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Rashidi Yekini, el fantasma de El Molinón

El delantero nigeriano Rashidi Yekini llegó al Sporting en 1995 con la vitola de estrella. Pero algo estaba roto en su interior. Su paso por Asturias evidenció que algo iba mal

Yekini

Este reportaje está extraído del #Panenka155, un número que sigue disponible aquí

 

La noticia trascendió en mayo de 2012. Y no pasó desapercibida. Era una tragedia nacional que dejó a muchos atónitos. Rashidi Yekini, el jugador cuyo grito de celebración en el Mundial 94 marcó una época en el fútbol nigeriano, había fallecido a los 48 años. Los mentideros de Ibadan ratificaban la terrible realidad: Yekini moría después de años padeciendo una severa enfermedad mental, aislado y tristemente desconectado del mundo que una vez estuvo a sus pies. “No puede ser verdad. No me lo creo”, lamentaba Segun Odegbami, excapitán de la selección, que ponía palabras al shock en el que se había sumido el país. Yekini es aún hoy el máximo goleador de la historia de Nigeria y siempre será el héroe que marcó el primer gol de la selección en una Copa del Mundo. Pero el camino que tuvo que recorrer desde la cima hasta el dramático final fue de un dolor insoportable.

Hace 30 años, una mezcla de promesas incumplidas y falta de esperanza lo llevó hasta España. La etapa en el Sporting de Gijón, en la temporada 95-96, fue corta, estadísticamente anodina y suele quedar olvidada bajo los grandes pasajes de su carrera. Sin embargo, esa breve estancia en El Molinón, más que un desafío profesional, fue un punto de inflexión que marcó su implacable declive. Sería en la liga española donde el calvario del delantero empezaría a salir a la superficie. Su capítulo en Asturias no fue una anécdota: fue el inicio del desmoronamiento de un hombre lleno de talento.

LA HERIDA

Para comprender la llegada de Yekini a Gijón, se debe recordar la impresión que causó en su punto álgido. En el Vitória de Setúbal portugués, el nigeriano dominó a placer, con 91 goles en 114 partidos que le valieron el premio al Jugador Africano del Año de 1993. Su rendimiento le abrió la puerta a un grande de Grecia, el Olympiacos, en la campaña 93-94, justo antes del Mundial que se disputaría aquel verano en Estados Unidos. Este último dato es el que da un giro al relato: la Copa del Mundo no fue su trampolín al fútbol europeo, sino un triunfo colectivo e individual cosechado justo cuando su carrera ya se empezaba a tambalear. La forma como celebró aquel gol en Dallas, metido dentro de la portería, aferrado a la red, se convertiría en un símbolo del orgullo de todo un país. Pero también fue, en gran medida, la explosión emocional de alguien sumido en una crisis personal y profesional.

Pocos entendieron mejor la importancia de aquel momento que el técnico que dirigía entonces a las ‘Super Águilas’, el neerlandés Clemens Westerhof. El exseleccionador, que había dedicado cinco años a construir aquel grupo, siempre señaló el compromiso de Yekini como el principal impulso del conjunto nigeriano. “Rashidi era un fenómeno, lo era todo para aquel equipo”, señaló Westerhof años después, al recordar la magnitud de lo logrado. “Aquel gol que le marcó a Bulgaria no solo fue de Nigeria, sino de toda África. Sacudió toda la presión con la que llevaban años cargando. Aquel grito entre las redes liberaba completamente a todo un país. Todo eso nos dio Rashidi”, valoraba. El grito de Dallas era la expresión de “un gran hombre que se esforzaba por demostrar que aquel todavía era su mundo, aunque la tormenta ya se cernía sobre él”, apunta Adewale Adeoye, veterano comentarista deportivo nigeriano, que explica que “aquel tanto le sirvió como escudo, le ayudó a evadirse de las dificultades que ya empezaba a atravesar en Grecia. Cuando todo el mundo lo veía como un triunfador, él ya estaba sintiendo aquella herida”. El peso psicológico que arrastraba era inmenso, una carga de la que sus colegas más cercanos eran conscientes. Jay Jay Okocha, uno de los mejores futbolistas que ha dado Nigeria, resumía así la clave de la profesionalidad intachable de Yekini: “Sabía lo que hacía y siempre estaba listo para servir como inspiración. Recuerdo no pocas ocasiones en las que necesitábamos uno o dos tantos y Yekini se aseguraba de hacerlo posible: los defensas siempre pasaban un mal rato cuando se enfrentaban a él. Esa continua focalización, al tiempo que iba sumando goles, la pagó con su equilibrio personal”.

La herida se hizo aún más profunda en el ambiente tóxico surgido de la envidia de algunos colegas de profesión. Su excompañero e íntimo amigo Sunday Oliseh confirmó la intensa presión que sentía en los tiempos anteriores a su marcha a España. Oliseh era consciente de los celos enfermizos surgidos entre otros internacionales por los buenos contratos que había firmado Yekini. Esta hostilidad no hizo más que alimentar la predisposición natural del delantero a la soledad. Al cambiar Grecia por España, se apartaba de un éxito que se había vuelto tóxico, a la espera de que una liga como la española le ofreciera la estructura y la validación que tan desesperadamente deseaba. El traspaso, sin embargo, ofrecía un remedio geográfico a una dolencia psicológica, un intento a la desesperada de recuperar un ánimo que ya se encontraba seriamente atormentado.

 

Su Mundial, lejos de ser un trampolín, llegó cuando su carrera ya se tambaleaba; fue una catarsis en plena crisis personal y profesional

 

ESTRELLA SOLITARIA

Yekini llegó a Gijón en el verano de 1995 en busca de refugio y redención. En el equipo asturiano, dirigido por Ricardo Rezza, se crearon unas expectativas enormes. Las de la prensa local estaban por las nubes: Yekini iba a aportar, sin duda, una capacidad goleadora que situaría al Sporting un punto por encima de su eterno estatus de equipo de media tabla.

En sus diez partidos de Liga, en la media temporada que pasó hasta que su aportación se empezó a cuestionar, el balance de Yekini fue escaso: tres goles. Su falta de consistencia era inexplicable. Era potente físicamente, tenía una aceleración explosiva e instinto para finalizar, pero parecía mentalmente distante. Evitaba socializar, lo cual se interpretaba como falta de compromiso. Sus tres goles de aquella temporada llegaron contra el Valencia, el Albacete y el Athletic Club. Fueron tantos en los que dio muestras de sus dotes de rematador. Sin embargo, no fueron suficientes ni para el técnico ni para una afición que le exigía más. Nunca vio portería con la asiduidad que definió su etapa en Portugal. Su irregularidad ponía de manifiesto, no tanto una falta de calidad, sino una especie de bloqueo mental que le impedía congeniar con los que se tenían que encargar de nutrirlo de balones. El motor -su físico- funcionaba, pero el piloto -su cabeza- estaba cada vez más desconectado. Lo evidenciaba su incapacidad para generar vínculos dentro del vestuario, algo fundamental en un fútbol técnico y de combinación como el español.

La soledad absoluta que Yekini padeció en Gijón era una señal clara del colapso total al que se dirigía. Un buen amigo suyo, el exjugador Dimeji Lawal, decía que aquel era un rasgo inherente de su carácter, aunque peligrosamente agravado por culpa de la fama: “Todos le querían, pero no sé explicar por qué no quería socializar con la gente. Siempre estuvo a gusto yendo por su cuenta. Era su naturaleza”, explicaba el exfutbolista. En España, esa “naturaleza” se malinterpretó. Prensa y aficionados lo veían como una estrella internacional muy bien pagada pero arrogante y sin compromiso. En realidad, aquello era un primer síntoma del deterioro de su salud mental. La presión constante, los celos de sus compatriotas y el fracaso que vivió en Grecia empujaron a Yekini, sensible e introvertido, a buscar un retiro emocional absoluto.

El resto de integrantes del Sporting pudieron ver desde dentro su proceso de desconexión. Aunque respetaban su talento, cuando se referían a él mencionaban su aislamiento. Según la prensa local, pese a ser “el jugador de más renombre que había llegado en años, parecía un fantasma”. Esquivaba las clásicas bromas de después del entrenamiento. No buscaba a la prensa, tampoco a sus compañeros. No era prepotencia, sino una soledad profunda que casi daba miedo. La sensación era que uno no podía comunicarse con él. El ambiente en el vestuario cambió: el silencio pesaba más que cualquier gol que hubiera marcado. El sistema del equipo se basaba en el colectivo, y ahí Yekini sufría para adaptarse. Las relaciones se tensaban aún más cuando el delantero sacaba su carácter, por ejemplo, al recibir un mal pase. Era el solista que fracasaba en el intento de integrarse en una orquesta. Su presencia tensionaba más de lo que inspiraba. Un conjunto que pelea por la permanencia necesita cohesión y no a una estrella desvinculada del resto.

La del Sporting fue la etapa en la que su desconexión empezó a pasar factura a su carrera. En el mercado de invierno, club y jugador decidieron separar sus caminos definitivamente, sin hacer ruido. Pese a su potencial, vieron que no valía la pena intentarlo. Su trayectoria, después de Gijón, inició un declive acelerado, con dos experiencias, en el Zúrich y de regreso a Setúbal, cada una menos relevante que la anterior. Emmanuel Amunike, otra de las estrellas de la Nigeria del 94, lamentaba la desaparición del genio de Yekini: “Nadie ocupará su lugar en nuestro corazón. Perdimos una gran oportunidad de conocer su secreto, lo que lo hacía tan especial, esa forma que tenía de marcar, aparentemente tan sencilla. Solo él sabía hacerlo”. Ese secreto estaba tristemente ligado a una inestabilidad psicológica que le hacía insoportable la exigencia de tener que rendir al máximo en todos los partidos, sin excepción.

Yekini

EL ABSIMO DE LA RETIRADA

El colchón económico que le tendría que haber dado estabilidad tras su retirada se fue agotando rápidamente. El periodista nigeriano Bimbo Adeola, que siguió de cerca los problemas de Yekini después de colgar las botas, explica que el desorden financiero del exfutbolista iba de la mano de su creciente paranoia. Adeola relata que “Yekini no solo sufrió una crisis emocional. Sufría por el aislamiento que lo había conducido a su mala situación económica. Lo estafaban con facilidad, y eso no hizo más que alimentar una paranoia que no le permitía fiarse de nadie. Dilapidó su dinero pensando que estaba maldito o que había sido manipulado. La fortuna que acumuló en Europa se desvaneció, no a base de gastarlo, sino por culpa de su profunda desconfianza. Pasó a ser prisionero de su propia riqueza, incapaz de gastársela o de confiar en alguien para que se la administrara”.

La inseguridad y las angustias monetarias agravaron un trastorno bipolar latente y su depresión aguda. El mismo que un día había sido el símbolo del éxito deportivo africano, vivía bajo un profundo sufrimiento en Ibadan, donde se negaba a recibir ningún tipo de ayuda profesional. Destruyó sus propios documentos, entre ellos su pasaporte y sus títulos de propiedad, para romper su último vínculo con la vida pública y exitosa que había llegado a tener. El aislamiento ya era total, alimentado por el miedo y la psicosis. La tragedia estaba agravada por el hecho de que era un icono nacional quien había terminado en la pobreza y la soledad.

La federación nigeriana no había conseguido establecer un protocolo para proteger a sus leyendas, lo que dejó a Yekini solo, a expensas de su delicada salud mental. Lawal se quejaba con amargura de esa deficiencia del sistema: “Todos le queríamos, pero por alguna razón incomprensible no deseaba socializar con otras personas. Siempre le gustó estar solo. Le faltó esa estructura que tendría que haber velado por él cuando colgó las botas. Los clubes profesionales, las federaciones, se llevan la gloria y los goles, pero dejan al deportista en la estacada. No supieron proteger a ese activo que tanto orgullo les había dado pocos años atrás”. Ese abandono, sin embargo, se ajusta al carácter cortoplacista y comercial del deporte profesional.

La hija de Yekini, Yetunde Yekini, no ha dejado de pedir más comprensión por los problemas que atravesó su padre, al tiempo que pone de relevancia el precio humano que tuvo que pagar en sus años de estrella. “Mi padre era un hombre callado. Fue siempre muy reservado. Quería que la gente pensara que estaba bien, que todo transcurría con normalidad. Pero merecía un mejor trato del que recibió por parte de aquellos a los que él se lo había entregado todo. Tenemos que aprender a apoyar a esos jugadores cuando las cámaras ya no los enfocan, antes de que sea demasiado tarde”, señala la hija del mítico exfubolista en declaraciones a esta revista.

 

Yekini destruyó sus propios documentos, como su pasaporte y sus títulos de propiedad, para romper con la vida pública y exitosa que había llegado a tener

 

RECUERDO BORROSO

En las décadas que han pasado desde su única y discreta temporada en España, el recuerdo de Yekini se ha ido desvaneciendo. Es una curiosidad a pie de página, un nombre importante que no fue capaz de ofrecer el rendimiento esperado. Pero para los que han investigado su devastadora cuesta abajo, el paso por el Sporting es fundamental. El vestuario de El Molinón fue el lugar en el que el talento del futbolista se vio finalmente sobrepasado por su desorden mental. Los tres goles que marcó no fueron nada, a fin de cuentas, comparado con la distancia psicológica que mantenía respecto al resto de la plantilla, la entidad y casi todo el mundo en general. La experiencia española probó que esa herida sufrida en Grecia, exacerbada por la envidia en Nigeria, era demasiado profunda como para sanar.

Fue el punto de no retorno de su trayectoria en la élite europea. Hace 30 años, Rashidi Yekini llegó a España con la esperanza de reavivar su carrera. Terminó evidenciando su profunda desconexión. Siempre será recordado por la pasión, la gloria y el alarido del Mundial 94. Pero sus meses en Gijón marcaron el inicio de un epílogo inquietante, el de un delantero superclase que involucionó hasta desaparecer entre el silencio paralizante del abandono. La tragedia de Rashidi Yekini es la de un mundo que lo amó cuando era poderoso pero que lo abandonó en su fragilidad. Es una lección que el fútbol español, y el deporte en general, nunca debería olvidar.

 


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Fotografía de Getty Images.