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Que la vida son trenes que no esperan, y que demasiadas veces solo pasan una vez, Alberto Guitián (1990) lo comenzó a descubrir ya de niño. Desde que el destino situó sus primeros pasos y sus primeros pases en Los Corrales de Buelna, un pequeño municipio cántabro atravesado y vertebrado por las vías del ferrocarril. Ahí descubrió, también, el balompié, y su pasión por las camisetas, las pelotas y las botas. “Cuando mis abuelos me traían las Adidas Predator de turno de Benidorm era el mejor día de todo el año. Si miro atrás veo un montón de recuerdos felices. En casa éramos del Racing y del Madrid. Los domingos siempre íbamos a El Sardinero con mis padres y un grupo de amigos suyos. Comíamos en un restaurante chino y después íbamos al estadio. Era el plan fijo de cada dos domingos. Mis padres incluso fueron a ver el mítico partido del Racing en París, que ganamos por 0-1 con un golazo de Colsa. Yo no pude ir porque estaba en las categorías inferiores y no podía saltarme los entrenos. Fue una pena, igual que fue una pena no haber podido llegar a debutar con el Racing. Es una espinita que siempre tendré clavada”, arranca, desde La Paz, el central cántabro; jugador del Bolívar desde que en invierno rescindió su contrato con el Zaragoza, con el que jugó 72 partidos; a los que hay que añadir 46 con el Valladolid y nueve con el Sporting.

En el cuadro maño, el equipo que en la segunda mitad de la 15-16 le ofreció “la oportunidad de mostrar al Guitián jugador” y de iniciar el camino que ahora le ha llevado hasta Bolivia, Guitián constató, no por primera vez, que existen pocas cosas mejores que sentirse feliz gracias al fútbol y, a la vez, que existen pocas cosas peores que sentirse desdichado por culpa del fútbol. “La temporada pasada subimos al tren del ascenso y no nos bajaba nadie. Nos veíamos incapaces de perder un partido antes del parón por el Covid. Después fue justo al contrario: teníamos que hacer mil cosas para ganar un partido, y con nada nos hacían gol. Nos echaron del tren en marcha. O nos bajamos nosotros sin quererlo, no sé. No nos iban ni la cabeza ni las piernas. Íbamos encaminados a Primera, hasta el punto de que cuando se detuvo la liga el 95% de la gente a la que le hubieras preguntado te hubiera dicho que el Zaragoza sería uno de los equipos que ascenderían seguro, pero pasó lo que pasó, y, aunque no es excusa porque todos teníamos las mismas armas, es evidente que no nos amoldamos a jugar cada tres días y a jugar sin público, sin la presión de La Romareda hacia su equipo, hacia el rival y hacia el árbitro. Los dos partidos de las semifinales del play-off fueron los dos mejores que jugamos posconfinamiento, pero el Elche nos ganó de forma injusta y ahí está, en Primera. Fue duro. Durísimo. Incluso más que el día de Palamós contra el Llagostera. Y este curso tampoco hemos sabido amoldarnos a la realidad, y duele y cuesta. Porque además el fútbol es algo de lo que es imposible desligarse cuando uno se llega a casa. En otros trabajos cuando acaba tu horario laboral puedes desconectar y olvidarte un poco, pero esto del fútbol es algo de lo que nunca se descansa, para bien y para mal, y más en ciudades que lo viven tanto y con tanta pasión como Zaragoza”, prosigue, feliz de haber vestido la camiseta del Zaragoza, el central de Los Corrales de Buelna, de 30 años.

Guitián ha cambiado incluso de continente, pero, a 9.500 de La Romareda, la presión es exactamente la misma, y la elástica del Bolívar pesa exactamente los mismos gramos que la del Zaragoza. “La exigencia es altísima. Es máxima. Incluso ganando, a veces se escuchan silbidos en casa. Es como el Madrid de Bolivia. Estás obligado a ganar todos los partidos y quieren que en el minuto 15 ya vayas 3-0. La camiseta pesa, pero las más bonitas de llevar son las que pesan, y es un orgullo estar aquí. Bolívar es un equipo campeón. Ganador. Protagonista. Y grande. La presión es alta para todos los que estamos aquí, y todavía más para los extranjeros, porque solo podemos estar unos pocos y porque nuestros salarios son más altos. No vale con la firma y con la foto de la presentación, ahora hay que demostrar el nivel y por qué estamos aquí, por qué se nos fichó a nosotros y no a otro extranjero”, añade el ’20’ de un Bolívar que, camino del centenario (2025), avanza con lentes bifocales: mirando al corto plazo con el objetivo de recuperar el cetro nacional y al medio-largo plazo para “ir metiendo la cabeza de verdad en Libertadores”

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Bolívar es el club hegemónico de Bolivia, con hasta 29 títulos de liga, 14 más que el segundo en el palmarés, The Strongest, pero esta temporada no podrá disputar la Libertadores porque fue eliminado en la última ronda previa, tras caer a manos del Junior de Barranquilla, y jugará la Copa Sudamericana. “Fuimos muy superiores en los dos partidos, y es una pena y una espinita que nos queda clavada. Porque nos hubiera gustado jugar la Libertadores y porque solo con los equipos que nos habían tocado en la fase de grupos –River Plate, Fluminense e Independiente Santa Fe– ya hubiera valido la pena venir aquí. Pero ahora tenemos una competición también muy bonita por delante y la afrontamos con muchas ganas”, argumenta Guitián, el tercer español de una plantilla en la que también figuran Álvaro Rey y Àlex Granell y que está dirigida por Natxo González, ex del Real Zaragoza.

Cautivado por la amabilidad y la sonrisa de sus nuevos conciudadanos, y ya aclimatado a la capital más alta del planeta, el futbolista cántabro explica, también, cómo se fraguó su llegada a La Paz: “Supongo que todo el mundo cuando lee este tipo de noticias dice este va a ahí a atracar, pero la verdad es que hay muchos motivos. La propuesta llegó al principio del mercado de invierno y al principio dije que no porque no me había planteado seguir de España. Pero hicieron un esfuerzo grande, siguieron insistiendo y me di cuenta de que mi etapa en Zaragoza se había acabado. Cuando en un equipo te abren la puerta ya es muy difícil darle la vuelta a la situación. Por mi experiencia, por mucho que te empeñes y que trabajes en los entrenamientos, es muy complicado darle la vuelta. Porque siempre te notas el último, y no quería sentirme así porque creía que no lo merecía”. “Se presentó esta opción y la abracé como un gran escaparate, como una oportunidad de descubrir países y culturas a partir del enorme privilegio de ser futbolista y como una experiencia de vida, para mí y para mi familia, y en especial para mi hijo. Creo que es una gran suerte para él. Por las calles ves cosas duras, y mucha pobreza, no es un jardín de rosas, y debe aprender que todas estas cosas también existen y que uno debe valorar lo que tiene”, afirma Guitián, deteniéndose en las palabras padre e hijo y admitiendo que su padre siempre ha sido uno de sus principales referentes: “Tiene una empresa de piscinas y siempre ha sido muy currante. Trabaja mucho, y no vemos el día en que se jubile. Cuando nos íbamos de vacaciones a Benidorm se pasaba el viaje hablando por teléfono con gente. Podíamos hablar con 15 personas durante el viaje antes que con él. Pero, por mucho trabajo que tuviera, nunca se ha perdido un partido mío. Siempre sacaba tiempo para verme, igual que mi madre, y ahora se me está despertando el gusanillo de ayudarle algún día con la empresa y seguir sus pasos”.

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Que la vida son trenes que no esperan, y que demasiadas veces solo pasan una vez, Guitián lo comenzó a descubrir ya de niño. Desde que el destino situó sus primeros pasos y sus primeros pases en Los Corrales de Buelna. Ahí, al ser un pueblo pequeño, descubrió que algunos trenes ni siquiera paran, como pasa en la vida, y que conviene concentrarse en no dejar escapar los que paran, porque si pierdes el que parte de Los Corrales de Buelna a Santander a las 10:45, el siguiente sale a las 12:39. E igual ya es tarde. “El fútbol se fija mucho en el DNI, igual que la vida, y con 30 años no hay que dejar escapar un tren así sin más. Puede pasarte una sola vez en la vida, y si no lo coges puede se te puede escapar para siempre. Yo he decidido cogerlo. Yo nunca he sido muy viajero, pero sí valiente, y en la vida no debes dejarte llevar por el miedo ni cerrarte a nada”, concluye, feliz.

 


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Fotografías de Henry Ugarte.