Todos tenemos una canción que nos devuelve a quienes fuimos. Para algunos mayores será Mediterráneo, de Serrat, o Libre, de Nino Bravo. Para otros, La Gasolina, que marcó recreos, verbenas y primeras fiestas con olor a desodorante barato. Para los aún más jóvenes, quizá sea Viva la Vida, de Coldplay, o Wavin ‘Flag. Para Pogba, esa canción se llama fútbol.
Alguna vez fue el jugador que todos quisimos ser. Imaginábamos que teníamos sus piernas largas, su regate elegante, su descaro, su alegría. Imitábamos sus celebraciones en el recreo y lo mirábamos como se mira a los que parecen venir de otro planeta. Hubo un tiempo en el que a Pogba se le iluminaban los ojos cada vez que tocaba un balón. Jugaba sin miedo, sin la presión del juicio constante, bailaba tras cada gol como si el fútbol fuera un ritual de libertad, y no una obligación. Lo hacía como si aún estuviera en las canchas de cemento de Lagny-sur-Marne, donde aprendió a sonreír con el balón. Era imposible no mirarlo. Y aún más difícil, no sonreír con él.
Pero hoy Paul ya no sonríe como antes. Su figura ha quedado en silencio, atrapada en una sucesión de lesiones, decisiones dudosas y sanciones que han puesto en pausa su carrera. Suspendido por dopaje, enfrentado a un cuerpo que ya no responde como antes y a un futuro que ya no depende únicamente de su talento, Pogba se ha convertido en una sombra de lo que fue.
Cuando irrumpió en la élite, lo hizo como una anomalía hermosa: una mezcla de solemnidad técnica y alegría callejera, un centrocampista con el alma de un bailarín y la imaginación de un niño. Alto, potente, plástico e imprevisible, Pogba parecía no haber sido moldeado en ninguna academia. Más bien daba la impresión de que lo había entrenado el barrio, la música, el instinto.
Cuando irrumpió en la élite, lo hizo como una anomalía hermosa: una mezcla de solemnidad técnica y alegría callejera, un centrocampista con el alma de un bailarín y la imaginación de un niño. Alto, potente, plástico e imprevisible
Se formó en Le Havre, donde desde joven mostró una ambición desbordante. Allí aconteció su primer choque con las estructuras del fútbol profesional. Su fichaje por el Manchester United desató un conflicto legal con el conjunto galo, que acusó al club inglés de romper los códigos éticos del juego. Le Havre acusó al United de inducir a Pogba y a sus padres con incentivos económicos, rompiendo un acuerdo de no captación firmado en 2006, que establecía que Pogba seguiría con el club galo hasta junio de 2010. Pogba, a pesar de su temprana edad, ya entendía que en el fútbol, talento y burocracia no siempre bailan al mismo ritmo.
En Inglaterra, llegó siendo un adolescente ilusionado. Pero pronto se topó con Sir Alex Ferguson, quien rechazaba su impaciencia y su afán de protagonismo. Esa tensión culminó en 2012, cuando Pogba, que solo había disputado tres partidos oficiales como ‘red devil’, decidió no renovar su contrato y, a espaldas del club, pactó su fichaje con la Juventus. Ferguson lo definió como “una falta de respeto” y admitió sentirse aliviado con su salida. Pero mientras el United lo juzgaba por la decisión que tomó, en la Turín lo recibían con los brazos abiertos.
En el norte de Italia floreció. No solo destilaba clase, sino que encontró en Arturo Vidal al socio perfecto. Juntos formaron una dupla temible que guió a la Juve a cuatro Scudettos consecutivos, dos copas y dos supercopas. Vidal y Pogba eran como uña y carne. Se entendían sin mirarse. Como si hubieran creado un idioma que solo lograban entender ellos. Eran el equilibrio perfecto entre la furia y la fantasía, entre la garra del sur de Chile y la elegancia de los suburbios parisinos. A Pogba le gustaba decir que con Vidal “jugaba más libre”. Y no era casualidad. Arturo se encargaba del trabajo sucio, del desgaste, del sacrificio táctico y eso le permitía a Paul soltarse, levantar la cabeza y pensar en la siguiente genialidad. Como cuando uno va de copiloto con alguien de confianza: no hace falta mirar el GPS, solo relajarse, bajar la ventanilla y disfrutar del trayecto. Así era con Vidal.
Pogba, con el dorsal ‘10’ a la espalda, tatuajes visibles, moños que solo un loco como él podría hacerse y un regate que parecía más una declaración de estilo que un simple recurso técnico, se convirtió en el icono de una nueva generación. Demostró que no hacía falta esconder la personalidad para ser respetado, que se podía bailar y ganar, que uno podía ser auténtico sin tener que pedir disculpas.
Pogba, en Turín, demostró que no hacía falta esconder la personalidad para ser respetado, que se podía bailar y ganar, que uno podía ser auténtico sin tener que pedir disculpas
Jugaba sin miedo. Sin temor al fallo, sin cargar el peso de las expectativas. Jugaba para él, y al hacerlo, nos recordó que el fútbol también puede ser alegría, espontaneidad, celebración. Que hay algo sagrado en jugar como si no te estuvieran mirando.
En 2016 regresó al Manchester United por una cifra récord: 120 millones de euros. El chico que se había ido por la puerta de atrás volvía como el fichaje más caro del mundo, pero tras seis años, lo máximo que pudo saborear fue el metal plateado de la Europa League y una Copa de la Liga. Ni la sombra de una Premier. Solo los restos del banquete. Una paradoja más en la carrera de un genio que no encajaba en los moldes.
En Mánchester llegaron los juicios. Las críticas que lo señalaban por tener más márketing que rendimiento, por hablar demasiado, por disfrutar demasiado. El reencuentro con los ‘red devils‘ no fue sencillo, Pogba fue señalado desde el primer día. A pesar de algunos momentos mejores, nunca logró encajar del todo. Se esperaba que obedeciera, que se ajustara al sistema, que renunciara a su exuberancia para cumplir con lo que se le pedía. Pero Pogba nunca supo fingir. Ni quiso. Nunca jugó como los demás, y quizás por eso se convirtió en el blanco más fácil: por lo que hacía, sí, pero sobre todo por lo que representaba.
En 2018, aún así, todavía como jugador del United, tocó el cielo con la selección francesa. Fue el alma del vestuario, el líder emocional de un equipo joven y ambicioso. En el campo, se transformó: recuperó balones, distribuyó juego, marcó goles. En la final contra Croacia anotó un tanto con su pierna menos hábil, la izquierda, coronando un torneo que lo vio madurar como futbolista total. Pero lo más impresionante fue lo intangible: sus arengas en el vestuario, su papel de hermano mayor, su capacidad para sostener a Mbappé, Kanté o Griezmann cuando más lo necesitaban. Pogba fue el puente entre generaciones, el pegamento que mantuvo unido al equipo. Ese Mundial no solo confirmó su talento: lo consagró como un líder de verdad. Como un campeón capaz de ganar sin dejar de ser él mismo.
Pero el fútbol, fiel a su lógica implacable, no tuvo compasión. Su declive no fue repentino, sino lento y doloroso. Una lesión tras otra lo fueron alejando del campo, y cuando por fin volvió a vestir de nuevo la camiseta de la Juventus, su cuerpo ya no respondía igual.
El 20 de agosto de 2023, su carrera cambió para siempre. Pogba dio positivo por testosterona en un control antidopaje realizado tras un Udinese-Juventus, un partido del que ni siquiera llegó a disputar un solo minuto.
Declaró que se trataba de un error involuntario, que jamás quiso hacer trampas y que el suplemento que había ingerido contenía la sustancia prohibida sin estar debidamente etiquetado. Pero el daño ya estaba hecho
Pogba declaró desde un inicio que se trataba de un error involuntario, que jamás quiso hacer trampas y que el suplemento que había ingerido contenía la sustancia prohibida sin estar debidamente etiquetado. Pero el daño ya estaba hecho. En marzo de 2024, la justicia deportiva italiana lo sancionó con cuatro años de inhabilitación, cuatro años lejos del verde, cuatro años sin poder hacer lo que más amaba. Una condena devastadora para un futbolista que ya acariciaba el ocaso de su carrera. Y, sin embargo, no se rindió. No se quedó callado. Peleó, insistió, luchó. Apeló al Tribunal de Arbitraje Deportivo (TAS), presentó pruebas, contrató a expertos y sostuvo su inocencia en cada entrevista: “Solo quiero que me devuelvan lo que amo”, dijo con la voz entrecortada. El TAS, en junio de 2024, confirmó la sanción, pero la redujo sustancialmente (de cuatro a dos años) al considerar que el jugador había tomado la sustancia sin saberlo.
Pogba, aunque abatido, no se escondió. Siguió entrenando en solitario. Publicó mensajes de resiliencia. Y esperó. Porque, como dijo Friedrich Nietzsche, “aquel que tiene un porqué para vivir puede soportar casi cualquier cómo”. Y Pogba nunca dejó de tener un porqué: su amor por el juego, por reencontrarse con esa sonrisa perdida y por volver a ser esa versión de sí mismo que solo existe cuando tiene el balón en sus pies.
Hasta que en junio de 2025, el AS Mónaco decidió ofrecerle una última oportunidad.
Ahora muchos lo ven como una luz al final del túnel. Otros, como una linterna que ya no alumbra. Pero si algo ha demostrado Paul a lo largo de su carrera es que no se rinde cuando el partido parece perdido. No sabemos cómo responderá su cuerpo. No sabemos si volverá a ser quien fue. Pero quizá aún le quede una última jugada. Una última sonrisa.
Como escribió Gabriel García Márquez, “no hay medicina que cure lo que no cura la felicidad”. Pogba fue feliz. Jugó feliz. Y si alguna vez vuelve a serlo, quizá también vuelva el jugador que todos quisimos ser.
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Fotografía de Getty Images.









