La de Suecia’92 sería la última Eurocopa disputada por ocho selecciones. Hasta entonces solo siete países (más el anfitrión ya clasificado) tenían el privilegio de acudir a una cita en la que potentes selecciones quedaban fuera debido a la igualdad que había en las fases previas de clasificación. En esa última Eurocopa con el formato antiguo, la anfitriona Suecia, Yugoslavia, Francia e Inglaterra quedaron encuadradas en el Grupo A. En el B, Holanda, Alemania, Escocia y la selección de la Comunidad de Estados Independientes (CEI) se disputarían las otras dos plazas para estar en las semifinales. Pero un giro en los acontecimientos cambió el devenir de un torneo que quedará marcado en los anales de la historia de las Eurocopas.

Para empezar, ya sorprende el hecho de ver entre los participantes a la CEI, creada en diciembre de 1991 para poner punto y final a la historia de las repúblicas soviéticas unidas. El año siguiente arrancaba con la disolución de la Unión Soviética y su equipo nacional se había clasificado para disputar la Eurocopa que tendría lugar en Suecia, por lo que la CEI agrupó a una selección de futbolistas exsoviéticos para jugar el torneo. A esta curiosidad, al torneo se le sumaba un problema con otra de las selecciones clasificadas: Yugoslavia estaba sumergida en la Guerra de los Balcanes, el país vivía un convulso momento y Eslovenia, Croacia, Macedonia y Bosnia ya habían proclamado su independencia del país.

Ante el panorama en el que estaba la península balcánica, la FIFA tomó cartas en el asunto. ”Yugoslavia será excluida de las competiciones internacionales durante todo el tiempo que se prolongue el bloqueo decretado por las Naciones Unidas”, manifestó Joseph Blatter. Esta sentencia del que fuera presidente de la FIFA pilló a los futbolistas daneses con los pies descalzos sobre la arena de las playas donde tenían pensado pasar el resto de sus vacaciones. Al haber quedado segunda en el grupo en el que se encontraba Yugoslavia, la UEFA le ofreció la plaza vacante a Dinamarca.

Faltaban dos semanas para que empezara la Eurocopa en Suecia y el seleccionador Richard Moller Nielsen tuvo que preparar la convocatoria de inmediato. Fue llamando uno a uno a los futbolistas con los que contaba para ir a Suecia. Los jugadores se mostraban incrédulos ante lo que estaba sucediendo. A regañadientes y sacudiéndose los granitos de arena que aún quedaban enganchados entre los dedos de sus pies, iniciaron, sin saberlo y sin creerlo, una de las gestas más extrañas e impensables que se recuerden. Y si el cuento de hadas ya era bonito de por sí, los daneses lo hicieron aún más épico si cabe. Porque Michael Laudrup, el mejor futbolista danés de todos los tiempos, declinó la convocatoria por discrepancias con el seleccionador por el estilo de juego que desplegaba el equipo. Él quería un fútbol de ataque y con vocación ofensiva, pero Moller Nielsen siempre había sido fiel a un estilo más conservador, defensivo y de mucho físico.

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En su estreno en la Eurocopa, Dinamarca sacó un empate a cero contra Inglaterra. Parecía extraño que una selección que había viajado a Suecia de rebote pudiera lograr un resultado positivo ante una plantilla que, sobre el papel, era muy superior a la suya. Después, cayó en el segundo partido ante los anfitriones por 1-0. La clasificación para las semifinales se complicaba. Más aún, viendo que el último partido de la fase de grupos era contra la Francia de Jean-Pierre Papin, Éric Cantona y Didier Deschamps, con Michel Platini en el banquillo. Pero saltó la sorpresa. 2-1 a favor de Dinamarca y el pase a la fase eliminatoria como segunda del Grupo A. En semifinales plantó cara a la Holanda que cuatro veranos antes había enamorado al Viejo Continente con un Marco van Basten estelar y le llevó hasta la suerte de los penaltis después de que Frank Rijkaard igualase el partido a dos goles cuando el reloj se acercaba al último minuto. Desde los once metros no falló ningún danés y Peter Schmeichel hacía más grande su leyenda al parar el lanzamiento de van Basten. Dinamarca viajó directa desde las tumbonas de la playa hasta la final de esa Eurocopa.

Sin preparación, sin entrenamientos y casi sin la credulidad de que podían hacer historia, el 26 de junio había once daneses plantados en el césped del Estadio Ullevi de Goteborg escuchando el himno nacional antes de jugar la final del campeonato ante Alemania, la vigente campeona del mundo. Parecía una auténtica locura, pero más alucinante era que ese equipo improvisado alzase el trofeo. Y así fue. Tumbaron a la primera Alemania unificada que disputaba un gran evento futbolístico. Jensen adelantó a los daneses en el primer tiempo y Vilfort sentenció la final cuando faltaban poco más de diez minutos para alcanzar la gloria. Con un fútbol directo y sin excentricidades, con una selección de urgencias, sin su mejor jugador en la convocatoria y sin siquiera clasificarse para el torneo, la selección de Dinamarca firmaba la mayor de las proezas que ha dado el fútbol en su país.