La Superliga de Damocles pende sobre el fútbol de clubes y aguarda el momento exacto en el que decapitar a la meritocracia deportiva. Pasará. Curiosamente y en silencio, el denostado fútbol de selecciones se ha adueñado de una vieja máxima balompédica: ‘la Copa de Europa no te concede una mala noche’. Nos enseñaron que ahí se hallaba la esencia del invento, su prestigio y su solera. Ahora la Champions perdona, olvida y satura la parrilla con escalones competitivos que no son sino oportunidades económicas disfrazadas. ¿Cómo es posible que siga siendo el epicentro narrativo pese a su flagrante rentabilidad programada? ¿Por qué cada pausa internacional molesta y corta el rollo si interrumpe dinámicas cada vez menos tribales y creíbles? Las rondas de clasificación nos aburren porque somos meros glory hunters del balón, clientes sobreestimulados que pretenden embarcarse siempre en aventuras Mundiales sin hacer el check-in.

Quien sepa quitar la cáscara al discurso reinante comprobará que las selecciones salvaguardan la anhelada imprevisibilidad del juego, confundida a menudo con la espectacularidad. Sin que sirva de precedente, estadística avanzada y observación ocular se ponen de acuerdo: los duelos internacionales tienen menos nivel. Y qué. También entregan las llaves del redondo destino a la demografía en lugar de solo al dinero y disponen de escaso margen de error. Que se lo pregunten a Portugal, obligada a añadir dos incómodas escalas de camino a Catar por culpa de ‘una mala noche’ ante la meritoria Serbia. Italia no conocía la derrota desde 2018, pero ‘una mala noche’ frente a Macedonia del Norte canceló su vuelo para siempre. Cuatro empates costaron carísimos a la resacosa ‘Azzurra‘, noqueada por un latigazo de Trajkovski que me recordó en fondo y forma al de Galletti a Los Galácticos en 2004. Aunque se llame parón, esconde la adrenalina que todos buscan y no encuentran por no saber mirar más allá de los clubes. Los récords de imbatibilidad proliferan entre las selecciones sin garantizar que un país toque metal o se acerque. Como si fueran universitarios con cosas mejores que hacer, los internacionales se concentran una vez por trimestre y encienden el interruptor de mala gana. Los códigos saltan por los aires. La regularidad es relativa. En medio del caos, el patriota Bale se postula como digno heredero del mitológico jugador de selección, una suerte de Podolski posmoderno con buen swing.

Italia no da crédito. Paraíso, Infierno, Purgatorio. El relato se frota las manos ante la Commedia de la vigente campeona de Europa. No acudió al Mundial previo a su coronación y no acudirá al posterior. Cuando despierte del mal sueño (está en ello), le caerán otros cuatro años encima. Un ciclo mundialista es la única unidad temporal con la que sabemos medir la dicha y la desgracia, por eso nada tendrá sentido cuando se disputen cada dos años. La debacle de Palermo fue un preciso retrato de la ‘Nazionale‘ post-Wembley: inmovilismo técnico y táctico, ternura competitiva, falta de ideas y de gol y una autocomplacencia que ningún campeón sortea. La gestión del éxito basada en la gratitud y las decisiones del seleccionador —la ausencia de ellas— describen una parábola conocida. Tras España’82, Italia no se clasificó para la Euro’84 y firmó un discreto Mundial de México y al triunfo de 2006 siguieron los resbalones de Sudáfrica y Brasil y las incomparecencias de Rusia y Catar.

 

En Italia se profesa la religión de la suerte. La buena y la mala, claro. Cábala, fortuna, superstición y azar son armas de doble filo. Explican lo inexplicable

 

¿Cómo explicaremos mañana que It’s Coming Rome se quedó en fugaz canción pegadiza? Porque el fútbol no corre, vuela. Los de Mancini se durmieron en los laureles. Más que recordar lo que hicieron el último verano, olvidaron que el ingrediente secreto de la pócima era jugar con la mano en el corazón. Competir con energía y pasión y tapar, de paso, los viejos galones del escudo. Corales y despreocupados, gli azzurri habían conseguido lo más difícil, que en Italia nunca es ganar, sino convencer a todo el país de que el trayecto hacia el qué puede ser más corto y es más bello si se cuida el cómo. Cuando el resultado exigió tangibles y prosa, volvieron los malos tiempos para la lírica y los intérpretes se quedaron sin musas. Campioni del fondo, escribió Giuseppe Pastore en un duro editorial en Il Foglio sobre “la noche más oscura de nuestra historia futbolística, más incluso que la gesta al contrario de 2017. Al fin y al cabo, se trataba de España y Suecia, no de Suiza y Macedonia del Norte”.

El derrumbe itálico fue a la vez estruendoso y sordo, inenarrable y predecible. Su regusto amargo ha reabierto debates tan dispares como la edad media de los debutantes en Serie A, la afición de los jóvenes por Netflix y el pádel o los niños que, como es sabido, juegan al balón en la calle cuando la selección va bien y dejan de hacerlo cuando pierde (enfadados por el resultado, suben a casa y encienden la consola). Los futbolistas pasaron de héroes a niñatos que dejan el vestuario patas arriba. Cada cual ve lo que quiere ver en un grupo que abanderó el ‘andrà tutto bene’ pandémico y se distrajo después de sus obligaciones, como tantos ciudadanos, embelesado en el enésimo lema de autoayuda. Italia preparó la repesca mirando el retrovisor. De repente, dejó de sentir que no tenía nada que perder para afligirse por no tener nada que ganar. Muchos pensábamos que esta generación no necesitaba volver a ver un Mundial desde el sofá para valorar lo que no tuvo en 2018. Estábamos equivocados.

Sin contar con la absentista Italia, el último Campeón del Mundo que faltó a la cita planetaria fue Uruguay en 2006. Su memorable actuación en 2010 pareció saldar la deuda. Francia e Inglaterra no fallan desde el 94, España desde el 74, Argentina desde el 70 y el motor diésel alemán desde el 50. Brasil no ha faltado nunca y nadie se atreve a asegurar si un Mundial sería válido sin su samba. Italia intentó tomar impulso con una pizca de victimismo, en ese terreno pragmático de maximización de recursos que tan buen resultado le dio en el fútbol antiguo. Cuanto peor estamos, mejores somos. Portugal debía ser el monstruo final antes del monstruo final. Sin embargo, alguien hizo trizas el guion y ahora no salen las cuentas. Un consuelo de tontos: en el próximo Mundial, las selecciones UEFA aumentarán de 13 a 16. Un mal chiste para aligerar el luto: Cristiano no podía faltar al torneo cuyos entresijos éticos hacen que la fe del hincha se tambalee. Un dato ventajista para sesudas tertulias: Maldini, Totti o Pirlo debutaron en Serie A con 16 años. Barella, Locatelli o Chiesa con 18. Para algunos, la clave está en el carnet de identidad y no en los pies.

En Italia se profesa la religión de la suerte. La buena y la mala, claro. Cábala, fortuna, superstición y azar son armas de doble filo. Explican lo inexplicable. Alimentan la espiritualidad si sale cara y ofrecen una argumentación fácil y simplista si sale cruz. Bien haría la FIGC en aislar la mala suerte de la ecuación del nuevo Rinascimento. La fe se gana y se pierde, pero nunca empata con las ideas. Duele tropezar en una piedra familiar. Repetir una travesía, alargar un parón que ya era interminable. Macedonia fue un indigesto déjà vu. Lo sé porque estuve entre las 80.000 almas incrédulas que penaban en San Siro en 2017. A medida que avanzaba la segunda parte, la portería sueca se hacía diminuta, como le ocurrió a Berardi la otra noche. Las manos se nos iban instintivamente al rostro, entonces sin mascarilla. Nadie lograba articular palabra. Todos conocíamos el desenlace de una película de miedo que no sabríamos contar. De regreso a casa en un metro lleno de gente vacía, compartí una foto del césped con las banderas italiana y sueca desplegadas (cuando todo era posible). Escribí algo que desafortunadamente hoy mantengo: hay pocas cosas más importantes que un Mundial. Por desgracia, una de ellas es clasificarse.

 


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Fotografía de Imago.