La Liga 1999-2000 se cerró con tres partidos intrascendentes. No hubo goles entre Racing y Málaga. El Betis, ya descendido, se despidió de la categoría ganando en Soria. Y el Oviedo perdió por la mínima ante la Real Sociedad. Aunque, y eso conviene puntualizarlo, ese tercer encuentro solo fue intrascendente en lo matemático -ovetenses y donostiarras ya se habían asegurado en jornadas anteriores la permanencia y tampoco aspiraban a entrar en posiciones europeas-. En el plano emotivo, en cambio, aquella cita de la 38ª fecha del calendario sí tuvo un sabor más que especial para algunos, sobre todo para aquellos que integraban el bando local. Fue el último encuentro que albergó el viejo Carlos Tartiere, dulce morada del Real Oviedo durante más de 60 años. Tras el pitido final de Ansuátegui Roca, el fútbol español sintió cómo se desprendía de su superficie una de sus insignias más históricas. De cara el curso siguiente, la ‘marea azul’ iba a trasladarse al barrio de la Ería, donde le esperaba un recinto recién construido, con capacidad para congregar a más personas y que cumplía con las condiciones de seguridad requeridas por la federación. El nuevo estadio, quizás en un intento de que el cambio de localización fuera lo menos traumático posible para el devenir del club, sería bautizado con el mismo nombre que el antiguo.

[quote]Aquel Oviedo-Real Sociedad de la temporada 1999-2000 fue el último encuentro que albergó el viejo Carlos Tartiere. Un estadio con más de 60 años de historia[/quote]José Javier Barkero fue el invitado de turno que hizo volar por los aires la fiesta de despedida que el pueblo ovetense tenía preparada ese día para su feudo. Un Barkero mucho más joven que el que nos viene ahora en mente, eso sí, y portador todavía de una espesa melena rubia que ha tratado de mantener a duras penas con el paso del tiempo. Solo llevaba dos minutos en el campo el de Arechavaleta cuando se vio favorecido por un contrataque de los suyos, apareció libre en el carril de la izquierda y, tras recibir de De Pedro, empalmó de primeras un zurdazo cruzado y raso ante el que nada pudo hacer el guardameta Esteban. Un tanto, a la postre definitivo en el marcador, que se encajó con rabia en ambos costados: tanto por parte del extremo de la Real, que levantó el puño con el orgullo herido tras haber jugado menos de lo que hubiera querido a lo largo del curso, como por parte de la afición del Tartiere, que intuyó que ahí se acababan sus opciones de redondear la velada con una victoria. No iban mal encaminados los aficionados locales. El electrónico no se movería más a partir de entonces. Pero ni tan siquiera el gusto amargo que producen las derrotas impidió que se produjera una invasión masiva del campo al concluir el partido. Los hinchas del Oviedo sabían que esa iba a ser su última oportunidad de pisar el terreno sobre el que se habían edificado los recuerdos más gloriosos de la historia del club. Todos quisieron arrancar un manojo de césped para colocarlo en la vitrina de sus casas en forma de imborrable recuerdo.

15 años después, el Oviedo vuelve a sentir que está ante un partido de los grandes. Y otra vez, curiosamente, la piedra de toque para la gran ocasión viste a rayas blanquiazules y es más vasca que la txapela.

SOÑAR ESTÁ JUSTIFICADO
barkero.buscareal

Barkero fue el último jugador que marcó en el viejo Tartiere

No acaban de convencer entre la parroquia ovetense esos titulares de los medios que especulan sobre la ‘maldición del nuevo Tartiere’; teorías más propias de Cuarto Milenio que insinúan que desde que el equipo abandonó su antiguo estadio nada ha vuelto a ser como antes (en el curso 2000-2001, el primero del Real Oviedo en su nuevo feudo, se acabó descendiendo y el equipo tuvo que despedirse de una máxima categoría que ya no ha vuelto a pisar hasta el momento). Aunque sí que es cierto que en el plano cronológico la mudanza significó el preludio a un período de sombras y lamentaciones, hay otras razones de mucho más peso que demuestran que el desplome del club no se dio solo por un cambio de emplazamiento o una mala jugarreta del destino. Al margen de los malos resultados cosechados, si el Real Oviedo inició a partir de entonces su esperpéntica caída al abismo fue porque se vio sacudido por deudas de todo tipo, por sanciones administrativas y sobre todo por los vaivenes de un accionista mayoritario cuya mala gestión acabó haciendo brotar números rojos por todas partes. Pero sería insuficiente – e injusto- destinar solo una breve pieza como ésta para contar al detalle la dramática historia que ha vivido la institución en estos últimos 15 años. Para eso ya está el Panenka#11. Aquí nos permitiremos la licencia de ser más positivos, quedándonos solo con los recuerdos recientes, esos mismos que demuestran que el equipo de la capital del Principado, al que muchos dieron por muerto en su momento, no solo se ha mantenido en pie tras la borrasca sino que además da ahora sus primeras muestras de crecimiento.

Jugar otra vez contra un equipo de Primera siempre le sienta a uno de maravilla. Ya se dio un gustazo similar el conjunto azul hace tres años, cuando el mismo sorteo de la Copa del Rey le emparejó con el Athletic Club. Que la historia se repita al cabo de poco tiempo no es más que una demostración de que el equipo está inmerso en una etapa de ilusionante crecimiento. Enfrentarse ahora a la Real Sociedad vuelve a colocar a los ovetenses en el mapa, si es que alguna vez dejaron de estar en él.

Líderes en su grupo de Segunda B, habiendo noqueado al Amorebieta y al UCAM en las primeras rondas de la Copa y con un goleador, Miguel Linares, que presume de tener un promedio anotador esta temporada muy parecido al que sustenta el mismísimo Cristiano Ronaldo. Con esa gran dosis de autoestima vuelve el Oviedo a nuestros televisores, para vérselas con una Real Sociedad que, según nos cuenta la historia, fue partícipe de uno de los últimos momentos álgidos que vivió el club azul antes de su particular calvario. Las cosas han cambiado. Por no estar, hoy ya no estará ni el verdugo Barkero, que colgó las botas hace escasos meses. En Oviedo, el derecho a soñar de nuevo está más que justificado.