El pasado mes de enero no fue el mejor para los futboleros. De forma casi simultánea, siete equipos de la LFP oficializaron la llegada, en forma de cesión, de jugadores procedentes de Arabia Saudí. Las operaciones, completamente injustificables a nivel deportivo, se cerraron en el marco de un acuerdo, tan turbio como sorprendente, entre LaLiga y las instituciones futbolísticas del país de la península arábiga. Las reacciones no se hicieron esperar. Desde todos los puntos del panorama español, se lamentó la enésima estocada sufrida por un deporte que cada día está más mercantilizado. “Por los sueños se lucha, por los sueños se trabaja, por los sueños vale la pena vivir. Pero cuando alguien puede comprar los sueños con dinero, todo pierde el sentido. Quizás alguien se enriquezca, pero el fútbol definitivamente se empobrece con esto”, afirmaba Ángel Martínez, un jugador del Sabadell. En definitiva, como canta la Fundación de Raperos Atípicos de Cádiz, la FRAC, “el fútbol ya no es lo que era”. No hay ninguna duda, hoy el balompié es menos balompié que ayer. Y el “Against modern football” está más justificado que nunca. No, no es un eslogan gratuito, es una defensa a ultranza de la esencia del deporte rey, una declaración de guerra contra el fútbol-negocio.

Con todo, algunas veces los astros se alinean y el fútbol nos regala imágenes de una belleza extraordinaria, imágenes que son agua para los sedientos románticos del balompié. Mientras nos lamentábamos por la incomprensible llegada de jugadores saudíes a nuestro fútbol, la noticia del regreso de Robin van Persie al Feyenoord de Róterdam, el club en el que creció como futbolista, tras 14 años en el extranjero se convirtió en una de las grandes noticias del mes. Se convirtió en un momento mágico, de aquellos que nos permiten reencontrarnos con un pasado añorado: como cuando, en El Ilusionista, Edward Norton regresa a Viena como el mejor de su disciplina después de una larga etapa viajando por todo el mundo para aprender las oscuras artes del ilusionismo; como si hubiera una segunda parte de El indomable Will Hunting y Matt Damon y Robin Williams volvieran a sentarse en un banco para rememorar sus vivencias juntos. “Lo mejor de irse es volver”, que reivindica el cantautor catalán Pau Vallvé.

 

“Lo mejor de irse es volver”

 

La vida de Van Persie ha sido atípica desde su nacimiento. De hecho, antes de que Robin llegara al mundo, su padre, artista de profesión, acudió a una adivina que le dijo que tendría tres hijos: dos niñas, primero, y un niño, después. “Cuando esto se cumpla regresaré para escuchar el resto”, respondió, desconfiado, Bob van Persie. La vidente acertó y, en agosto de 1983, cuando Robin tenía tan solo unas semanas, se encontró con la mujer por segunda vez y escuchó, incrédulo, como ésta le aseguraba que su hijo “sería un rey en los campos de fútbol y en el equipo nacional de Holanda”, según recordaba en 2013 en The Independent.

Además, la adivina también vaticinó que Robin tendría problemas en el colegio: una vez más, tuvo razón. Cuando Van Persie tenía cinco años, sus padres se separaron y tuvo que irse a vivir con su madre, también artista. La cosa no fue muy bien, así que la mujer terminó por pedir ayuda a su exmarido. “¿Puede Robin vivir contigo? Es inmanejable y solo quiere estar contigo”, afirmó entonces. Ciertamente, Bob era el único refugio para el pequeño Robin, un cuerpo extraño que no encajaba demasiado en una familia de artistas (en la actualidad, sus dos hermanas también lo son) y en la que la única conexión con el fútbol procedía de su abuelo, que había jugado de portero en algunos equipos modestos de los Países Bajos.

 

“La escuela era el infierno porque tenía que dejar el balón en el suelo. En el exterior era libre”

 

Como tantas otras veces, la cruda situación doméstica afectó sobremanera en el rendimiento académico del joven. Robin, un chico de Róterdam que no se deshacía de la pelota ni para hacer la compra, no hacía los deberes y no estaba atento en clase. Tan solo podía pensar en su mundo, en el fútbol. “La escuela era el infierno porque tenía que dejar el balón en el suelo. En el exterior era libre”, reconocía el propio van Persie hace unos años. Por suerte para él, su padre decidió desoír los consejos de los profesores que, preocupados por el futuro del niño, le repetían que lo alejara del fútbol para que se centrara en lo más importante, los estudios.

Pero el sitio de Van Persie estaba en la calle. En concreto, en una de las pistas de fútbol del conflictivo barrio de Kralingen, donde Robin se juntaba con sus amigos. Precisamente, aquella cancha constituye la metáfora más acertada para ilustrar su niñez: el terreno de juego estaba rodeado por una malla de alambre, pero él no se sentía enjaulado como en la escuela. “Cada balón que tocaba con su pie izquierdo era como si estuviera acariciando a una chica. Mezclaba movimientos lentos y rápidos como si fuera un barman preparando cócteles y era brillante en el disparo”, destacaba, en 2014, el periodista de The Guardian Leo Verheul, amigo personal de Bob van Persie y conocedor del talento de su hijo desde que éste era un crío.

 

“Mezclaba movimientos lentos y rápidos como si fuera un barman preparando cócteles y era brillante en el disparo”

 

Allí, en aquella pequeña pista de Kralingen desde la que repetía que quería ser el mejor futbolista del mundo, Robin vivió uno de sus episodios más peligrosos de toda su vida. Como explicaba Verheul: “El balón cayó en un jardín y se escuchó un gruñido. Un hombre enorme, aparentemente bebido, salió de la casa gritando ‘¡Vosotros, bastardos africanos! [Van Persie era el único del grupo que no era de origen marroquí] ¡Os dije que os fuerais a tomar por el culo!’. Pero justo cuando iba a doblarse para confiscar el balón, uno de los chicos saltó al jardín y se lo llevó gracias a su habilidad futbolística. El hombre estaba furioso y quería patear al chico, pero él era demasiado rápido y se escapó con una gran elegancia. Al final, el hombre perdió el equilibrio y cayó al suelo. Los chicos se escaparon, aunque no tenían por qué hacerlo: podían jugar allí y habían sido atacados por un racista alcohólico. Cuando visité a Robin en Londres, me dijo: ‘Aquel hombre siempre nos estaba insultando y molestando. Se rompió la pierna él mismo, pero tras aquel incidente escogimos otra pista cercana'”.

Tras dar sus primeros pasos en el Excelsior, un club de la ciudad de Róterdam en el que Robin permaneció durante ocho cursos y en el que dejó un recuerdo imborrable (una de las tribunas del Stadion Woudestein todavía lleva su nombre y, en el bar del estadio, justo al lado de varias fotografías suyas, hay un mensaje escrito por el propio delantero: “Traté de darle al fútbol lo que él me da a mí: amor. Gracias por aquellos hermosos años”); Van Persie llegó al Feyenoord, a su Feyenoord, a los 13 años. Finalmente, el día 3 de febrero de 2002, Robin cumplió el sueño de cualquier chaval de la ciudad: jugar un encuentro con el primer equipo del conjunto de De Kuip. Y, tan solo tres meses más tarde, fue un poco más allá al ser titular en la final de la Copa de la UEFA que enfrentó el Feyenoord con el Borussia Dortmund de Jens Lehman, Tomás Rosicky, Jan Koller y Ewerthon, entre muchos otros grandes nombres… Y que acabó coronando al conjunto de Róterdam, que se impuso por un ajustado 3-2.

La irrupción de Van Persie, que al término de la temporada 01-02 fue premiado con el galardón al mejor talento joven de la Eredivise, fue una gran noticia para los seguidores del Feyenoord. De hecho, por aquel entonces, repetir la excelente delantera del equipo (Bonaventure Kalou, Jon Dahl Tomasson, Robin van Persie y Pierre van Hooijdonk) debía ser uno de los grandes placeres de una hinchada que, tras muchos años de decepciones y frustraciones, volvía a sentirse orgullosa del equipo que, en aquel lejano 1970, se había convertido en el primer conjunto holandés en ganar una Copa de Europa. Sin embargo, en marzo de 2002, cuando no hacía ni tan solo dos meses del debut oficial de Van Persie con el Feyenoord, algo empezó a truncarse en el vestuario de De Kuip. Van Hooijdonk, un auténtico prodigio de la naturaleza en los tiros de falta, era el encargado de ejecutar los lanzamientos a favor del conjunto que dirigía Bert van Marwijk. Sin embargo, en un partido contra el RKC Waalwijk disputado ante 50.000 aficionados, Robin, un tipo tan descarado como para rechazar el coche proporcionado por los sponsors del club y comprarse un Mercedes, pensó que una falta era mucho más indicada para un zurdo como él, así que apartó a su compañero con un empujón y disparó a portería con un chut que obligó al portero visitante a intervenir para evitar el gol. “Pierre estaba furioso, igual que van Marwijk. Van Hoijdoonk no olvidaría aquella humillación y esperó su oportunidad para vengarse. Antes del inicio de la nueva temporada, él y Paul Bosvelt [el capitán del equipo] le pidieron al entrenador que tratara a Van Persie adecuadamente. Querían que lo relegara al banquillo, y así fue”, rememoraba Leo Verheul.

La situación explotó el 27 de agosto, en un encuentro de la previa de la Champions League contra el Fenerbahçe. Según contaba el periodista de The Guardian, “15 minutos antes del final del partido, el entrenador mandó a Van Persie a calentar, pero al cabo de un par de minutos le hizo sentarse otra vez porque pensó que no estaba motivado. Van Persie se puso furioso y cuando van Marwijk les dio la mano a todos los jugadores después del silbido final él lo rechazo. Fue el principio del fin. Los dos años siguientes estuvieron en guerra”. Efectivamente, a partir de aquel incidente, la relación entre el delantero de Róterdam y el técnico de Deventer, con quien se reencontraría en la selección unos años más tarde, se degradó hasta al punto de que el primero, a pesar de ser ya un futbolista de contrastada calidad, llegó a actuar en varios encuentros con el filial del Feyenoord. En uno de estos partidos, el 15 de abril de 2004, van Persie se enfrentó al segundo equipo del Ajax y vivió otro episodio traumático. “Había 4.000 fans muy cerca de los jugadores, que no tenían ninguna protección: no había vigilantes, tan solo vallas bajas. La parte más fanática del público de Ámsterdam estaba bebiendo cerveza y fumando hierba, abucheando y escupiendo a los jugadores del Feyenoord y lanzándoles botellas de bebida, pero Van Persie jugó maravillosamente. El ojeador del Arsenal Steve Rowley estaba allí y, tras verlo batallar contra un equipo tan duro y contra unos espectadores tan agresivos, decidió que ya había visto suficiente”, detallaba Verheul. Y añadía: “En los últimos minutos del choque, van Persie anotó el 1-1 y lo celebró mandando un beso a los aficionados del Ajax. Tras el pitido final, 40 matones lo persiguieron. Le dieron puñetazos y puntapiés y lo tiraron al suelo. ‘No quiero exagerar’, dijo Van Persie, ‘pero pensé que iba a morir. Durante semanas o no podía dormir o me levantaba bañado en sudor tras otra pesadilla'”.

En verano de 2004, el Arsenal, siempre tan atento a la captación de nuevos talentos, desembolsó 4,5 millones de euros para hacerse con un atacante de 21 años que desembarcó en Highbury con el aval de haber logrado 21 goles en 76 partidos oficiales con el Feyenoord. A pesar de empezar como suplente de José Antonio Reyes en la banda derecha, la primera temporada de Van Persie en Inglaterra, que empezó con la consecución de la Community Shield y que se cerró con un título en la FA Cup y con la primera convocatoria con la Oranje, no hizo más que confirmarle como uno de los futbolistas más prometedores de la escena internacional. Con el paso de los años, Arsène Wenger consiguió domar el áspero carácter de un Van Persie que, tras la dramática marcha de Thierry Henry al Futbol Club Barcelona, se erigió en la gran referencia del conjunto gunner. Después de ocho temporadas entre Highbury y el Emirates Stadium, el holandés había marcado 131 goles y había repartido 55 asistencias en 276 partidos con la camiseta del Arsenal, se había convertido en el ídolo indiscutible de la afición local y había llegado a ser el capitán de aquel equipo que admiraba cuando tan solo era un niño que corría por las calles de Róterdam. Parecía una historia de amor perfecta e interminable, pero acabó de repente cuando Robin se dio cuenta de que quizás nunca alzaría ningún título importante con el Arsenal, de que quería saborear las mieles del éxito antes de que fuera demasiado tarde; así que, en 2012, decidió escuchar “la voz del niño pequeño que llevo dentro” para aceptar la oferta del Manchester United. “Estoy enamorado de este club, del estadio, del público, de la atmosfera. Soy un gunner y siempre lo seré, pero también soy un ganador. Siempre he querido ganar”, aseguró, emocionado.

Los Red Devils abonaron algo más de 30 millones para ficharle; una cifra muy superior a los 4,5 que había pagado el Arsenal ocho años antes, pero que resultó ser completamente insuficiente para llenar el vacío que van Persie dejó en los corazones de los gunners. Una vez en Mánchester, la primera decisión que tomó Robin constituyó una demostración inequívoca de sus intenciones, de su carácter ganador: escogió lucir el ‘20’ en su camiseta porque quería ayudar al United a conseguir su título de liga número 20. Y la relación entre los Red Devils y Van Persie no pudo empezar de una forma mejor: en su debut en el Teatro de los Sueños, se estrenó como goleador con su primer chut; al término de su primera campaña en Mánchester, el equipo celebró la Premier League y él se hizo con el premio al máximo goleador del torneo por segundo curso consecutivo, algo que, en los 25 años de la competición, tan solo han conseguido cuatro delanteros más: Alan Shearer, Michael Owen, Thierry Henry y Harry Kane.

El rendimiento de van Persie decreció significativamente después de aquella extraordinaria primera temporada, aunque aún tuvo tiempo de adornar su hoja de servicios en Mánchester con una Community Shield y con una treintena de goles más. Robin, en definitiva, ya había alcanzado lo que más deseaba: alzar, por fin, una Premier League. Por eso había decidido cambiar el Emirates por Old Trafford, porque el holandés es un animal competitivo. De hecho, el propio Van Persie explicó en las páginas de The Guardian que en su casa tenía una mesa de ping-pong en la que retaba a todos los visitantes. “Los gano a todos. Lo mejor es cuando gente como yo que no suporta perder quiere otro set. Los gano una y otra vez hasta que se ponen furiosos. Entonces me rio. Es divertido”, reconocía. Con todo, en 2015, Robin puso fin a una etapa de once años en el fútbol británico y apostó por emprender una nueva aventura en el Fenerbahçe, en la Süper lig turca. Allí continuó marcando goles ( hasta 40 tantos en 91 encuentros oficiales) y siguió dejándose ver en competiciones europeas, pero el sentirse lejos de un contexto de primer nivel como el de la Premier League fue incentivando una idea presente en la mente de Van Persie desde el verano de 2004: regresar al Feyenoord, a su Feyenoord.

 

Los caminos del Feyenoord y de Van Persie volvieron a unirse 14 largos años después

 

El círculo acabó cerrándose en enero; cuando, en un desenlace de película, los caminos del Feyenoord y de Robin van Persie volvieron a unirse 14 largos años después. “Bienvenido a casa, Robin”, rezaba el emotivo mensaje con el que el histórico conjunto de Róterdam oficializó el regreso de uno de sus hijos pródigos. Robin tenía ya 34 años y el tiempo, inalterable, había logrado camuflar aquella sonrisa de niño travieso, pero era igualmente cierto que, a pesar del lastre de las lesiones, Van Persie mantenía toda su técnica, su elegancia, su talento, su extraordinaria visión de juego y su olfato goleador. Tenía 35 primaveras, pero continuaba siendo un delantero letal, un tipo de los que viven por y para el fútbol. “El fútbol siempre ha sido mi gran amor. Antes solía dormir con un balón”, admitía en 2014. Y, en la misma entrevista, añadía: “Aún soy un niño. Un niño con un único deseo: jugar al fútbol”.

En definitiva, en Robin Van Persie, tan solo había cambiado una cosa desde que se marchó de Róterdam en 2004. Catorce años después, regresó convertido en un atacante totalmente contrastado: no quedaba ninguna duda acerca de su calidad, su rendimiento en el Arsenal y en el Manchester United constituían un aval incontestable. Y es que, además, cuando volvió a Róterdam, lo hizo siendo el máximo goleador histórico de la selección, con 50 tantos en 102 partidos. Muchos de ellos todavía permanecen en la memoria colectiva, como el espectacular gol de cabeza que le marcó a España en el Mundial de Brasil en un encuentro de infausto recuerdo.

La belleza de aquel tanto fue tan excepcional que Bob van Persie, un hombre que proclama que “hay arte en el fútbol”, sintió la necesidad de recrear el vuelo imperial de su hijo en una escultura. Y es que, aunque no sea un artista como sus padres (una vez admitió que no veía las cosas igual que ellos: “Pueden mirar un árbol y ver algo increíble, mientras que yo solo veo un árbol”), lo que el futbolista ha conseguido a lo largo de la carrera que llegará a su fin el próximo mes de junio también es verdaderamente asombroso. Quizás en realidad no hay tanta distancia entre él y su familia. Quizás Robin van Persie sea también un artista.

En una imprescindible entrevista en The Independent, Bob reconocía que era plenamente consciente de que su vida no iba a ser eterna. “Es ahora o nunca. Quiero hacer muchas cosas más, pero el tiempo corre. A medida que te haces mayor, los días se hacen más cortos”, enfatizaba. Después de hasta 18 temporadas en el frío mundo del balompié profesional, Robin debe sentir un poco lo mismo. Más aún tras hacer público que colgará las botas al término de la presente temporada. Sin embargo, sabedor de que el final se presenta más cercano que nunca, el delantero de Róterdam aún sueña con regalarle unos cuantos goles más a la hinchada que le vio hacerse un nombre. Robin van Persie, aquel chico que creció en la pista enjaulada de Kralingen mientras soñaba abrazado a un balón de fútbol, quiere saborear lo que es ver sonreír a todo De Kuip una vez más. Al menos, una vez más.