Hoy los niños de Girona sueñan con ser futbolistas del Girona. Quizás no sueñan con ser Jose Martínez (Taialà, Girona; 1983), pero él y quienes jugaron con él en Montilivi cuando los focos no brillaban tanto les abrieron la puerta a los que hoy sueñan con regresar a la élite, y conviene recordarlo y recordarlos; así como para soñar en grande conviene recordar que hubo un tiempo en el que se fue muy pequeño, y en el que Raül Agné pagaba las pelotas de su bolsillo.

“Entiendo a la gente que exige subir, pero no tenemos que olvidar de dónde venimos. Dar el salto al fútbol profesional le cambió la vida al Girona. Le salvó la vida. Era la única solución para sobrevivir. Cuando subimos a Segunda llevábamos seis meses sin cobrar. La situación del club era inviable. Sanearlo a nivel económico fue lo más importante que hicimos en nuestra época, junto a conseguir que la gente cambiara el chip”, afirma Jose, un infatigable lateral derecho que recaló en Montilivi en 2005 y que contribuyó de forma decisiva a devolver el club a Segunda casi cinco décadas después, con dos ascensos seguidos: a Segunda B (06-07) y a la categoría de plata (07-08).

Y, orgulloso de haber defendido la camiseta rojiblanca en más de 250 ocasiones (157 en Segunda), añade que “en 2008 celebramos el ascenso en la plaza del ayuntamiento, y fuimos en coches particulares, sacando las banderas por las ventanillas. Casi no había nadie. En 2012 notamos el cambio en la ciudad. Perdimos la final del play-off en Almería, pero fuimos en bus a la plaza y estaba todo lleno de gente, de banderas, de camisetas. La gente comenzó a ser del Girona. Se enamoró del club de su ciudad. Despertó. Empezó a ser primero del Girona y después del Barça. Y esa tendencia se fue acentuando hasta llegar al punto culminante con el ascenso a Primera, empezando desde los más jóvenes. Todos los niños escogen ser jugadores del Girona cuando les dicen que elijan. Es brutal. Era impensable esto antes. Antes los niños no se sabían sus nombres, y ahora quieren ser como ellos”.

La realidad del club ha cambiado mucho, diametralmente, desde entonces, pero el sentimiento del futbolista gerundense por su club sigue siendo el mismo. “Es una casa para mí. Lo vivido allí es espectacular, con muchos sentimientos y emociones. Buenas y malas. Montilivi me ha visto crecer, y la gente aún me para por la calle. Aún se acuerdan de mi, y es un orgullo”, prosigue Martínez, feliz de haber cumplido metas superiores a las que soñaba y perseguía cuando era un niño: “Me crie en el Gironès-Sábat y mi primer objetivo era llegar a jugar en el primer equipo, al que cada domingo por la mañana íbamos a ver con mi padre. Eran mis ídolos y jugaban en Primera o Segunda Regional, y eso también explica bien dónde estaba el Girona y cuál era su realidad en aquellos tiempos”.

 

“Lo bueno es tener nervios porque te hacen estar atento, alerta, vivo, los necesitas para jugar bien. Son una droga, y el día que saltes al campo y no los notes debes retirarte”

 

El ‘2’ puso fin a su etapa en Girona en el año 2013 y fichó por el Omonia Nicosia (“Es muy difícil jugar a puerta cerrada, aunque los jugadores de algunos clubes deben agradecerlo. El año que estuve en Chipre jugué dos partidos a puerta cerrada y lo agradecí mucho, porque la presión que te hacía sentir tu propia afición jugando en casa era insoportable, brutal. Eran tan exigentes que ya no ayudaba, restaba”), para después pasar por el Murcia, dejar huella en Olot y vivir un discreto paso por el Palamós, el decano del fútbol catalán, y desde hace unas semanas luce la camiseta del humilde Vilablareix en Tercera Catalana, en el penúltimo escalón del balompié territorial.

Sentado en el despacho desde el que ejerce, a la vez, como director deportivo del club, Jose reconoce que no tiene miedo de la retirada porque ha tenido la suerte de llenar el vacío que se creará cuando cuelgue las botas antes de que este se creara, antes de verse en el sofá “tras media vida dedicada al fútbol sin saber hacia donde tirar”.

Y, feliz, convencido, concluye: “Muchos me preguntan qué hago jugando en Tercera Catalana. Pues convivir con un equipo, entrenar, competir, jugar, pasarlo bien. Disfrutar. Liberarme mentalmente. Todo esto acabará, quizás pronto, pero no sé cuándo será, y ahora mismo quiero seguir disfrutando de lo que me gusta. Es lo que me apetece. La chispa sigue viva. Me hace ilusión continuar jugando. He estado de los 20 a los 37 años disfrutando de una profesión, pero siendo profesional no disfrutas de lo que es el fútbol en sí, del juego, y ahora estoy volviendo a los inicios, a los años del Gironès-Sàbat, al jugar para disfrutar, sin presión, sin estar siempre a expensas de un resultado y de un objetivo que o lo cumples o estás fuera. Disfrutas muchísimo siendo profesional, porque levantarte e ir a entrenar, a hacer lo que te apasiona es un premio, pero el desgaste emocional es terrible, se hace duro. La gente piensa que no sufrimos, pero sufrimos muchísimo. Cuesta mucho todo, sobre todo a nivel mental, y la inercia y la presión de la competición casi no te dejan ni disfrutar del fútbol en sí. Ahora juego por placer, porque me apetece, no por dinero, y me siento más tenso entrenando a los juveniles que jugando yo. Siento que he vuelto a la niñez. A mirar la clasificación con la ilusión de verte ahí, más que con la presión de verte tres puntos arriba o tres puntos abajo, de verte en descenso o fuera de él. Claro que hay un objetivo: salvar la categoría y subir a Segunda Catalana algún día. Pero todo se asemeja más a lo otro. Me acuerdo que de cadetes los jueves íbamos a la biblioteca del instituto a mirar la clasificación en el diario, y verte ahí, saber que existías, ya era un premio. Y todo esto está volviendo ahora, ya al final de la carrera. El fútbol te hace verte como cuando eras un niño, y lo que te da no te lo da nada más. He jugado muchísimos partidos y he vivido muchísimas experiencias, pero hoy los nervios son los mismos que cuando nos estábamos jugando el play-off con el Girona o que en el penalti de Kiko Ratón ante el Murcia. Es que lo bueno es tenerlos, porque te hacen estar atento, alerta, vivo, los necesitas para jugar bien. Son una droga, y el día que saltes al campo y no los notes debes retirarte”.

 


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Fotografía de Aniol Reclosa (Diari de Girona)