Casi nadie en A Coruña había oído hablar de aquel central que reclamaba con tanta insistencia el entrenador del Deportivo, John Benjamin Toshack. Su diagnóstico de los males del equipo era tan contundente como la solución que proponía: al Dépor le faltaban ‘un par de cabrones’ y uno de ellos tenía que ser Noureddine Naybet. Fue uno de los fichajes más anónimos del Dépor en el verano de 1996, cuando desembarcaron en el equipo jugadores del lustre de Rivaldo, Songo’o o Flavio Conceiçao, pero nada le impidió convertirse en poco tiempo en el gran caudillo de Riazor.

En realidad, ya se había hecho un nombre en su país (ganó la Champions africana con el Wyad de Casablanca, su ciudad natal) y también en Francia (jugó en el Nantes y L’Équipe lo incluyó entre los diez mejores jugadores de la Ligue 1), así que a sus 26 años, la afición del Dépor descubrió a un jugador ya curtido, sin complejos y dispuesto a ser el líder que pedía Toshack. Fue un central contundente, siempre bien colocado, con un buen manejo de balón y un gran desplazamiento en largo, quizá un poco lento pero compacto en el cuerpo a cuerpo. Y dueño de una personalidad muy afilada: le gustaba mandar. De hecho, daba tantas órdenes y gesticulaba tanto que sus compañeros lo llamaban ‘el semáforo’.

 

Riazor le recuerda con una pizca de nostalgia y lamentando que ya no haya centrales como los de antes

 

Fuera del campo nunca fue diplomático: en A Coruña aún recuerdan sus enfrentamientos con la grada y sus discusiones en el vestuario. En otras ocasiones, la polémica le llegaba de rebote, como cuando en su país le acusaron de haberse santiguado antes de un Deportivo-Sporting de Gijón. Hubo incluso quien pidió que le apartaran de la selección por infiel, pero Naybet argumentó que había sido un acto reflejo al ver a dos compañeros haciendo el gesto religioso.

En 1999 estuvo a punto de irse al Real Madrid: Toshack entrenaba en Chamartín y volvía a necesitar ciertas dosis de mala leche, pero Lorenzo Sanz y Lendoiro no se pusieron de acuerdo. Precisamente en Chamartín jugaría Naybet uno de sus partidos más gloriosos con el Dépor, en la noche del ‘Centenariazo’. El más amargo fue el último: Pierluigi Collina lo expulsó en la vuelta de las semis de la Champions ante el Oporto (2004). Salió del equipo con más dolor que gloria, pero como sucede en estos casos, el tiempo lo dulcifica todo, también su carácter volcánico. Por eso Riazor le recuerda con una pizca de nostalgia y lamentando que ya no haya centrales como los de antes.

 


Este texto está extraído del interior del #Panenka93, un número que sigue disponible aquí.


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Fotografía de Getty Images.