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“La primera conjetura que se debe hacer sobre el talento de un príncipe es ver qué hombres tiene alrededor.” El Príncipe, Maquiavelo.

Tengo que reconocer que siempre le he tenido tirria a ciertos tipos de persona. Primero, a los que achacaban textualmente la frase “el fin justifica los medios” a Nicolás Maquiavelo. Que se pueda interpretar esa filosofía del ensayo del autor italiano es una cosa, que escribiera tal cual esas palabras es otra muy distinta. De hecho, Maquiavelo consideraba como defectos de un Príncipe el hecho de asesinar a los ciudadanos, traicionar a los amigos, no cumplir con la palabra o no tener piedad y religión. También siento recelo hacia las personas que usan esa máxima que nunca dijo Maquiavelo como forma de vida. En el colegio, donde están todos los ejemplos de la vida, se les reconocía por ser los que copiaban en los exámenes. Mientras tú manoseabas y te regocijabas en la posesión del bolígrafo, a ellos no les hacía falta ni sujetarlo el 30% del tiempo. Aprobaban el examen con la mirada, esperando agazapados al momento exacto de sacar la chuleta. Era entonces cuando copiaban, rápidos como si de un contraataque se tratara, mientras yo intentaba recordar, ojiplático como un doble pivote al repliegue, los ríos de España.

Griezmann todavía no es Príncipe pero aspira a serlo porque ya tiene el título de Principito. Y se ha puesto manos a la obra en eso de justificar a los medios, consiguiéndolo de dos maneras. Justifica los medios, entendidos como centrocampistas, y justifica la decisión de sus entrenadores, ya sea Simeone o Deschamps, de pertrechar una línea de aguerridos soldados, donde hasta a Pogba o Koke se les puede ver con el mono azul de mecánico. Basta un centro del campo de músculo, que corra, que roba balones y se los dé a Antoine. Él hará el resto.

 

Sus goles, tanto en su combinado nacional como con el club del Vicente Calderón, justifican un planteamiento enjuto e incluso ridiculizan el empeño y la superioridad del rival

 

Sobre todo justifica los medios, en el significado más puro de la expresión, por su certeza de cara a gol. Ya puede ser un partido soporífero, como el de Albania en la pasada Eurocopa, puede asomarse el fantasma de la eliminación, como contra los irlandeses en ese mismo torneo, o puede parece que el partido está perdido, como en las posteriores semifinales. Ahí es cuando aparece Griezmann, haciendo olvidar todas las sensaciones sombrías que se cernían en sus seguidores.

Sí, es verdad. Aquel sueño que justo ahora recuperaba no acabó en epopeya, pues Francia se encasquilló en el momento menos oportuno, en una final a priori asequible ante los portugueses. Y tampocó le fueron mucho mejor las cosas a nivel de clubes: el talento y la capacidad de resolución del ‘7’ ayudaron a que el Atlético, cada vez más su Atlético, plantara las suelas de los zapatos en la última final de la Copa de Europa, pero el Real Madrid y los once metros esfumaron  de nuevo cualquier posibilidad de alcanzar la gloria. Esas dos derrotas en la cúspide, sin embargo, no han conseguido difuminar ni un ápice la certeza de que Griezmann ya roza la platea desde la que gobiernan los mundos los mejores futbolistas del momento.

Sus goles, tanto en su combinado nacional como en el club del Vicente Calderón, justifican un planteamiento enjuto e incluso ridiculizan el empeño y la superioridad del rival. Igual que cuando se presentaba ese gigantón del colegio, que nunca he visto pero siempre he temido, que te quitaba el bocata de fuet y cariño que te había hecho tu madre, mucho más atenta que la suya. Pero en ese momento él era feliz y a ti te apuntaba el foco de la desolación. El fuet, amigos, justifica los medios. Quizás esto sí que lo dijo Maquiavelo.

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