bellísimo enturbiada por esos repugnantes pelillos escróticos que asoman en la parte superior de la fotografía.

El sábado se cumplían 40 años del Bohemian Rhapsody de Queen. Tras habernos conjurado durante toda la semana, debería haber sido una noche en la ópera pero, tal vez porque era Halloween, acabó siendo una velada en el túnel del terror.

El guión de lo acontecido, por repetirse una jornada tras otra, ya os lo sabéis de memoria: salimos, dominamos los 20 primeros minutos, nos marcaron el primero, nos hundimos, nos marcaron el segundo, descanso, metemos el 1-2, empatamos, encajamos el tercero, perdemos. Como dirá aquel lamentable personaje de alma en pena que participó en la primera edición de Gran Hermano: “¡Quién nos ha puesto la pierna encima para que no podamos levantarnos! ¡Joder!”.

Pasadas 72 horas, aunque mi estómago sigue siendo un rabioso caldero cáustico, no me jode tanto haber sumado una nueva derrota (que me jode, y mucho) sino cómo se produjo. Empatamos, sacan de centro, la robamos, atacamos, nos la quitan, tiran un balonazo, la pelota queda franca para que Juanma, nuestro central y capitán, la reviente hacia arriba, le bota mal, se le cuela entre las piernas, el delantero rival se encuentra inesperadamente solo ante el portero y marca. Injusto para el equipo, mucho más para Juanma.

Cuando empecé a juntarme con mis compañeros del CF Gelida Veterans creía que el de capitán era un reconocimiento honorífico al más anciano de la plantilla. Una especie de regalo al abuelo del equipo que, a sus cincuenta y tantos años, cada sábado seguía jugando unos minutillos para rememorar lo mucho que había sido en el pasado y lo poco que quedaba de todo eso en el presente. No conocía aún al Juanma.

Juanma, más allá de ser un físico prodigioso que la ciencia debería estudiar (a sus 51 años, si los partidos duraran 180 minutos él sería el único de la plantilla capaz de mantener el ritmo), es la perfecta ejemplificación de lo que ha de ser un capitán.

En el campo es todo caballerosidad y entrega: no le he visto jamás increpar a árbitros ni dar una traicionera coz a destiempo a rivales, ni recriminar un mal pase o criticar una pérdida de balón a un compañero. Del mismo modo, jamás da una pelota por perdida y, en la mayoría de las ocasiones, ya sea en corto o a la carrera, acaba ganando la partida a delanteros 20 años más jóvenes que él. Y si la situación lo requiere, insufla su pecho de coraje y pasión y se lanza a las trincheras del área rival para ver si caza alguna que nos permita empatar o ganar.

Fuera del campo es la sapiencia del que, por su profesión, ha vivido mucho más que todos nosotros. Instruido, curioso y tolerante, te escucha y luego te expone su opinión. No es una figura paternalista, es el hermano mayor con el que te quedarías charlando, de esto y de aquello, de cosas relevantes y de tonterías intrascendentes, hasta las 12 de la noche tomando unas cervezas un jueves después del entrenamiento (vaya, lo que hacemos cada semana). Imposible no sentir respeto hacia el Juanma.

El sábado, acabado el partido, reconcomido por aquella injusta patada al aire, nos pidió perdón antes de advertirnos que aquella misma noche se iba a emborrachar. No sé si acabó pegado a una botella para olvidar, pero, más allá de expresar lo que todos sentimos: que no debe disculparse por nada, avanzarle que cuando acabe la temporada nos alzaremos sobre las banquetas del vestuario y, emulando a los protagonistas de aquella maravillosa película titulada El club de los poetas muertos, entonaremos los versos escritos por el poeta norteamericano Walt Whitman: “¡Oh, capitán! ¡mi capitán! nuestro terrible viaje ha terminado, el barco ha sobrevivido a todos los escollos, hemos ganado el premio que anhelábamos”.