La primera vez que pisé el Camp Nou fue en un encuentro del Barça contra el Albacete. Mi inconsciente siempre ha querido creer que fue en el partido de la temporada 04-05 en el que Leo Messi celebró el primero de los más de 600 goles que ha firmado vestido de azulgrana al batir a Raúl Valbuena con una bella vaselina. Pero no. BDFútbol dice que no fue así. Es curioso como tendemos a deformar nuestro pasado para hacerlo más bonito, como acentúa Enrique Ballester en una de las columnas que se recogen en el maravilloso e imprescindible Barraca y tangana. Mi primera vez en el feudo culé tuvo que ser un año antes, en el duelo entre ambos equipos de la 03-04. No recuerdo cómo fue ni uno de los cinco goles que le endosó el cuadro de Frank Rijkaard, obra de Xavi Hernández, Javier Saviola, Ricardo Quaresma, Edgar Davids y Luis Enrique, al de César Ferrando. Pero lo que sí que sé es que el Alba estaba ahí, al otro lado.

 

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Estar ahí. Eso es lo que anhelaban los apenados aficionados del Albacete en la década de los 70, cuando su equipo navegaba en la Regional Preferente murciana; condenados a aferrarse, para sobrevivir, a aquellas dos breves incursiones, cada vez más lejanas en el tiempo, que el cuadro castellano-manchego hizo en la categoría de plata del fútbol nacional; a mediados de siglo y a principios de los 60. Las cosas empezaron a cambiar en la 81-82, cuando el Albacete ascendió a la Segunda División B. Y las cosas cambiaron definitivamente en el atardecer de los 90, cuando desembarcó en el Carlos Belmonte un joven semidesconocido que respondía al nombre de Benito Floro. Ni siquiera había cumplido la cuarentena, pero cambió la historia del Albacete para siempre; dotando a un club que tradicionalmente había malvivido abrazado a la tristeza, a las desgracias, a les desilusiones, de un gen ganador, competitivo, desacomplejado.

Tan solo había entrenado dos campañas en Segunda B, al Olímpic de Xàtiva y al Villarreal, pero Floro se erigió en un teórico, en un estratega, de métodos casi matemáticos, que lideró al Alba hasta proclamarse campeón del grupo III de la categoría, logrando el ascenso a la categoría de plata del balompié español. El barcelonés Pedro Corbalán, con 26 goles, y el castellano Antonio López Alfaro, con 18, fueron los otros dos padres del primer gran éxito del Queso Mecánico, un conjunto tan sólido, tan solidario, en el aspecto defensivo como vistoso, alegre, eléctrico, en el ofensivo. Para afrontar la quinta aventura del Albacete en Segunda División, aterrizaron en el Carlos Belmonte piezas que acabaron siendo fundamentales como el meta costarricense Luis Gabelo Conejo, protagonista de una historia increíble, que puede leerse en El último cromo del #Panenka86; el defensa Juan José Juárez, el atacante Julio Soler o el centrocampista ‘charrúa’ José Luis Zalazar, el hombre que se convirtió en el buque insignia del Albacete, en el referente, en el alma, en el catalizador del fútbol del equipo de un Benito Floro que ejerció de relojero para complementar el hambre de los Corbalán, López Alfaro, Manuel Salvador (‘Manolo’), José María Cabrera Menéndez, Rafael Collado (‘Coco’), Francisco Javier Mármol (‘Catali’) o Pedro Parada con el contrastado talento de los recién llegados; para amasar, para coser, un conjunto histórico que en la 90-91 materializó una de las grandes proezas del fútbol de los 90 al celebrar el segundo ascenso seguido en apenas dos campañas; al convertirse, por primera vez en toda su historia, en equipo de Primera División. El sueño del ascenso a la élite se hizo realidad el 9 de junio del 1991, el día en el que dos dianas del omnipresente Zalazar le dieron al Albacete el título de campeón de Segunda. Y el salvoconducto para embarcarse en una aventura preciosa.

José Luis Salazar es el jugador que más partidos ha disputado (180) y que más goles ha marcado (57) con el Albacete en Primera. Es, para muchos, el mejor jugador de la historia del conjunto del Carlos Belmonte.

La confianza de Floro en el potencial de aquel bloque, de aquellos futbolistas que habían llevado al Albacete de Segunda B a Primera División por la vía más rápida posible, era tal que tan solo hizo falta apuntalarlo con la llegada de hombres como Delfí Geli, Francisco Javier Oliete, Juan Antonio Chesa, Daniel Toribio Aquino, Sócrates Parri, el boliviano Marco Antonio Etcheverry o un joven Ismael Urzaiz. El conjunto del Carlos Belmonte, orgulloso representante de la España vaciada, del siempre tan olvidado fútbol manchego, se estrenó en la máxima categoría perdiendo en El Sadar por 2-0. A los pupilos de Benito Floro les costó aclimatarse al nuevo ecosistema, pero, en cuanto encajaron todas las piezas, el equipo empezó a avanzar a velocidad de crucero. Así lo ilustran las hasta 15 jornadas consecutivas imbatidos que llegaron a encadenar entre la jornada diez y la 24. “El Albacete está dispuesto a hacer historia. Floro y sus jugadores se despidieron entre el delirio y gritos de ‘torero, torero'”, apuntaba la crónica de Mundo Deportivo del encuentro entre el Albacete y el Atlético de la 19ª jornada (3-1), la última de una primera vuelta que el cuadro del Carlos Belmonte cerró en la quinta posición, con los mismos puntos que los ‘colchoneros’ o el Sevilla, “dos históricos con presupuestos que casi triplican el del club manchego”. El Albacete estaba desatado, enloquecido. Convertido en la revelación del campeonato, había irrumpido con tal fuerza en Primera que estaba haciendo temblar los cimientos del panorama futbolístico español, incapaz de comprender que aquel recién ascendido que había perdido el miedo a codearse con la aristocracia se atrincherara en las posiciones europeas, como hizo desde la jornada 22 hasta la 36, la antepenúltima de la liga.

El Albacete quiso hacer honor al “¡Europa, prepárate!” que Catali había proclamado desde el balcón del ayuntamiento aquel inolvidable 9 de junio, pero le faltó aire en los últimos metros de la carrera. Y, después de ver como todas sus esperanzas de desvanecían al perder por 4-1 contra el Atlético de Madrid en la última jornada, acabó pereciendo en la orilla, a tan solo un punto del sexto clasificado, un Zaragoza que se llevó el último de los billetes para participar en la Copa de la UEFA la campaña siguiente. Los pupilos de Floro acabaron el curso con 40 puntos, con 16 victorias, ocho empates y 14 derrotas: seis de ellas en las diez primeras jornadas; seis de ellas en las últimas ocho jornadas. ¿Qué hubiera pasado si el Alba se hubiera habituado antes a la categoría? ¿Qué hubiera pasado si al Alba no le hubieran temblado las piernas en los últimos partidos? Poco importa ya saberlo ahora, 30 años después. Más vale quedarse con el irrompible recuerdo de aquella salvajada, de aquella temporada en la que el incombustible e irrepetible Queso Mecánico de Benito Floro conquistó los corazones de todos los futboleros.