Nunca logro digerir esa simplificación altamente ‘tuiteable’ que afirma que el fútbol le debe no sé qué a no sé quién. Nada de eso. El balón es caprichoso y a la vez ecuánime. Reparte justicia contable al besar la red. Hace extraños, pero no engaña. No para quieto durante 90 minutos y regresa siempre al vestuario con respuestas firmes para quien sepa escucharlas. Por eso Buffon no ganará la Champions que le deben en Parma ni Holanda el Mundial que le prometieron cuando aún lucía pantalón blanco y no era Países Bajos. Vivimos un constante rebranding de nuestras certezas. Pero ellos lo han querido: el ritmo evolutivo del producto permite al menos pasar página sin tasas históricas ni en el debe ni en el haber. Aprobado emotivo general. Sigan, sigan. Antes de que el hermetismo táctico de las eliminatorias nos cambie el relato, el balance de situación de esta Euro arroja números verdes. Gincana de presiones altas sobre el campo, celebración de entusiasmo recobrado en la grada. Alguien podría aventurarse a decir que el fútbol nos lo debía.

Si toda selección juega como canta el himno, Italia amenaza con firmar un insólito doblete Eurovisión-Eurocopa en 2021. Llamémoslo hegemonía artística. Con el ardor elegante de toda la vida, los de Mancini prometen a gritos que siam pronti alla morte antes de despojarse de la chaqueta del chándal con rabia de boxeador. Pita el árbitro y lo cumplen a rajatabla disputando cada pelota como si, más que deberles algo, el fútbol se fuese a terminar al día siguiente. ¿No será Italia la que se siente en deuda con el calcio? Barella, Locatelli y compañía juegan con la mano en el corazón: por entrega pasional y para tapar, de paso, las cuatro estrellas del escudo. Ningún viejo laurel aplaca la efervescencia de un equipo coral, enérgico y protagonista con balón que piano piano ha convencido a todo un país de que el trayecto hacia la victoria se disfruta más entre pinceladas de preciosismo. ¿Catenaccio? ¡’TikItalia’!

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Prandelli recogió la herencia de Lippi y plantó una semilla estilística fundamental, Conte elevó de inmediato el qué (ahora) sin perder un minuto de sueño con el cómo (mañana) y Ventura fue el aciago volantazo que abrió los ojos al movimento calcistico italiano. Tras tocar fondo, la FIGC encargó el renacimiento al impecable Mancini, cuya figura aporta consenso y estabilidad a la tumultuosa Nazionale. El 1-0 ante Gales supuso igualar los 30 partidos consecutivos sin perder de Vittorio Pozzo, un récord vigente desde hace 82 años. Luigi Garlando regaló el piropo definitivo al seleccionador: “consigue que hasta las últimas chaquetas de Armani parezcan elegantes”. El míster controla el fondo y la forma y sus ocho cambios en el once hablan claro; el éxito azzurro pasa por prolongar la intensidad más allá del himno y conseguir que ‘empezar con 1-0’ no sea solo una frase hecha.

Entusiasmarse con cada acto de la Euro tiene una parte de lógica sentimental —el poliamor que consienten las selecciones nos aleja de la toxicidad instalada en los clubes— y otra de genuino instinto futbolero —nos nutrimos de colores, sabores, sonidos y pulsaciones que echábamos de menos—. Vibro con God Save The Queen y con Às Armas. Miro de reojo los cruces, me hago el sueco. Esta emoción adolescente demuestra que la pasión no estaba muerta, sino acaso aletargada. Tarareo Lo Lo Lo Lo y Allons Enfants De La Patrie. En lugar de pedir cuentas al fútbol, se trataba de dejarlo hablar. No me atrevo a pensar que el balón me deba nada, todo lo contrario. Veo partidos en casa de mis padres o de un amigo para que la monotonía invernal de mi salón no mezcle recuerdos y torneos ni iguale veraniegas sensaciones. Me descubro latiendo con Italia. Sei bellissima, tituló La Gazzetta dello Sport con estupor sincero. Sueño una pantalla gigante donde cantar Fratelli d’Italia como uno más y así sentirme partícipe del 1-0. Estoy empadronado en el fútbol.

 


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Fotografía de Imago.