La vida nos dejó huérfanos de la pluma de Eduardo Rodrigálvarez hace ya más de dos meses. Pero a todos los románticos que, enamorados de la idiosincrasia del Athletic Club, tratamos de entender mejor su naturaleza, aquello de que “el Athletic no es diferente para ser diferente sino porque es diferente desde el principio”, nos quedan, y nos quedarán siempre, sus bellas palabras. Acentuaba el prolífico periodista/escritor bilbaíno en uno de sus poéticos textos que nos han quedado de herencia que Markel Susaeta es “un extremo pinturero, de esos a los que les gusta bailar en la línea de banda, recortar, mirar adelante o adentro. Un tipo habilidoso, engañoso para el rival. Hasta en la estatura engaña, porque los datos oficiales le atribuyen 179 centímetros que no asemeja en el campo. Ni falta que le hace”. Discreto e introvertido, el futbolista eibarrés (31 años; 14.12.1987) siempre ha intentado esquivar el protagonismo. Siempre ha intentado sortear los primeros planos. Siempre ha intentado regatear las polémicas, los titulares. Incluso el pasado 8 de mayo, cuando se despidió de la que ha sido su casa desde los nueve años en una rueda de prensa en la que admitió que “a pesar de que mi sueño era ser un one-club man del Athletic, las circunstancias no han ayudado”. “Creo que lo mejor para todos es que no siga. Quizás el culpable sea yo por no haber dicho una palabra más alta que la otra”, reflexionó, dolido por la polémica que se ha generado este curso alrededor de su situación contractual, apenado por decir adiós a San Mamés, un Susaeta que, molesto, ni siquiera quiso conocer el contenido de la oferta que, a última hora, le hicieron desde Ibaigane para extender su vínculo. La fría despedida del ’14’, tan triste e inapropiada, tan alejada de la que su figura, la de uno de los futbolistas más importantes de la más que centenaria historia del Athletic, choca porque, aunque no lo parezca, se va una leyenda; pero resulta tan sintomática como reveladora de lo que ha sido Markel Susaeta en el Athletic, en San Mamés.

Su carácter le condenó a estar siempre en el ojo del huracán, a tener que reivindicarse en cada partido, a habituarse al runrún, a ser uno de los futbolistas más infravalorados del panorama nacional; un caro peaje que se ilustra en su rostro, en su expresión. “A veces Markel Susaeta engaña con su aire melancólico, su mirada que parece triste. Destila un aire de nostalgia, de lo que se fue y no regresará”, enfatizaba hace unos años, en las páginas de El Mundo, Jon Rivas, el mismo periodista que, al hacerse oficial el adiós del ’14’, recorría, en un artículo de El País titulado Markel Susaeta, el jugador desconocido, la carrera de un incomprendido, de un futbolista del que casi nada se sabe, de un hombre que nada a contracorriente en medio de un ecosistema en el que sus homólogos, cual estrellas de realities, retransmiten sus vidas a través de las redes sociales. La melancolía que siempre ha irradiado Susaeta ha provocado que pocos creyeran realmente en él, en su innegable talento. A veces, de hecho, incluso ha dado la sensación de que ni siquiera él acababa de creer en el potencial que se escondía en sus botas. “Usted es bastante mejor jugador de lo que cree”, le llegó a decir Marcelo Bielsa. Fue ‘El Loco’, precisamente, el técnico que mejor supo decodificar al futbolista guipuzcoano, tan habilidoso como elegante, tan generoso como solidario en el esfuerzo, tan exquisito como superdotado tácticamente. Con Bielsa en el banquillo, como proclamaba Eduardo Rodrigálvarez, Markel pasó de ser ‘Susa’ a ser Susaeta, e incluso recibió la llamada de la selección española. Pasó a ser imprescindible, insustituible; como lo demuestra el hecho de que participó en los 63 partidos que el Athletic llegó a disputar en aquella mágica temporada en la que exhibió un fútbol preciosista por algunos de los mejores estadios de Europa, empezando por un Old Trafford que, convertido en el patio de un colegio para unos niños que jugaban sin miedo a nada ni a nadie, ejerció de inmejorable escenario de la obra maestra de aquel equipo irrepetible. “Con el balón nunca te cansas”, reivindicaba Susaeta en una imprescindible entrevista en El País.

Aquella temporada, la 11-12, fue la mejor de la carrera del ’14’ eibarrés. Incluso en el aspecto goleador, con 13 dianas que se presentan como una cifra brillante para un Susaeta que jamás ha destacado en esta faceta del juego. “A Susaeta lo que le penaliza es que al fútbol se juega con porterías”, remarcaba el periodista José Iragorri al hablar de un jugador que siempre se ha sentido más realizado, más feliz, al regalar un tanto que al celebrarlo. Susaeta es, en este sentido, el único futbolista de La Liga que ha sido capaz de firmar al menos un gol y una asistencia en cada una de las últimas doce temporadas junto a Leo Messi, una estadística que desarma a todos aquellos que le han criticado. El currículum de Markel, el futbolista que ha defendido la elástica del conjunto de San Mamés en más ocasiones en Europa (75), lo adornan un total de 87 asistencias, una cifra que le acredita como el máximo asistente del Athletic Club las dos últimas décadas por delante de Fran Yeste. Y es que, aunque se haya ido casi en silencio, Susaeta es historia viva del cuadro bilbaíno. Así lo evidencian los 507 encuentros que atesora como ‘león’. Tan solo José Ángel Iribar (614), Rojo I (541), Joseba Etxebarria (514) y Andoni Iraola (510) superan en la clasificación al ’14’ rojiblanco, a aquel chaval que aterrizó en Lezama 1997 y que diez años más tarde fue reclutado por Joaquín Caparrós para hacer el stage de pretemporada en Papendal, en Holanda. “El canterano recibió la llamada estando en la playa con sus amigos y su cara les anticipó algo grande. No se lo esperaba, como tampoco podía imaginar hasta qué punto cambiaría su vida aquella comunicación telefónica. Metió sus cosas en la maleta y la subió al autobús y luego al avión. Y allí sigue, inmune al paso del tiempo y de los entrenadores. Primero con el dorsal ’27’ serigrafiado y luego con el ’14’, el que le acompaña e identifica en la última década”, relataba Roberto Basic en un artículo de El Correo en el que recogía la admiración de Caparrós por Susaeta, por aquel enclenque chaval de Eibar que creció idolatrando a Zinédine Zidane y Joseba Etxebarria: “Es el espejo de Lezama. Es un ejemplo para que los chavales se den cuenta de que los valores están por encima de todo. Que haya jugado tanto no me sorprende porque es fruto de su profesionalidad, dedicación, compromiso e implicación. Quiere el club, la camiseta; pudo marcharse y no lo hizo. Le deseo que siga triunfando, transmitiendo lo que es el Athletic. Es un chico que me ha marcado”.

El entrenador utrerano fue, de hecho, el que permitió que Susaeta cumpliera el sueño de estrenarse con el primer equipo del Athletic Club en un ya lejano 2 de septiembre del 2007, con apenas 19 años. Ni siquiera la majestuosidad del escenario de su debut, el Camp Nou, espantó a aquel extremo eléctrico, que, ante el Barça, celebró la primera de las 56 dianas que ha marcado como león. “Todavía no he hecho nada”, reconocía en DEIA justo después de bautizarse como rojiblanco; con la misma humildad, con la misma timidez, con la que, en 2015, cuestionado en Marca acerca de si estaba de vuelta después de un mal año, contestaba: “Yo siempre he estado ahí”. Así es. Markel Susaeta ha estado siempre ahí, aunque muchas veces no nos hayamos ni percatado, aunque muchos, incapaces de descifrar su fútbol, de entender por qué el ’14’ se erigía en la bella excepción que confirmaba el Todos los jugones sonríen igual de Andrés Montes, obvien su nombre a la hora de enumerar a los mejores futbolistas de la historia del Athletic Club, a la hora de recordar aquella Supercopa de España que el Athletic le birló al Barça en 2015. “Seguramente he sido injusto con él al no incluirlo”, se disculpaba el añorado Eduardo Rodrigálvarez al presentar 100 jugadores del Athletic, de William a Williams.

Alejado de los focos mediáticos, Susaeta casi nunca ha recibido el reconocimiento que tanto se ha ganado, aunque jamás ha tenido un mal gesto, una mala palabra. A él, de hecho, poco le ha importado que los aplausos, los titulares, siempre fueran para otros. “No pasa nada. No puedes gustarle a todo el mundo. Yo intento hacerlo lo mejor posible para que la gente esté conmigo y con el equipo, que es lo que importa”, se limitaba a apuntar en DEIA. Ni siquiera el hecho de desoír los cantos de sirena que le llegaron en más de una ocasión, en una inequívoca demostración de su amor por los colores que le han visto hacerse un hombre, le premió con el respeto, la admiración, que merece. “Me ha sorprendido ese murmullo cuando ha fallado. No se le puede reprochar nada. No hay mejor ejemplo que Markel para hablar de lo que es un profesional, un jugador de club. Lo que he vivido con él es para quitarse el sombrero”, reivindicaba Raúl García hace unos días, uno de los muchos futbolistas del Athletic Club que en los últimos días han pedido respeto para su capitán, que se despide de San Mamés después de 22 temporadas en el conjunto bilbaíno. Algunos argumentarán que nunca ha llegado a confirmar el talento que dejó intuir en aquella tarde veraniega en el Camp Nou, pero ‘Susa’, Susaeta, se va con la tranquilidad de saber que siempre formará parte de la historia de su Athletic, con el recuerdo de la ovación que San Mamés, sabiéndose en deuda con él, le regaló en su adiós. Porque será imposible acostumbrarse a no leer su nombre encima del ’14’ del Athletic.

Gracias por todo, Markel. Mila esker.