Su presencia era el equivalente de rentabilidad. El amigo al que elegirías para cuidar tu coche. Jugaba al fútbol como si tuviera en su bolsillo un manual para tomar la decisión más lógica según la situación, lo que le permitió ganarse la confianza de entrenadores tan distintos como Wenger, Lotina, Rijkaard o Guardiola. Mientras los reflectores iban a otros jugadores, Sylvinho trabajó de manera constante para mantenerse en la élite durante más de una década; sin hacer ruido, usando el mismo corte de cabello militar y ofreciendo un rendimiento igual de firme.

Las portadas internacionales con Sylvinho como protagonista son tan pocas que tendrían un alto valor entre coleccionistas; se sentía cómodo fuera del centro de atención, no era un jugador que hubiera destacado en redes sociales ni el causante de alguna polémica. Fue titular en el Corinthians campeón del Brasileirão a final de los 90 compartiendo vestuario con jugadores como Edu Gaspar, Ricardinho, Vampeta o Ewerthon, entre otros. Desde hace ya algunos años se ha dicho que jugar fácil es lo difícil en el fútbol, y eso fue lo que llamó la atención a Wenger para que Sylvinho se convirtiera en el primer brasileño de la historia en fichar por el Arsenal en 1999.

Al momento de su incorporación por los ‘Gunners’ reconoció que ya se creía un jugador hecho: seleccionado nacional, con 25 años y campeón de Brasil, pero en Inglaterra lo esperaban nuevos desafíos y descubrió que en el fútbol había otra dimensión a la cual tuvo que adaptarse para depurar su repertorio: potenciar la intensidad, controlar el balance entre ataque y defensa por todo el carril y saber cuándo ayudar al central en el repliegue, todo esto mientras se adaptaba al clima, al idioma y a una nueva cultura.

Tras su salida del Corinthians, pese a ser un jugador de garantías, le costó adueñarse de la titularidad en los clubes europeos porque siempre competía por el puesto con jugadores que tenían un peso específico mayor; el primer año en Londres sí que tuvo mucha presencia en las alineaciones, mientras alternaba sus apariciones con el veterano Nigel Winterburn y la joven promesa Ashley Cole. Al finalizar su segunda temporada en el Arsenal estuvo en el equipo del año de la PFA (Professional Footballers’ Association), pero decidió salir hacia La Liga para jugar en el Celta de Vigo, ya que Cole se quedó con el puesto en la recta final de la 2000-01.

 

Jugaba al fútbol como si tuviera en su bolsillo un manual para tomar la decisión más lógica según la situación, lo que le permitió ganarse la confianza de entrenadores muy distintos

 

A la selección dejó de ir cuando perdió el pulso con Roberto Carlos y Júnior, que eran más del agrado de Luiz Felipe Scolari y que fueron los que finalmente asistieron al Mundial de 2002 con la ‘Canarinha’. El de São Paulo enfrentó obstáculos similares al aterrizar en Balaídos, cuando Juanfran era el titular de Víctor Fernández. Con el cambio de entrenador, Lotina era más pragmático y compacto que su antecesor; por ende, Sylvinho fue el titular en el equipo gallego que clasificó por primera vez a la Champions League. Ese mismo año anotó un gol al Barça que, además de bonito, fue el remate que sentenció a Van Gaal en su segunda etapa como entrenador ‘culé’.

Aquel Celta no estableció de manera clara sus objetivos en la temporada europea, y tras inesperados tropiezos ligueros, el equipo descubrió que solo se motivaba cuando sonaba el himno de la Champions. Superaron la fase de grupos en donde, tras hacer malabares en las alineaciones para tratar de encontrar la tecla que enderezara al equipo celeste, Sylvinho jugó de central en San Siro para derrotar al Milan de Kaká, Seedorf y compañía. En octavos de final el ex equipo del brasileño se encargó de eliminar al conjunto vigués y tras la derrota de la ida en casa por 0-2, el Celta encadenó siete jornadas sin ganar, una losa muy pesada con la que sería inevitable evitar el descenso.

Entre tanto ruido e inestabilidad deportiva en Vigo, el Barça lo contrató de cara a la temporada 2004-05 en la misma ventana de fichajes que Eto’o, Deco, Larsson, Giuly, Belletti, Edmílson y otros. En medio de la revolución del equipo azulgrana, Sylvinho venía a aportar experiencia y regularidad. Conquistó la Liga un año después de haber descendido, se quitó un peso deportivo de encima por lo sucedido el curso anterior y afrontó la recta final de su carrera siendo un jugador complementario que siempre estuvo a la altura de las exigencias del Camp Nou.

Se le ha visto en entrevistas conversando en perfecto castellano, inglés y catalán, y hablando tantos idiomas nunca dijo una palabra más fuerte que la otra; sin duda es el aplicado de la clase, el que todo técnico quisiera tener en el vestuario. Hablando de enseñanzas, estuvo presente en videos del Barça que promovían lecciones de fútbol para niños, por eso no sorprende a nadie que hoy sea entrenador. También se le recuerda corriendo por la banda de Stamford Bridge recordándole a Guardiola que los cambios que estaban guardando iban a ser útiles, una manera diferente de celebrar goles históricos.

Meses antes de terminar su contrato con el club ‘culé’, fue el encargado de reemplazar a Abidal, expulsado en semis, en la final de la Champions de la temporada 2008-09 en Roma contra el Manchester United. Su presencia en la final fue correcta, fiable y comprometida con defender una ventaja que nació en el minuto 10. Durante el juego tuvo pocas incursiones hacia adelante, con el flanco izquierdo en ataque ocupado por Henry bastaba.

La clave del éxito del brasileño es haber tenido un buen rendimiento y cultivar el arte de ‘saber estar’. No se llevó los focos como Belletti en 2006, pero aquella final y el triplete que levantó con el conjunto catalán fueron el broche de oro para su etapa en la Ciudad Condal. Después de eso, su siguiente destino sería otra vez Inglaterra, y otra vez un equipo celeste, el emergente Manchester City, en donde competiría solo una temporada antes de colgar las botas.

 


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Fotografía de Imago.