En Brasil, durante años, hablar de Garrincha era contar una historia feliz. Al talento de Magé lo apodaban ‘La alegría del pueblo’; una etiqueta nacida en la calle y repetida durante años por la prensa nacional, porque su fútbol parecía hecho para arrancar sonrisas en un país que las necesitaba.
Extremo derecho legendario del Botafogo, campeón del mundo con la selección en 1958 y 1962, fue criado en Pau Grande y su cuerpo, enjuto y maltrecho, parecía desafiar a la lógica, aunque su talento nunca aceptó límites. En sus pies, el fútbol parecía un lugar donde la tristeza no tenía cabida.
“Nunca jugué con nadie ni contra nadie mejor que Garrincha. En el campo éramos compañeros. Fuera del campo, hermanos”, afirmó Pelé en un mensaje que publicó en sus redes sociales en 2018.
Garrincha regateaba sin pensar en el resultado, como si ganar o perder fuera lo de menos. En el césped encontraba una forma de huir de todo lo demás y de hacer creer a la gente que, durante noventa minutos, la vida podía ser un poco más sencilla. Pero el verdadero problema apareció cuando dejó de jugar y descubrió que fuera del fútbol nada era tan fácil. Cuando la pelota desapareció de su vida, Garrincha se quedó solo con sus fantasmas.
“Nunca jugué con nadie ni contra nadie mejor que Garrincha. En el campo éramos compañeros. Fuera del campo, hermanos”, afirmó Pelé
Garrincha cerró su carrera profesional en 1972, jugando sus últimos partidos con el Olaria del Río de Janeiro, lejos de los grandes escenarios. A partir de ese momento, la vida se puso cuesta arriba. El consumo desmedido de alcohol, que ya era un hecho durante su etapa como futbolista, pasó a ocupar el centro de sus días. Bebía para dormir y para olvidar, era incapaz de ponerse límites y no sabía qué hacer con su cotidianidad después de que el deporte hubiera terminado para él. Pelé, que lo conoció como pocos, admitió años después que fuera del campo Garrincha era un hombre frágil, alguien que necesitaba ayuda y nunca la tuvo.
El punto de inflexión llegó, precisamente, fuera del terreno de juego. Conduciendo un coche familiar, acompañado por Elza Soares, cantante brasileña y su pareja en aquel momento, una de sus hijas y su suegra, Garrincha perdió el control del vehículo y provocó un accidente en el que murió la madre de Elza. El exjugador fue juzgado por conducir ebrio y condenado a dos años de prisión, pena que cumplió en libertad condicional.
A partir de ahí, todo empezó a desmoronarse. A los problemas personales se sumó el contexto político: la dictadura militar brasileña empujó a Garrincha y a Elza Soares a abandonar el país a comienzos de los años setenta, en un exilio que compartieron con otros artistas e intelectuales. Mientras músicos como Caetano Veloso o Gilberto Gil se instalaron en Inglaterra, Garrincha y Elza probaron suerte en el sur de Europa. Vivieron en Italia, donde coincidieron con Chico Buarque y donde Garrincha estuvo cerca de fichar por el Milan, aunque la transferencia nunca se cerró. Tampoco prosperó un intento posterior de recalar en el Benfica de Portugal.
Cuando regresaron a Brasil, la situación había cambiado por completo. Garrincha seguía siendo ‘La alegría del pueblo’. Incluso era más querido que Pelé. Pero ningún club quería asumir su fichaje. Empezó a ser ignorado por dirigentes y antiguos amigos. En 1973, un club canadiense intentó contratarlo para una gira de partidos de exhibición, pero la operación se gestionó tan tarde que solo pudo jugar dos encuentros y cobrar una fracción de lo pactado.
“Así es la vida. Ayer corrían a mi casa para tirarme flores y hoy ni siquiera se toman la molestia de llamarme, incluso sabiendo que necesito dinero”, se lamentó Garrincha
“Así es la vida. Ayer corrían a mi casa para tirarme flores y hoy ni siquiera se toman la molestia de llamarme, incluso sabiendo que necesito dinero”, se lamentó Garrincha en declaraciones a la prensa brasileña en 1973.
El jugador terminó arruinado. Nunca supo gestionar el dinero que ganó como futbolista en una época en la que no existían contratos millonarios. Gastó sin pensar en el futuro, confió en personas que se aprovecharon de él y ayudó a familiares y conocidos hasta quedarse a cero. En 1974, sus ex compañeros organizaron un partido homenaje en el estadio Maracaná para ayudarlo económicamente, alarmados por su deterioro físico y su dramática situación financiera, aunque ya parecía tarde.
Con 41 años cumplidos y las botas colgadas, Garrincha tenía nueve hijos reconocidos y se estimaba que a esa cifra había que sumarle cinco más. Se casó más de una vez, mantuvo múltiples relaciones y dejó vínculos rotos por el camino. El jugador no supo vivir solo, pero tampoco consiguió mantener una relación estable. “Garrincha era como un niño. No sabía vivir”, dijo de él Elza Soares en una entrevista concedida al diario O Globo.
Elza Soares no fue una figura secundaria en su vida, todo lo contrario. La cantante, tres años mayor que Garrincha, venía de la pobreza extrema y ya era una artista reconocida cuando se conocieron. Su relación fue tan intensa como polémica, marcada por el alcohol, los desencuentros y la violencia. En 1976, Elza puso fin al vínculo, agotada por los problemas y las peleas. Años más tarde, hablaría de ese tormento sentimental a través de su música, usando las canciones para explicar el amor y el dolor que vivió junto a Garrincha.
En el césped encontraba una forma de huir de todo lo demás. Pero el verdadero problema apareció cuando dejó de jugar y descubrió que fuera del fútbol nada era tan fácil
El cuerpo de Garrincha, castigado durante años, empezó a fallar sin remedio. Murió en 1983, con 49 años, a causa de una congestión pulmonar, pancreatitis y pericarditis, dentro de un cuadro clínico de alcoholismo crónico. Fue un final anunciado, demasiado temprano y demasiado cruel para alguien que había hecho feliz a un país entero.
El día de su funeral, sin embargo, Brasil volvió a abrazarlo. Miles de personas fueron a despedirlo, como si Brasil entero quisiera pedirle perdón. Garrincha murió sin dinero, agotado y enfermo, pero la gente nunca lo olvidó.
Al saber de su muerte, el poeta brasileño Carlos Drummond de Andrade escribió unas líneas que resumían lo que Garrincha había significado para sus compatriotas: “Fue un pobre y pequeño mortal que ayudó a un país entero a suspender las tristezas. Lo peor es que las tristezas vuelven y no hay otro Garrincha disponible. Se necesita un Garrincha nuevo que nos alimente el sueño”.
Quizá ahí esté la verdad más dura de su historia: Garrincha se vino abajo, y lo hizo solo. Cuando dejó de jugar, el fútbol que tanto lo había aplaudido ya no estuvo ahí para sostenerlo.


