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El primer partido

Las aventuras de Oriol Rodríguez por "estos campos de Dios" como integrante del CF Gelida Veterans. Llega uno de los momentos clave: el primer partido

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CF GELIDA VETERANS 2-3 CF JUVENTUD 25 DE SETIEMBRE

Sábado 5 de septiembre. Primer partido. A las 16.30h, amistoso en casa contra el 25 de Septiembre de Rubí. He dormido mal. Los nervios. Tengo 39 años y estoy sobreexcitado por participar de un partido de fútbol (¡¡¡AMISTOSO!!!) entre dos equipos de veteranos. Estoy fatal, sí, pero contento. Me siento algo más vivo. Tengo 39 años y, durante 90 minutos, voy a poder brincar y corretear con mis amigos. El fútbol, en definitiva, es eso, jugar y divertirse con diez tipos igual de trastocados que tú.

Son las 13h. Le pego un toque por Whatsapp al Torres. “Sirulo, ¿me pasarás a buscar?”. No puede. Tiene que ir a comer a casa de su suegra. Me dice que no trague mucho, que luego no correré. Le contesto que no, que aunque quisiera no puedo, no me entra nada (él se zampará un paella y se cascará un partidazo. ¡Qué cabrón, el liante!).

Me estiro en el sofá. Miro la tele. Leo. Cierro los ojos. Imagino que marco un gol que jamás marcaré. Preparo la bolsa: las botas, la equipación, las medias, los calcetines de debajo de las medias, las espinilleras, la venda elástica para el maltrecho tobillo derecho, la toalla, el gel, las sandalias, el desodorante… ¡ES UN PUTO PARTIDO DE VETERANOS! Me piro. De camino me encuentro con el Harris y el Uri (no yo, lógicamente, sino el que sabe jugar a fútbol). Ellos se quedan en el Plats tomando un café, tranquilos. Yo, nervioso, opto por fumarme el último cigarro frente a la puerta del campo.

Uno de mis rituales favoritos es entrar en el vestuario e ir saludando uno por uno a los compañeros que ya están en él. Con sus cultos y ceremonias, un vestuario se me antoja como el local de una hermandad al que solo tienen acceso (no tanto por sectarismo, que algo de eso hay, sino porque gran parte del tiempo vamos en pelotas) sus iniciados: los jugadores, el entrenador, el delegado y representantes destacados del entorno como, en nuestro caso, el Mili y el Xavi.

El Mili, uno de los mejores futbolistas que haya dado Gelida, mi pueblo, fue durante años el entrenador del equipo. El Xavi, el delegado. Lo dejaron la temporada pasada. Si Gelida tuviera un diario, cada lunes el Mili escribiría una columna al estilo de Cruyff en El Periódico o Beckenbauer en el Bild dejándonos a parir a todos. Como no tenemos gaceta, los días de partido se coloca, siempre escudado por el Xavi, junto al banquillo reprochándonos (con unos gritos que oyen hasta en la vecina Sant Sadurní d’Anoia) nuestros pases mal dados, criticando las decisiones erróneas del árbitro y recriminando a los rivales su entradas a destiempo. El fútbol no sería fútbol sin figuras tan entrañables como las del Mili y el Xavi.

Apretujados, cambiarse en nuestro vestuario es realizar piruéticos ejercicios de equilibrismo intentando evitar el contacto con un suelo que, aunque no haya habido partido antes, más que suelo es una balsa de agua grisácea por donde campan a sus anchas bacterias, gérmenes y bacilos

Nuestro vestuario es un barracón destartalado que no debe hacer más de 10 m2. No hay taquillas, solo tres banquetas rodeando el habitáculo; pero, inconscientemente, más o menos (a no ser que llegues el último y te toque el único agujero libre), todos tenemos nuestro asiento asignado. De hecho, imagen simbólica, tener una plaza semireservada en el vestuario es algo así como la reafirmación de haber encontrado tu lugar en el equipo y tu posición en el campo.

Apretujados, cambiarse en nuestro vestuario es realizar piruéticos ejercicios de equilibrismo intentando evitar el contacto con un suelo que, aunque no haya habido partido antes, más que suelo es una balsa de agua grisácea por donde campan a sus anchas bacterias, gérmenes y bacilos. Mucho peor las duchas. No tanto por los hongos, sino por la temperatura del agua. Misteriosamente, en verano el chorro sale hirviendo. Y en invierno, efectivamente, sale helado. No son pocos los jueves de frío en los que, tras el entrenamiento, nos vamos a remojar a los vestuarios de las colindantes pistas municipales de pádel, donde la temperatura del caño siempre es la adecuada. Un deporte para epidermis sensibles, el pádel.

La temporada pasada el 25 de Septiembre acabó el tercero de la primera división de la liga de veteranos. Nosotros, a mitad de la tabla. Nos ganaron en casa y les vencimos cuando les visitamos. Son un muy buen equipo, con un delantero, el Ibra (un tipo al que llamamos así por sus dos metros culminados en una coleta al estilo del ariete sueco), espectacular. Según dicen, y visto lo visto me lo creo, jugó en Segunda B. Somos pocos y estamos de pretemporada. La sensación es que nos van a meter un carro. No lo hacemos mal pero perdemos 2-3.

El Harris dice que tras el 0-3 se relajaron. Puede ser. Pero, pensándolo ahora, también podríamos habernos hundido y perder 0-5 o 0-6. Contrariamente, tras el tercero nos vinimos arriba. Faltando 12 minutos, el Paco (quién si no) marcó el 0-1. Y faltando seis, el Manu protagonizó la jugada del partido. Pase al espacio al Rafinha que, estando en fuera de juego, se queda quieto, levantando las manos, dando a entender que no quiere participar de la jugada. El Manu, que lo ve, avanza arrítmicamente a grandes zancadas. Supera a una defensa que se queda estática reclamando al árbitro el orsai inexistente. Jueguen, jueguen. Y el Manu juega. Encara la portería, mueve la pelota hacia la izquierda y se lanza sobre el portero rival, que no tenía intención alguna de derribarlo. Se ha tirado, no es penal. Pero el Manu es de potrero, el árbitro pica y lo pita. Nos descojonamos e incluso se descojonan los del 25 de Setiembre. Lo chuta el argentino, a la izquierda, pegadito al poste. Imparable. 2-3. Faltan 4 minutos. Si faltaran 10, empetábamos. Que no os embauque el Harris, no estamos tan mal.

¿Y yo? Por escasez de efectivos, durante la primera parte tuve que jugar de delantero centro, que es algo así como meter a un punk que apenas saber rascar cuatro acordes distorsionados en una guitarra eléctrica desafinada como solista de una orquesta sinfónica. En la segunda, me situé en el lateral derecho, que parece que es la posición en la que acabamos los futbolistas polivalentes o los desubicados ‘sergirobertos’ de este mundo. Sin ser Dani Alves, Phillipp Lahm o Stephan Lichtsteiner, ahí, en la banda, mis prestaciones aumentaron. Y aun así, cuando acabó el partido, el Torres, dibujando su sonrisa más zumbona, me soltó que más que Overmars había parecido Bolo Zenden. El día que me digan que juego como Richard Witschge empezaré a preocuparme de verdad.