CIELO

1-1. Prórroga. Tercera ronda de la Copa de Inglaterra. Edgar Street, Hereford. El Newcastle la tiene, es un dos para uno, pero el campo está tan embarrado que el balón se frena a los pies de Malcolm Macdonald. El delantero estrella del Newcastle hace un disparo defectuoso y se lamenta con una expresión de licántropo cansado. Esas patillas setenteras ayudan a crear ese efecto terrorífico en su expresión. Está harto, fatigado, asqueado. ¿Por qué no se ha acabado ya la eliminatoria? ¿Por qué se ha llegado al desempate? ¿Por qué hemos acabado jugando una prórroga en un estadio de mala muerte, contra una panda de aficionados? Mientras Macdonald se rinde, el balón se arrastra por el barro y cambia de campo. Lo dominan los jugadores que lucen un vacuno de Hereford cosido al pecho. La tiene el club que lleva el nombre de una ciudad famosa por su ganadería. El fútbol suele ocupar allí un plano más residual, pero ese día el único pasto que importa es el de Edgar Street y los únicos ‘toros’ a los que se presta atención llevan camisetas blancas y están a punto de obrar un milagro. Sigue la jugada, la pelota se va acercando al área. Un coro de hinchas inicia un cántico. Luego callan, como preparándose para soltar el aliento en un grito mayor y definitivo. Es como si presintieran lo que está a punto de pasar. ¿Será posible?

Aquella tarde de febrero de 1972 no se hablaba de otra cosa en Hereford. Y literalmente no se cabía en Edgar Street. Un campo que a mucho estirar podía albergar a 14.000 personas rebasaba aquel límite para acoger a más de 16.000 aficionados. Se podía ver a gente subida a los árboles y a grupos de chavales más cerca del campo que de la grada. Niños, muchos niños que casi pisaban la cal y que contagiaban a la hinchada de esa candidez infantil tan imprescindible si uno pretende creer en la magia.

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El primer hito de los bulls en aquella eliminatoria había sido empatar (2-2) en St. James’ Park, hogar del Newcastle, para forzar el desempate. Que un equipo de aficionados se plante en un estadio de primera y marque a los 17 segundos (Brian Owen abrió la lata) se puede considerar un simpático desafío a la lógica. Pero que tras la remontada del grande, el pequeño sea capaz de volver a empatar, es ya una desfachatez. Dicen que a Malcolm Macdonald –todo un carácter- no le sentó nada bien el haber sufrido tal humillación y que, en un ataque de ira, espetó que en el replay iban a resolver el asunto marcándole diez goles al Hereford. Quizás nunca llegó a pronunciar aquella frase, quizás se le acusa injustamente de soberbia, pero aquellas palabras ya son una parte inseparable del relato. De la misma forma que toda épica necesita un poco de azúcar y sal, todo cuento de hadas necesita un villano. Y ese papel se lo repartieron a Macdonald. Pobre Malcolm.

Pobre Malcolm, que marca el 0-1 en el minuto 82 con cabezazo inapelable y lo celebra con un cabreo monumental, soltando algún que otro improperio mientras sus compañeros lo felicitan. Con barro de Edgar Street hasta en los dientes, los magpies sonríen: ha costado, pero al final cumplen con su deber. No saben que, a su costa –pobre Malcolm- está a punto de escribirse una de las grandes historias del fútbol inglés.

Ahora tocaría decir que el Hereford remontó aquel partido porque no se vino abajo, porque creyó en sus posibilidades y porque el mundo es de los que nunca se rinden. Y todos aprenderíamos una valiosa lección. Pero no. A los bulls se les rompió el corazón al ver ese balón entrar en su portería. Habían aguantado los ataques de su rival con bravura y una innegable dosis de suerte y ahora se iban a ahogar en la orilla. Colin Addison, jugador-entrenador del Hereford, estaba hundido. Bajó la cabeza y pensó para sí: “todo está perdido”. Así lo reconoció hace un tiempo ante las cámaras de Canal+, con motivo del 40 aniversario de aquella gesta. Aquel fue el único momento en el que el realismo asomó en toda la eliminatoria. Las lágrimas serían de alegría.

Ronnie Radford levanta los brazos hacia el cielo al ver que ese balón ha entrado por la escuadra. Los niños de Edgar Street saltan al campo –al barro, vaya- para abrazar a su héroe

Minuto 85. Gritos de “Hereford, Hereford”. Balonazo al área. Rebotes, barro y resbalones. Entre tanta imprecisión, Ronnie Radford decide que el cuento no se ha acabado. Recupera un balón en el centro del campo, juega una pared y vuelve a recibir a unos 30 metros del área. Sin pensárselo, sin controlar, dispara de primeras. Un tiro así debe entrar una de cada 100 veces si chuta un profesional y una de cada 100 millones si chuta un aficionado. Pero Ronnie Radford levanta los brazos hacia el cielo al ver que ese balón ha entrado por la escuadra. Los niños de Edgar Street saltan al campo –al barro, vaya- para abrazar a su héroe. En pleno desenfreno, el partido se va a la prórroga.

Un coro de hinchas inicia un cántico. Luego callan, como preparándose para soltar el aliento en un grito mayor y definitivo. Es como si presintieran lo que está a punto de pasar. ¿Será posible? Toda Inglaterra será testigo de lo ocurrido en Edgar Street gracias al programa Match of the Day, de la BBC. Los ingleses verán las patillas de Malcolm Macdonald cuando se desespera en su última e imprecisa acción, segundos antes de escuchar por primera vez el nombre de Ricky George. Quizás su gol no fue tan bonito como el que había marcado Radford minutos antes, pero fue el de la victoria, por lo que adquiere una belleza incomparable. Otro balonazo, otra serie de rebotes, un balón muerto en el área que recoge George con un metro para maniobrar. Su tiro cruzado entra, simplemente, porque tiene que entrar. Invasión. Ahora ya no solo se lo creen los niños.

INFIERNO

El pasado 19 de diciembre, 42 años después de aquella gesta, el Hereford United desapareció. Las deudas, primera causa de muerte de los clubes de fútbol, se lo llevaron por delante. Todo empezó a torcerse en 2012, cuando el club descendió de la Football League y las dificultades económicas comenzaron a ser insostenibles.

A muchos aficionados de clubes modestos les debe sonar este relato. Cuando las cosas se van a garete en lo económico, aparece un inversor con aires de grandeza, escasas garantías y promesas imposibles. Como se intuye, el mesías no es más que un fantasma que en vez de salvar el barco lo acaba de hundir del todo. En Hereford a nadie le ha sorprendido una liquidación que, además, se produjo de una manera tragicómica –el último propietario, Andy Lonsdale, que aseguraba tener un millón de libras para pagar las deudas, no se presentó al juicio alegando que estaba con el coche atrapado en un atasco-.

hereford 3Desde hacía meses, la masa social bull esperaba que se consumara lo inevitable, con el deseo de que el fin trajera un poco de aire fresco. Por eso la muerte del club ha tenido un sabor agridulce, pues una vez consumado el fallecimiento, también se acaba la angustia y el ahogo. En Hereford sobrellevan la sensación de vacío sabiendo que la disolución era, paradójicamente, la única manera de recuperar el control de su club. La asociación de aficionados del antiguo club –una de esas asociaciones llamadas Supporters Trusts-, así como el ayuntamiento y varios inversores minoritarios, quieren unir sus fuerzas para crear un nuevo club que dignifique la memoria de 90 años de historia tirados al traste. Y lo harán subidos en la nueva ola de la autogestión y del empoderamiento de los verdaderos aficionados, impidiendo grandes mayorías accionariales de dudosa procedencia y aprendiendo de los errores del pasado. De esta manera, se asegurarán que la ciudad siga disfrutando de su fútbol.

Porque los bulls no son solo aquel partido ante el Newcastle que los catapultó a la televisión nacional en 1972. Son, como tantos otros equipos modestos, un elemento más de la comunidad. Si uno repasa en los foros de aficionados cuáles son los mejores recuerdos en las nueve décadas del club, aparecen otros instantes más allá de la machada ante las urracas de Macdonald. Alejados de las cámaras, los toros también fueron felices gracias a aquel ascenso a la League Two en 2006, tras ganar en la prórroga al Halifax Town en el campo del Leicester, o con la salvación en el último partido de liga de la temporada pasada (aunque luego los despachos ejecutarían el descenso). Pequeños grandes éxitos para un club que ha navegado siempre en la frontera del semi-profesionalismo y que, a partir de la temporada que viene, ya sin el lastre de la deuda y la mala gestión, caminará hacia un nuevo horizonte. Como en aquella prórroga de 1972, ahora todo, absolutamente todo, vuelve a ser posible.