Al igual que Berlín o Roma, capitales de países tan importantes como Alemania o Italia, París no posee ninguna Liga de Campeones. Su club más emblemático, el PSG, lleva años intentándolo, pero por el momento se conforma con tener, desde el pasado 15 de julio, a varios franceses campeones del Mundo en sus filas. Un hecho que no debería ser demasiado relevante si no fuera porque, en 1998, no pudo congratularse de tener a ninguno.

El Paris Saint-Germain lleva persiguiendo, desde su fundación, en 1970, el reconocimiento mundial que sí tiene la ciudad que lo vio nacer. No está siendo un camino sencillo. Mientras la capital francesa ha seguido enamorando a sus visitantes, su club homólogo ha visto como entidades del mismo país con una experiencia deportiva y una historia mucho mayores le pasaban por encima. De hecho, no fue hasta la llegada del jeque Nasser Al-Khelaifi, en 2011, que inició su verdadero dominio nacional y su carrera hacia la gloria europea. 

El dato es revelador pero conviene no olvidarlo: antes del aterrizaje del dueño de Qatar Investment Authority, la entidad parisina solo había ganado dos campeonatos ligueros. En la actualidad, y tras sumar cinco títulos domésticos en siete años, sigue por detrás de clubes como el Mónaco (8), el Nantes (8), el Olympique de Marsella (9) y el Saint-Étienne (10). El conjunto marsellés, por cierto, continúa siendo el único equipo galo que se ha proclamado campeón de Europa.

Sirva esta pequeña introducción para subrayar la importancia de lo deslizado en el primer párrafo. Cuando Francia conquistó la Copa del Mundo en 1998, ninguno de los 23 internacionales convocados por el seleccionador Aimé Jaquet pertenecía a la disciplina parisina. Centrándonos únicamente en los que jugaban en la Ligue 1, Barthez, Henry y Trezeguet provenían del Mónaco; los atacantes Diomède y Guivarc’h, además del meta suplente Charbonnier, del Auxerre; Robert Pirès jugaba en el FC Metz y el Olympique de Marsella aportaba a Laurent Blanc y Christophe Dugarry. Ni rastro del PSG, un club que, paradójicamente, disfrutaba en aquella década de sus mejores días. Durante el mandato de Michel Denisot (1991-1998), hombre fuerte de Canal+ que posibilitó la compra del club por parte del grupo mediático, llegó la segunda liga y se registraron los papeles más dignos del equipo en Europa, como la consecución de la Recopa (1996), el subcampeonato del mismo torneo al año siguiente (1997) o la disputa, por primera y última vez, de unas semifinales de Champions (1995). Fueron años donde Barcelona y Real Madrid, sin ir más lejos, caían ante ellos con asiduidad.

 

El PSG ha encontrado a su embajador perfecto: un chico joven, maduro y con talento, criado en un contexto de superación, campeón del Mundo y con un vínculo emocional hacia su club tan real como su partida de nacimiento: francés y del extrarradio de París

 

En aquel equipo de principios de los 90 brillaba David Ginola, un fino centrocampista que no tuvo suerte en la selección pero que deleitó al Parque de los Príncipes con su visión de juego antes de poner rumbo a la incipiente Premier League. Durante un año, incluso, llevó el brazalete de capitán. Como antes lo había hecho Paul Le Guen y unos años después lo harían Alain Roche o el portero Bernard Lama. Todos franceses; ninguno de París.

Que el PSG no fuera ‘invitado’ a la fiesta mundialista de 1998 no solo responde al poco peso que el club ha tenido en la historia del fútbol francés y, por ende, de su selección nacional. También es consecuencia de una política de fichajes en la que el éxito siempre ha querido iluminarse a través de las luces más exóticas. Solo hace falta bucear un poco en las estadísticas generales de la entidad para confirmar esta deriva. Máximos goleadores históricos: un uruguayo (Cavani), un sueco (Ibrahimovic) y un portugués (Pauleta). Máximos asistentes históricos: un bosnio (Safet Susic), un argelino (Mustapha Dahleb) y un argentino (Javier Pastore). Desgranemos ahora otro tipo de tablas. Futbolista con más capitanías: un brasileño (Thiago Silva). Jugador con más partidos: esta vez sí, un francés, nacido en París… hace 60 años. Su nombre: Jean-Marc Pilorget; ganó la primera liga del club, disputó 435 partidos y nunca debutó con la selección absoluta. Coincidió con otra leyenda francesa del club y de Les Bleus, Dominique Rocheteau. Glorias lejanas, en cualquier caso. Los brasileños Raí y Ronaldinho o el Balón de Oro africano George Weah completan el listado de contrataciones de impacto, futbolistas que durante un tiempo situaron el foco futbolístico en París. 

Pero volvamos ahora a la actualidad. El portero Aréola, el central Kimpembe y el delantero Kylian Mbappé han logrado el Mundial con Francia siendo futbolistas del Paris Saint-Germain. Este último, además, proclamándose el Mejor Jugador Joven del campeonato. Nacido en Seine-Saint-Dénis, el departamento más pobre y con más discriminación de la capital francesa, Mbappé llegó el pasado verano al Parque de los Príncipes en una operación millonaria con el Mónaco, el club que lo formó y con el que debutó en la élite. Lo hizo junto a Neymar, el fichaje más caro de la historia de este deporte. Un año después, el atacante de 19 años vive en una nube y la estrella brasileña tuerce el gesto ante una hipotética pérdida de galones. Y es del todo lógico. El PSG ha encontrado a su embajador perfecto: un chico joven, maduro y con talento, criado en un contexto de superación, campeón del Mundo y con un vínculo emocional hacia su club tan real como su partida de nacimiento: francés y del extrarradio de París. El PSG ha encontrado, básicamente, lo que casi nunca ha tenido. El Francesco Totti de la Roma. El Raúl del Real Madrid. El Franz Beckenbauer del Bayern. Iconos que conjugan la ecuación perfecta: club, ciudad y país. Comunidad e identificación.

Con Buffon en la portería y la contratación, casi segura, de otros nombres ilusionantes en el centro del campo, puede que este año sea el escogido para que el club parisino levante su ansiada Liga de Campeones. Si me lo permiten, diría que ya ha logrado algo mucho más valioso. Tener en sus filas al orgullo de Francia, al niño prodigio que salió de la banlieue para emular a Pelé, a un campeón local. Incluso para uno de los clubes más fríos y detestablemente ricos de Europa, no hay nada como la fuerza de un símbolo hecho en casa. El PSG ha madurado.