Hiroshima contaba con casi 400.000 almas en 1945. La cúpula militar estadounidense la seleccionó como objetivo porque buscaba arrasar una ciudad relativamente intacta: “Uno de sus problemas fundamentales radicaba en que los blancos más jugosos ya estaban reducidos a cenizas por los grandes bombardeos incendiarios de los meses anteriores. Media Tokio, por ejemplo, había desaparecido. Hasta 67 ciudades japonesas estaban destruidas en mayor o menor grado, junto a un enorme número de otros objetivos. Remover ruinas con un petardazo fenomenal no tendría el mismo impacto psicológico, ni causaría el mismo daño, que desintegrar una ciudad intacta con toda su población”, explica el blog La pizarra de Yuri. Así pues, una vez descartada Kioto por razones no muy claras, Hiroshima apareció en la mirilla norteamericana.

Sin ser una ciudad de gran peso estratégico, esta localidad del sur de Honshu -la más grande de las islas japonesas-, contaba con un castillo medieval, una elite bien formada y un tejido industrial muy ligado a la automoción. Elementos, todos ellos, que explican por qué Hiroshima era una de las capitales del fútbol nipón de la preguerra. El Rijo Shukyu, club local que llevaba el nombre del castillo en su denominación y estaba compuesto por alumnos de los colegios de la ciudad, constituyó uno de los decanos del balompié en el país y su primer dominador, todavía en la época del amateurismo. En 1924, el Rijo Shukyu se alzó con la cuarta edición de la Copa del Emperador -el principial torneo del momento-, logro que reeditó en 1925 al vencer 3-1 a la Universidad Imperial de Tokio. Durante esa década iniciática del fútbol japonés, los equipos representativos de Hiroshima llegarían a la final de la copa en otras dos ocasiones más: dos campeonatos y dos subcampeonatos que hablan a las claras del potencial deportivo de la ciudad.

 

Aritatsu Ogi, que un día jugó contra Pelé, representa la capacidad de recuperación de Japón, de Hiroshima y de los ‘hibakusha’: los bombardeados, los supervivientes de ‘Little Boy’

 

Si el Rijo supone el club de los estudiantes, poco después surge el de los trabajadores. En 1938, ya con Japón en plena espiral militarista y expansionista, se funda en las fábricas el Toyo Kogyo, nombre originario de la principal industria de Hiroshima: Mazda. Apenas le da tiempo a participar en las competiciones nacionales, que quedan suspendidas por el esfuerzo bélico al comenzar la década de los 40. Pero la recuperación económica y social del Japón (y la Hiroshima) de posguerra queda patente cuando a mediados de los 60 se retoma la liga de fútbol: el Mazda Sport Club de Hiroshima se proclama campeón de las cuatro ediciones inaugurales, subcampeón de la quinta -que vence otro conjunto de inspiración industrial, el Mitsubitshi Club- y de nuevo ganador en la sexta. En aquella segunda edad de oro descuella el medio ofensivo Aritatsu Ogi y el delantero Yasuyuki Kuwahara. Los dos, componentes en 1968 de la selección nipona que sorprendió al mundo con su medalla de bronce en los Juegos Olímpicos de México, compartían desde su infancia una misma etiqueta: hibakusha, los ‘bombardeados’, una palabra con la que durante décadas se designó con cierto desprecio a los supervivientes de la deflagración atómica. Ambos habían nacido en Hiroshima tres años antes de que fuera arrasada por la bomba Little Boy. Aún viven.

El estadio del Mazda SC resultó ser uno de los escasos edificios que siguió en pie tras la terrible potencia liberada por Little Boy, equivalente a unas 16.000 toneladas de TNT: unos meses antes, a los aliados les había bastado con una quinta parte de esa fuerza para reducir la ciudad alemana de Dresde a un montón de escombros. El viejo estadio aún continúa en pie, aunque ya no alberga los partidos locales tras los cambios derivados de la introducción, en 1992, de la J-League. Desde entonces, el equipo se llama Sanfrecce Hiroshima y juega en el moderno Big Arch Stadium. El Sanfrecce ha superado dos descensos a segunda, y en 2012 y 2013 volvió a reverdecer viejos laureles al proclamarse por partida doble campeón nipón.

La historia del fútbol en Nagasaki es mucho más breve de recordar: aparentemente no existe hasta la fundación, en 1985, del antecesor del actual V-Varen Nagasaki. Después de vagar lejos del profesionalismo, en 2012 consiguió ascender a segunda división, logrando el ascenso a la J-League en 2017. Así pues, en 2018, los equipos de las ciudades de Nagasaki e Hiroshima se enfrentaron por primera vez sobre un terreno de juego. Y ante tal hecho histórico la federación aceptó la petición de ambos clubes de celebrar el encuentro coincidiendo con el aniversario de la tragedia vivida en 1945. Aquel 11 de agosto el Sanfrecce Hiroshima se impuso al V-Varen Nagasaki por 2-0; repitiéndose el mismo resultado en el partido de vuelta, antes de que el conjunto de Naasaki regresara a la segunda división tras quedar último en su único año en la elite.

De vuelta al pasado, una Nagasaki arrasada fue escenario de un extraño partido de fútbol americano el día de Año Nuevo de 1946. Cínicamente, se le llamó el ‘Atomic Bowl’. La única nota deportiva vinculada al bombardeo de Nagasaki tiene como protagonista un balón ovalado. Dos equipos formados por marines, y encabezados por dos profesionales movilizados durante la guerra, Bill Osmanski y Angelo Bertelli, corretearon durante un rato en un estadio improvisado con tablones y cascotes ante la mirada de unos 2.000 asistentes. La mayoría, soldados, enfermeras y heridos. El ‘Atomic Bowl’ fue noticia al día siguiente en muchos diarios estadounidenses. “Estábamos rodeados por una destrucción total, un escenario terrible”, recordaba en 2005 el coronel retirado Gerald Sanders, uno de los últimos supervivientes del encuentro, al New York Times.

 


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