El pianista Glenn Gould decía que no le gustaba ir a conciertos, salvo a los suyos, a los que asistía religiosamente. Yo tampoco soporto a los ídolos, salvo a los míos, a los que defiendo como si fueran a meterlos por error en la cárcel. No recuerdo el momento exacto. Sé que pasó cuando era pequeño. Un amigo de mis padres vino a casa a cenar después de un viaje y trajo dos camisetas, una para mí y otra para mi hermano. La mía era de un rojo gastado, tenía la publicidad de una videoconsola y detrás, en blanco, un ’10’ y la palabra Bergkamp escrita con letras afiladas. No había visto nunca un partido suyo. Con los ídolos de la infancia sucede como con la familia, los miedos, los peluches o las primeras zapatillas: no se eligen, van incluidos en la cesta. La primera camiseta de fútbol que me compraron en mi vida fue la de un holandés que jugaba en un club extranjero. Aquel acontecimiento extraño dejó una marca en un punto inhóspito de mi cuerpo. El hombre que me hizo el regalo debió verme desubicado. Me dijo que ese futbolista era de los mejores, porque conseguía que lo más difícil pareciera asequible. Años después conecté esa frase ininteligible con otra que leí de Manuel Vicent en una crítica de cine: “Ya se sabe que ser un buen actor o es muy fácil o es imposible”. Supongo que esa noche me metí en la cama y traté de imaginar quién era el jugador que se escondía detrás de ese nombre: pongamos que lo concebí moreno, bajito, musculado pero ligero, botas blancas y brazos tatuados. Fallé, por supuesto. Hoy día no reconocer a Bergkamp en una foto es peor que no saber la capital de Alemania. Hacerse mayor es convertir el mundo en un artefacto definido, como mover suavemente el objetivo de la cámara para enfocarlo. Ahora que ya he descubierto lo que era capaz de hacer el genio -se movía por el campo con la cadencia de una melodía, como si más que el balón tocara la armónica-, me hago una pregunta seria. ¿Cuántas estrellas había entonces que se apagaron por el camino? ¿Por qué ese golpe de suerte? ¿Por qué Bergkamp y no otro? Que alguien a quien idealizaste a los siete años lo sigas pudiendo idealizar a los 28 es un milagro. No tiene ningún sentido. No esconde una enseñanza para el futuro. Bergkamp es un chollo. Bergkamp no se parece a la vida. No hay declaraciones lamentables, no hay citaciones judiciales, no hay decadencia infausta. Solo videos retro pululando por las redes que confirman que en el césped era un marciano. Por eso, de esa clase de ídolos duraderos no puedes estar orgulloso, sino simplemente agradecido. Después de todo, tú no hiciste nada: fueron ellos los que vinieron a buscarte.

 


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Fotografía de Getty Images.