“No parece ni futbolista cuando habla. Es un chico muy normal, muy campechano, muy tranquilo, muy auténtico. Muy de pueblo, como decimos aquí”, me dice Kike Barja, y la realidad le da la razón en cuanto el joven centrocampista Jon Moncayola (Garínoain, Navarra, 1998), “más contento que nadie”, descuelga el teléfono. “Acabo de llegar de inglés hace un ratito”, explica el ’27’, que hace justo un año renovó su contrato con Osasuna hasta el año 2024 con una cláusula de rescisión de 12 millones de euros y que en apenas un año en el primer equipo se ha erigido en uno de los futbolistas clave en los esquemas de Jagoba Arrasate, antes de abrirse en canal, de embarcarse en un nostálgico viaje hacia las raíces, hacia los orígenes.

Mientras sigue señalando días en un calendario ya más rojo que blanco, aquel chaval que creció jugando como delantero, y al que tanto le gustaba definir de puntera y que se hizo un adolescente imitando a los Puñal, Raúl García, Nekounam, Cruchaga, Valdo, Webó o Aloisi, “gente de Osasuna que lo daba todo, que peleaba y a los que recordamos con mucho cariño porque siempre van a estar en nuestras cabezas y en nuestros corazones”, sueña hoy con seguir creciendo, de la mano del club de su vida y de la selección española sub-21, con “mantener Osasuna un montón de años en Primera” e incluso, valiente, ambicioso por naturaleza, con ganar algún título con el conjunto de El Sadar. Y lo sueña bajo el mismo techo que tantas noches le vio soñar con lo que hace hoy y bajo el que sigue durmiendo los fines de semana, rodeado de pósteres, banderillas, viejas entradas y retales de una vida vivida en rojillo. 

¿Cómo empezó todo?

Los inicios están en el pueblo, en Garinoain. Nací en Pamplona y estuve viviendo aquí hasta los seis o siete años. Era muy pequeño, pero recuerdo jugar con los vecinos, y que en verano bajábamos siempre a Garínoain porque mis abuelos tenían una casita ahí. La vida de pueblo es mucho más tranquila, y al final nos fuimos a vivir ahí. Empecé a jugar en un equipo que hicimos con los amigos del pueblo y con otros chicos de Barasoain y de la zona de la Valdorba, y recuerdo que los padres nos hicieron unas porterías de fútbol 7 y que nos pintaban un campo más pequeño en el campo de fútbol 11 del pueblo. Fueron buenos años.

En el campo de Garinoain puede entrar cualquiera, pero, cuando éramos niños, la única putada fue que quitaron las redes porque los críos empezaban a escalar por ahí y luego el fin de semana estaban rotas. Las quitaron y solo las ponían cuando jugaba el equipo del pueblo, y dejamos de ir al campo de fútbol porque cada vez que chutabas a puerta se te iba el balón y tenías que ir corriendo detrás, hasta una carreterita que había justo detrás.

Si miro atrás, recuerdo, sobre todo, el frontón que hay a 50 metros de mi casa. Es un frontón enorme, de esos que tienen como 13 números o más, y me pegaba tres o cuatro horas ahí, fuera lunes, martes o el día que fuera. Nos pegábamos ahí toda la vida, aunque hubiera días en los que solo éramos dos. Creo, de hecho, que si de pequeño me decían tanto aquello de ‘qué fuerte le das al balón’ era porque el frontón era enorme y siempre jugábamos de puerta a puerta, de portería a portería. Y si no bajaba nadie más, jugaba yo solo contra la pared. Nos hemos pegado toda la vida jugando ahí. Desde pequeñitos, si algo hemos tenido ahí, en el pueblo, es que nos gustaba mucho, y nos gusta mucho, el fútbol.

Estaba complicado hacer equipos de una misma edad, porque éramos muy pocos. En Garínoain no somos ni 500 personas, pero siempre nos buscábamos la vida para sacar el partido adelante. Sobre todo de pequeños, teníamos esa rivalidad con los del pueblo de al lado, y a veces nos juntábamos para hacer un cinco contra cinco o un seis contra seis, pero siempre de edades diferentes. Al final, cuando quieres jugar, llamas al que sea y haces lo que sea.

¿De Osasuna desde niño?

Mi padre ha sido socio de Osasuna toda la vida, y mi madre, sin ser socia, también ha sido de Osasuna desde siempre, y cuando yo cumplí dos o tres años me hicieron socio a mí también y, desde pequeñito, me compraban casi cada año la camiseta, y las llevaba siempre, aunque me fueran enormes. En aquellos años en los que estuve viviendo en Pamplona iba todos los domingos a El Sadar, y, de hecho recuerdo muy bien el día en el que Osasuna se metió en Champions. Cuando se acabó el partido saltamos todos a celebrarlo al césped, y mi padre cogió un trozo de hierba. Me daba miedo cada vez que veía saltar a alguien porque justo después venían los de seguridad y se lo llevaban, y recuerdo que lloré de miedo por estar en el campo como si fuese ilegal. Me acuerdo mucho de ese día, junto a mi padre.

Después, cuando ya estábamos en el pueblo, recuerdo que mi padre siempre tenía que andar buscando a alguien para ir al campo porque yo no usaba mi pase porque prefería quedarme en el pueblo con mis amigos y jugar yo. Lo veíamos por la tele para aprovechar la tarde para jugar a fútbol nosotros, y me acabó borrando, pero al año siguiente ya me fichó Osasuna y nos dieron el carné de socio para ir, así que he tenido toda la vida acceso a El Sadar, aunque durante una época no fuera mucho porque prefería jugar yo en Garínoain.

¿Sigues viviendo ahí, en el pueblo, en la misma casa?

Sigo viviendo ahí, y sigo durmiendo en el mismo cuarto que cuando era un niño, y todavía lo tengo todo lleno de recuerdos de cuando era pequeño, de banderillas, pósters y viejas entradas y sigo teniendo un montón de cosas en el corcho. Espero que mi madre no lo recoja, que igual un día lo hace y me dice que ya soy mayor. Pero ahora durante el año me he cogido un piso en Pamplona, y estoy aprendiendo un poco a ser adulto y maduro en otros aspectos. A cocinar un poquillo. A hacer las cosas de casa. A hacer cosas por mi cuenta. Al cabo de los años vas entendiendo un poco a tu madre cuando te reñía de pequeño porque tenías la habitación hecha un desmadre. Ahora entre semana vivo aquí, en Pamplona, solo, y luego, el fin de semana, según cuando nos pille el partido, bajo y estoy en casa y con los amigos, y siempre nos juntamos en el bar o donde sea y muchas veces, tomando unas cervezas, recordamos aquellos años y nos reímos, o una madre saca un viejo álbum de fotos y se encuentra una foto de cundo jugábamos juntos y nos contamos anécdotas, historias. Son momentos, años, que tengo muy presentes.

Jon Moncayola, junto a Ricardo López y David López, en 2006.

Hoy juegas en este estadio al que ibas de niño, y este fin de semana, ante el Barça, ya llegaste a los 40 partidos con Osasuna. Ha ido todo muy rápido.

Todavía soy muy joven y sé que todo puede cambiar de un día para otro, que pueden pasar muchas cosas. Poco a poco me voy creyendo todo lo que estoy viviendo, y sigo trabajando y dándolo todo, con paciencia, para que sigan llegando cosas buenas, para seguir disfrutando del día a día, para consolidarme en el primer equipo. Hace unos días hablaba con Bittor Alkiza, el segundo entrenador, que estuvo un montón de años en Primera con la Real y con el Athletic, y me decía que muchas veces para la gente joven es más difícil el segundo año en la élite que el primero. Porque el primero eres un poco la sorpresa y todo el mundo está contento contigo y no se te exige nada aunque hagas malos partidos porque te ven un poco verde, pero el segundo año tienes que hacer valer toda la experiencia adquirida, ser más maduro y cometer menos errores, estar más al tanto de todo. Nunca he tenido la suerte, o la no suerte, de subir a jugar con gente mayor y nunca he tenido prisa para debutar, para llegar al primer equipo, y creo que lo más importante en mi carrera ha sido, está siendo, que cada cosa está llegando a su tiempo, que nunca se han adelantado los acontecimientos. Cuando ha llegado el momento, justo en el momento en el que tenía que llegar, lo he sabido aprovechar, y ahora mismo estoy en un momento muy feliz de mi vida, y creo que todo esto es como un recompensa a todo el trabajo realizado desde niño, a todos los sacrificios que ha hecho toda mi familia, llevándome a todos lados. Es algo de lo que sentirnos todos orgullosos, y ojalá, poco a poco, pueda seguir cumpliendo sueños y sigan llegando cosas bonitas para todos.

¿Cómo se convive con el éxito, en medio de esta situación tan rara, tan atípica?

Lo que estamos viviendo es como si nos hubiera tocado la lotería, pero no nos hubieran dado el premio. Estoy muy contento, y en el tema del fútbol todo está saliendo redondo, pero se echan muchas cosas de menos, y no puedes disfrutar nada. También necesitas viajar, estar con tus amigos, con la familia, hacer planes, y ahora mismo es fútbol, fútbol y fútbol todo el día. Todo el día porque tampoco se puede hacer nada más. Voy a entrenar y vuelvo a casa. Hago un poco de inglés, y también me gusta jugar al tenis, pero estás todo el día pensando en el fútbol, y creo que desconectar un poquito también viene bien de vez en cuando.

La temporada pasada, por ejemplo, ganamos en el Camp Nou, donde ganas un partido de cada 100, y estábamos todos felices de haber hecho realidad una gesta épica, histórica, mítica, un sueño, de haber puesto la guinda a un temporadón, a un año top, tan atípico como inolvidable, y no pudimos ni celebrarlo. Se hace un poco duro, porque todo esto te impide expresar tus sentimientos. En todos los sentidos. No puedes tomarte ni un par de cervezas con tus amigos contándoles lo que es ganar a Messi. Esto te falta un poco. Esto te falta mucho.

Ves los campos sin vida, y se hace raro. Sin la gente, el fútbol no lo vivimos igual. A veces parece que no sea tan serio, por mucho que estemos jugando partidos de Primera División. La gente dice que en los últimos años se está perdiendo el factor cancha, pero nosotros en Pamplona lo notamos muchísimos, y ahora nos faltan esas sensaciones, esa alegría, ese empuje de la gente. Ese todo. Hoy los estadios están un poco desolados, y duele, pero sabemos que esto va a ser algo puntual y esperemos que todo vuelva a la normalidad más pronto que tarde. Ya vendrán los tiempos buenos. Ya volverán las tardes de futbol. Ojalá esta situación acabe lo antes posible y podamos celebrar con la gente, en El Sadar, en el año del centenario del club, que nos quedamos un año más en Primera.

 

“Lo que estamos viviendo, a raíz de la pandemia, es como si nos hubiera tocado la lotería, pero no nos hubieran dado el premio”

 

¿Cómo recuerdas tus primeros partidos en El Sadar?

Buah. Con muchos nervios. Aunque no llegué a debutar, la temporada del regreso a Primera (18-19) fui algunos días convocado y recuerdo estar en el banquillo o calentando cardias perdido. Había pasado de la grada a estar ahí, en el campo, a tener la posibilidad de jugar, y era algo increíble para mí, que estaba acostumbrado a que vinieran a ver mis partidos los padres, los hermanos y algún amigo, a que hubieran como mucho 500 personas el mejor día. Y el año pasado, cuando por fin pude debutar recuerdo que casi prefería jugar fuera que en El Sadar, porque sabes que ahí están tus padres, tu familia, tus amigos, y te hace mucha ilusión, sientes muchas ganas de jugar, pero también los nervios de pensar que les puedes fallar si lo haces mal. Porque en El Sadar se vive una burbuja de fútbol espectacular, un ambientazo, y me ponía mucho más nervioso. Fuera de casa estaba sin presión, me soltaba más. Cuando te vas asentando en el primer equipo ya van desapareciendo los nervios. Y ahora mismo tenemos unas ganas de ver el campo nuevo lleno, que ha quedado espectacular, un campazo, que son inimaginables.

¿Cómo viviste el ascenso a Primera?

Los integrantes de la plantilla del primer equipo estaban viendo juntos el Albacete-Granada, que si no ganaba el Albacete ya se subía a Primera, y yo recuerdo estar viéndolo en el pueblo, en Garínoain, con mis amigos. Cuando el ascenso fue una realidad mis amigos hicieron un par de llamadas para cogerse fiesta el día siguiente, cogimos el coche y estuvimos en la plaza del Castillo con todos los aficionados, y luego, tomando un par de copas para celebrarlo en el bar al que fueron los del primer equipo, y en el que también había muchos aficionados. Fue un día inolvidable.

Los equipos cada vez son más del mundo, y menos de su tierra. Osasuna, que hace poco más de un mes celebró su centenario, no.

Osasuna es especial, único. En muchos sentidos. Para la gente de aquí, de la tierra, es algo tan especial, tan único, como lo son los Sanfermines. Pamplona y Navarra se sienten especiales por las dos cosas, por Osasuna y los Sanfermines. Las sienten muy suyas, todo el mundo quiere un montón a las dos cosas, y eso es muy bonito. Aquí se quiere mucho a la gente de la casa, desde siempre, y ahora somos muchos canteranos y muchos navarros [Oier Sanjurjo, Roberto Torres, David García, Unai García, Kike Barja e Íñigo Pérez] en el primer equipo. Y para todos nosotros fue un orgullo haber representado a Osasuna el día del centenario. Jagoba nos decía: ‘Dentro de 50 o 60 años mirarán quién estuvo el día del centenario, quién jugó y tal, y esto es una de aquellas cosas que van a quedar ahí para siempre’. Y todo esto, estar aquí, te hace una ilusión enorme, y te da ganas de seguir creciendo y de seguir haciendo crecer al club.

Hace justo un año renovaste con Osasuna hasta el 2024. Se te ve feliz en El Sadar.

‘Como en casa en ningún sitio’, siempre digo yo. Y de momento, hasta, por lo menos, 2024, aquí estaremos, en casica, con nuestra gente, con Osasuna. Tengo la suerte, que no muchos tienen, de jugar en el equipo del que soy, y eso me hace sentir especial y me permite darlo todo. Si jugara en otro equipo tendría que darlo todo por el equipo en el que estuviera y luego, después, mirar qué ha hecho Osasuna. De esta manera tú dependes de ti mismo, de tu equipo, y tienes la posibilidad, impagable, inigualable, de hacer feliz a tu gente. Esto es lo bonito del fútbol. No estar en un equipo de pasada. Estar en el equipo de tu tierra, y defenderla.

 

“Esto es lo bonito del fútbol. No estar en un equipo de pasada. Estar en el equipo de tu tierra, y defenderla, y tener la posibilidad, impagable, inigualable, de hacer feliz a tu gente”

 

¿Qué se siente al ver a tantos niños con tu camiseta, con tu ’27’?

Orgullo. E ilusión. Al principio se te hace hasta raro: ‘Joder, ¿quién soy yo y qué he hecho para que este chico lleve una camiseta con mi nombre?’. Pero lo bonito, lo emocionante, es que es un ciclo. Nosotros hemos llevado la camiseta de gente de aquí que a lo mejor ya ha dejado el fútbol, y ahora ojalá que estos chicos lleven nuestra camiseta muchos años, que sería una buena señal, y que luego nuestros hijos quieran llevar las suyas, las de los que ahora llevan las nuestras. Es un ciclo bonito, y es de apreciar ir al pueblo y ver a cuatro críos jugando al fútbol y que tres lleven tu camiseta.

Y al jugar al FIFA contigo mismo, ¿qué se siente?

Lo mismo, una mezcla de orgullo e ilusión. Recuerdo que, tras mis primeros partidos con el primer equipo, mis amigos siempre me preguntaban cuándo me pondrían en el FIFA para jugar conmigo. Y al final son cosas que parecen tonterías, pero en el fútbol y en la vida también tienen importancia las tonterías. Son cosas que te hacen ilusión, que te sacan una sonrisilla. Que te hacen ver dónde estás, sin olvidar nunca de dónde vienes.

Yo en el pueblo, por ejemplo, recuerdo haber estado jugando un montón de veces con críos pequeños, en la piscina, en el frontón o donde sea, a fútbol o a lo que sea, y ahora se ponen nerviosos para saludarme, como si yo hubiera cambiado o algo. Como si ahora fuese alguien más importante. ‘¡Eh!, que soy el de siempre. Salúdame’, les digo.

También recuerdo las primeras ruedas de prensa que me tocó hacer, en las que intentas decir cosas por cumplir por los nervios, la falta de experiencia, por no meterte en fregaos, y en la rueda de prensa de la renovación, hace un año, mis amigos se reían mucho porque el reportero me preguntó: ‘Hace un año jugabas en Tercera y este año has metido un gol en Primera División jugando de lateral derecho. Si alguien te lo hubiera dicho hace un año, ¿qué le hubieras dicho?’, y yo respondí: ‘Pues diría que iba borracho’. ‘¿Cómo puedes responder eso?’, me decían mis amigos. Y se reían. Y la gente se reía. ¿Pero qué le tenía que decir? Lo dije así porque así me salió. Al final somos gente normal, y es más complicado intentar aparentar que eres algo que no eres que ser lo que realmente eres.

 


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Fotografías cedidas por Jon Moncayola.