Las relaciones fraternales son algo así como un Tom y Jerry llevado de los dibujos animados a la vida real. Putadas a mansalva, piques y jugarretas por doquier. Aunque en el fondo siempre pensé que entre ese gato y ese ratón había más cariño del que quería mostrarnos el león de la Metro-Goldwyn-Mayer. Yo imaginaba a Tom -el gato, para los insensatos que nunca vieron la serie- como el hermano mayor al que le caían las broncas. Y Jerry, por ende, era el pequeño travieso que no podía vivir tranquilo sin ver como al pobre Tom le caía palo tras palo. Supongo que así son las conexiones entre hermanos, un quien te quiere te hará llorar, como yo imaginaba aquellas aventuras de Tom y Jerry.

Desviándome de la serie de dibujos, lo de ser el hermano pequeño tiene sus pros y sus contras, como todo en esta vida. ¿Lo bueno? Las broncas suelen caerle al mayor, tienes más libertad y menor sobreprotección de parte de tus padres. Por otro lado, también existen inconvenientes: el chico de los recados, no tienes ni voz ni voto y las ‘galletas’ caen una detrás de otra de parte del mayor. A todo ello, si el primogénito destaca en algo, la comparación estará siempre a la orden del día. Imagínense llamarse Brian y ser buenísimo jugando al fútbol. En el patio del colegio todos te querrían en su equipo. Al salir de clase, el ‘primer capi’ ya sabría a quién escogerá sin tener ni que pronunciar tu nombre. Pero, por la noche, al llegar a casa te encuentras con Michael, el hermano mayor, un genio con la pelota en los pies. Supongo que algo así empezaría la historia en casa de la familia Laudrup.

Michael y Brian llevaban el fútbol en la sangre por culpa de su padre, Finn, un futbolista danés de los años 60 y 70 que sumó 19 internacionalidades con la selección absoluta. Sus hijos pronto empezaron a destacar en el Brondby y de allí dieron el salto a los mejores equipos del continente. El problema para uno de ellos sería la eterna comparación con el otro. Mientras a Michael se le quedaba pequeña la liga danesa, a Brian aún nadie le conocía.

 

La mayor diferencia entre los dos Laudrup, y quizá la más trascendente, era ese ‘algo’ más que convierte a un buen futbolista en uno grande. Michael lo tenía, a Brian le faltó alcanzarlo

 

Pasaron los años, llegó 1989, y el mayor de los Laudrup ya había descubierto que el fútbol italiano no era su lugar en el mundo. Demasiados defensas a los que sortear con las camisetas de la Lazio y la Juventus. Cruyff, de manera inteligente, le puso una alfombra roja para que guiara el juego de su Barcelona a inicios de los 90. Y en el lustro en el que en el Camp Nou una pancarta rezaba ‘Enjoy Laudrup’, su hermano pequeño había seguido sus pasos, aunque sin tanto ruido. Marchó de Dinamarca con rumbo a Alemania para jugar en el Bayer Uerdingen y en el Bayern de Múnich, yendo su rendimiento de más a menos. Después vendría su aventura italiana, donde tuvo una de cal y otra de arena. Un buen año en Florencia y otro sin protagonismo en el Milan -aunque su palmarés se engrosara con una Serie A y una Champions League-.

A partir de 1994, justo después de que la final de la Champions League se perdiera un duelo fratricida por culpa de las decisiones de Johan Cruyff y Fabio Capello, el mundo futbolístico separó definitivamente el recuerdo que quedaría de los dos hermanos. A la vez que Michael disfrutaba de sus últimos años de plenitud al otro lado del puente aéreo, con cuatro años menos en sus piernas, el fútbol de Brian se estancaba. Si el mayor de los Laudrup seguía su impecable carrera en el Real Madrid, su hermano pequeño se debía conformar con la liga escocesa, donde conquistó tres campeonatos ligueros con el Glasgow Rangers. Tuvo un intento de retorno al más alto nivel con el Chelsea, pero resultó fallido y acabó sus días como futbolista en el 2000 vistiendo la camiseta del Ajax, la misma con la que se había despedido su hermano dos años antes tras una breve aventura en el fútbol japonés.

La presentación de Michael Laudrup sobre el terreno de juego es más que innecesaria, su fútbol hablaba por sí solo. Que una auténtica leyenda de este deporte como Franz Beckenbauer se refiera a él como “el mejor de los 90”, después de destacar a Pelé, Cruyff y Maradona en las tres décadas anteriores, es quizá una de las demostraciones más obvias para entender la magnitud de aquel fino mediapunta que parecía flotar sobre el césped cuando el balón entraba en contacto con sus pies. Brian, que también se movía por cualquier costado del frente de ataque, compartía con Michael esa elegante conducción que les caracterizaba a ambos. La mayor diferencia entre los dos Laudrup, y quizá la más trascendente, era ese ‘algo’ más que convierte a un buen futbolista en uno grande. Michael lo tenía, a Brian le faltó alcanzarlo. “Brian es como mi espejo, puede hacer la mismas cosas que yo e incluso mejor, se siente muy bien jugar con él”, explicó Michael durante el Mundial de Francia’98, el único torneo de selecciones en el que ambos rindieron a un gran nivel defendiendo los colores de su país y llevándolo hasta los cuartos de final.

Ahora, con perspectiva y con el paso del tiempo, cuando alguien menciona ese apellido, sobre todo aquí, en España, todos damos por hecho que se habla de Michael. ¿Brian? ¿Quién diablos es Brian? Pues Brian es el tipo que condujo a Dinamarca de la playa al éxito en aquel verano del 92, mientras el ‘bueno’ de los Laudrup veía a sus compañeros por la televisión apartado del equipo nacional, el pequeño de la saga fue el líder de la mayor gesta nunca vista en tierras danesas. Es el hermano al que no desconvocaron en Atenas dos años después con una final de la Champions en juego, aunque tuviera que ver el baile de sus compañeros rossoneri desde el banquillo. También es ese Laudrup que no tuvo que huir de tierras italianas ante el temor de consumar su fracaso en el catenaccio ante las expectativas puestas en él. Y al final, a pesar de estas últimas cuestiones en las que el pequeño superó a su hermano mayor, Brian siempre será ‘el hermano de Michael’. Pero, ¿quién no quisiera tener un hermano que juega al fútbol como Michael? Si para eso hay que ser su sombra, yo lo acepto seguro.