Ratsimandresy Ratsarazka llegó muy cabreado al partido. Las decisiones arbitrales de las últimas jornadas habían perjudicado claramente a su equipo, el Stade Olympique L’Emyrne “SOE”, y no dudaría en volver a calentarse con el mínimo indicio de derrota. Coincidía que esa noche el mismo entrenador y su plantilla visitaban el estadio del máximo rival del club de Madagascar, el AS Adema, que, obviamente se presentó a la cita dispuesto a apabullar al enemigo que tan ‘tocado’ llegaba al encuentro. Así pues, el árbitro dio comienzo a un partido que empezó de manera aparentemente normal pero transcurrió de manera tan surrealista que ha acabado registrándose en el Libro Guinness de los Récords.

Como no podía ser de otra manera, la primera acción dudosa que protagonizó el colegiado sirvió para encender al técnico Ratsarazka, que, totalmente fuera de sí y maldiciendo con furia el colectivo arbitral tuvo una brillante idea: convertir su desesperación en una protesta insólita. Acto seguido y con el partido en curso, reunió a todos sus jugadores y con pocas pero contundentes palabras logró convencerles de que debían empezar a encajar goles en propia puerta sin parar y a un ritmo milagroso. Con seguimiento marcial, los once futbolistas del SEO no dudaron en sacar el balón del centro del campo y empezar a disparar contra su propia red. Hasta llegar a 149 goles al final del partido, 1,6 por minuto, uno cada 36 segundos.

La escuadra rival, atónita sobre el terreno de juego, se convirtió en un espectador más que contemplaba el sádico espectáculo: once jugadores dando un par de toques al balón antes de enviarlo al fondo de la red en la que esperaba su propio portero, deseando ser brutalmente goleado. Y así una y otra vez, mientras los asistentes al estadio desfilaban hacia las taquillas reclamando la devolución de su dinero y el técnico local Rhino Randriamanjaka, aprovechando que el marcador ya había superado el centenar de goles, era totalmente ignorado en su intento de hacer razonar al rival y convencerlos para que disputaran lo que restaba de partido. Absolutamente metido en su papel reivindicativo, el L’Emyrne no paró hasta que el árbitro, casi tan aburrido como los curiosos que aguantaron en sus asientos, señaló el camino a los vestuarios.

Ratsimandresy Ratsarazka consiguió lo que se propuso, que su protesta tuviera repercusión en todos los medios deportivos internacionales y esquivar la humillación de ser derrotado en un partido cualquiera por su principal enemigo. En cambio, logró también ponerse en contra la Federación Malgache de Fútbol, que suspendió al técnico durante tres años, así como a cuatro de los jugadores, sancionados por un año. El resto recibió una multa disciplinaria que les prohibiría formar parte de la selección de Madagascar durante todo un curso.

Ese 31 de octubre de 2002 se rompió además un antiguo récord que había estado vigente durante 117 años. El partido de liga malgache desbancó a uno de la copa escocesa que ostentaba hasta entonces la mayor goleada en un partido de fútbol, que tuvo lugar entre el Arbroath Football Club y el Aberdeen Bon Accord, y en el que el primero endosó 36 goles al segundo, formado por trabajadores del norte del país. Aunque cuando eso sucedió, en septiembre de 1885 era tan común que en la copa se enfrentaran futbolistas de primer nivel contra obreros como frecuentes eran las goleadas descomunales entre unos y otros equipos. Y por supuesto, dicho marcador no fue el resultado de una protesta gestada por un entrenador que transformó su incontrolable cólera en un dato para la historia.

*Foto de la plantilla del AS Adema, antes de un partido jugado recientemente.