Escribía Fernando Torres que al saber que Petr Čech se retirará al final de la presente campaña su mente regresó varios años atrás. “Cuando termine la temporada el fútbol perderá otra leyenda”, proclamaba el de Fuenlabrada, escenificando el melancólico sentir de todos aquellos futboleros que, cada vez más huérfanos de los referentes a los que intentábamos imitar en los patios de los colegios, continuamos constatando que el tiempo, implacable, no se detiene. “Creo que he conseguido todo lo que podía conseguir. Tengo muchas ganas de ver lo que me depara la vida fuera de los estadios”, reconocía, en la emotiva carta con la que anunció su adiós de los terrenos de juego, el veterano cancerbero de Pilsen (20.05.1982), a quien lo que siempre le esperará dentro de los estadios es el cariño de quienes crecimos viéndole como un muro infranqueable, como un gigante incomensurable.

La relativa trascendencia histórica de los equipos a los que entregó sus mejores años (el Chelsea y la selección de la República Checa), unida a su carácter tímido y reservado, provocarán que jamás disfrute del reconocimiento que merece por los éxitos que ha ido acumulando desde la solitud de la portería; que su figura envejezca eclipsada por las de arqueros como Gianluigi Buffon, Santiago Cañizares, Peter Schmeichel, Oliver Kahn, Edwin van der Sar o Iker Casillas, seis guardametas, sus seis grandes referentes, a los que Petr Čech, mancado de la aura romántica que les rodea a todos ellos, no tiene nada que envidiarles.

Porque a veces somos injustos, especialmente con aquellas personas discretas que escapan de los focos, que acostumbran a no salir en las fotos. “Petr Čech se caracteriza por jugar con casco desde el año 2006”, afirmaba hace unos días un periódico en un infructuoso intento de resumir la extraordinaria carrera del cancerbero checo. Como si recordáramos a Dalí por su bigote, o a Frida Kahlo por sus cejas. Y es que el casco que acompaña a Čech desde aquel 14 de octubre del 2006 no es más que una anécdota más para glosar su profesionalidad, su irrefrenable amor por el fútbol. El arquero de Pilsen ni siquiera recuerda nada del choque con la rodilla de Stephen Hunt que estremeció el Madejski Stadium de Reading y que le provocó una fractura de cráneo con hundimiento, una grave lesión (“Tiene suerte de seguir vivo”, apuntó José Mourinho) que, después de pasar por el quirófano, le obligó a estar hasta tres meses fuera de los terrenos de juego. “Los médicos le dijeron a Petr Čech, de 24 años, que tenía dos opciones: o esperarse tres años para que terminara de cicatrizar completamente su fractura en el cráneo o jugar con una protección en la cabeza”, relataba Cayetano Ros en 2007 en las páginas de El País, las mismas en las que hace unos años Walter Oppenheimer descubría que el cancerbero de Pilsen “es portero por casualidad”. “Se rompió una pierna cuando de niño jugaba de centrocampista en el equipo de su ciudad, el Viktoria Plzeň, y cuando pudo volver a jugar le pusieron de portero para que no tuviera que correr tanto y se pudiera recuperar con más facilidad”, narraba Oppenheimer.

La casualidad, de hecho, fue doble. Porque, de pequeño, la primera opción para Čech siempre fue el hockey sobre hielo. “No podíamos permitírnoslo por el coste de todo lo que se necesita, así que mi padre, que sabía que disfrutaría igual de cualquier deporte, me apuntó en un club de fútbol cuando apenas tenía seis o siete años. Me encantó desde el primer momento”, reconoció el propio Čech, que, tras de pasar por el Viktoria Plzeň (1989-1999), el Chmel Blšany (1999-2001), el Sparta de Praga (2001-2002) y el Rennes francés (2002-2004), desembarcó en Stamford Bridge a cambio de 13 millones de euros para competir por la titularidad con Carlo Cudicini. “Con la llegada de José Mourinho, todos empezamos de cero.  Eso me ayudó. Cuando me dijo que iba a empezar la temporada como portero titular supe que tenía que aprovechar la oportunidad. Era mi momento”, admitía hace unos años, en la BBC, un Čech que agradeció la confianza del nuevo entrenador blue convirtiéndose en un pieza vital e insustituible de la máquina perfecta que era el Chelsea de Mourinho, un bello homenaje al balompié competitivo e intenso que destacaba por su extraordinaria fiabilidad defensiva, evidenciada en los 1.025 minutos que acumuló el arquero checo sin encajar ni un solo gol y que le valieron para establecer un nuevo récord de imbatibilidad en la Premier League.

Petr Čech, el futbolista que ha vestido en más ocasiones la camiseta de la selección de la República Checa (124), fue uno de los grandes responsables de que aquel Chelsea, que cinco décadas después de alzar su único entorchado inglés saborearía la gloria al celebrar dos Premier League de forma consecutiva (04-05 y 05-06), empezara a convertirse en el gigante del balompié europeo que es en la actualidad. Inolvidables serán siempre aquellas dos eliminatorias de octavos de final de la Champions League contra el Barça de Frank Rijkaard, con dos batallas épicas disputadas sobre el barrizal de Stamford Bridge. “Los del Barça nunca olvidaremos a Čech. Imposible olvidar a un jugador que suponía una tortura cada vez que se enfrentaban Barça y Chelsea, ya en la era Rijkaard. Esas eliminatorias eran angustia y desesperación, pues no existía la forma de marcar. Esa sensación no me la ha transmitido nunca ningún otro portero, ni siquiera Casillas, pues contra el Barça y contra Messi nunca ha sido tan muro”, rememoraba un lector de Ecos del Balón en un artículo en el que Miguel Quintana destacaba que “tras seis partidos, dos semifinales y más de 475 minutos ante el astro argentino, Čech no ha encajado ni un solo gol suyo. Ni uno. Leo no ha podido con el checo en el mano a mano, de falta directa, tras conducción o desde el punto de penalti. Y si Lionel Andrés Messi, el tipo que humanizó a Iker Casillas cuando no lo era, no ha podido con un portero en particular tras tantos partidos y de formas tan diversas, es porque este no es uno más. Es porque Čech no es un portero del que nos debamos olvidar”.

La condición de Čech de kriptonita del ’10’, que no consiguió batir al arquero de Pilsen hasta la eliminatoria de octavos de final de la Champions League de la 16-17 que enfrentó al Barcelona y el Arsenal, quedó perfectamente ilustrada en las semifinales de la 11-12. Después de derrotar al Barça de Pep Guardiola por un ajustado 1-0 en Stamford Bridge con una diana de Didier Drogba, los blues acudieron al Camp Nou con la intención de mantener la ventaja para vengarse de aquel imborrable disparo de Andrés Iniesta, para acabar de una vez por todas con la maldición que parecía perseguirles en la Liga de Campeones. Los goles de Sergio Busquets e Iniesta en la primera mitad, unidos a la lesión de Gary Cahill y a la infantil e innecesaria expulsión de John Terry en el minuto 37, amenazaron con derrumbar el castillo blue, aunque un tanto de Ramires al filo del descanso restauró la moral de los visitantes, que en el 49′, en medio del incesante asedio azulgrana, respiraron tranquilos al ver como Messi enviaba un penalti al travesaño en un desesperado intento de apurar al máximo su disparo para superar de una vez a Čech.

El resiliente Chelsea de Roberto Di Matteo certificó su clasificación para la final con una diana de Fernando Torres en los últimos compases, haciendo gala de una inaudita capacidad para sobrevivir entre las tormentas, la misma que le sirvió para resistir una a una todas las acometidas del Bayern de Múnich. Hasta que en el minuto 82 Thomas Müller apareció en el vértice del área pequeña para rematar un centro envenenado de Bastian Schweinsteiger y resucitar así los viejos fantasmas de un Chelsea que, rebelándose contra su propia historia, contra su propio destino, empató en el 88′ gracias a un imparable cabezazo de Didier Drogba.

El insaciable ariete marfileño pasó a la historia como el gran artífice de aquella Champions League, pero, sin restar ningún mérito a Drogba, lo cierto es que el título jamás hubiera llegado a las vitrinas de Stamford Bridge de no haber sido por Čech, que, erigiéndose en un gigante, salvó a su equipo tanto en el tiempo reglamentario como en una prórroga en la que se vistió de héroe para detenerle un penalti a Arjen Robben. Después de perseguir el título continental durante casi una década, después de caer hasta tres veces en las semifinales, después de tocar fondo en aquella fría noche moscovita en la que perdieron contra el Manchester United en la tanda de penaltis, los blues consiguieron resarcirse de todos sus heridas pasadas con la Champions por la que tanto habían llorado cuando parecían menos temibles que nunca.

Aquella Liga de Campeones, edificada con los goles de Didier Drogba y las paradas de Petr Čech, es el título que más brilla en el inacabable currículum del guardameta checo, que se retirará después de alzar cuatro Premier League, cuatro FA Cup, dos Community Shield y una Europa League con el Chelsea y una FA Cup y dos Community Shield más con el Arsenal, el club en el que recaló en 2015, después de un curso a la sombra de Thibaut Courtois, porque no podía ver cómo su carrera acababa de consumirse en el banquillo. “Pensé que esto no sucedería nunca, pero ha llegado el momento de despedirme del Chelsea, el equipo en el que siempre pensé que pondría fin a mi carrera. Pero, en la vida, las cosas no siempre salen como uno quiere. Ha sido un viaje increíble. Nunca olvidaré el cariño de la afición. Lo llevaré siempre conmigo”, remarcaba Čech en el texto con la que se despidió del Chelsea después de 494 encuentros con la camiseta blue. Ni siquiera el hecho de enrolarse en uno de sus máximos rivales ensombreció la admiración que la hinchada de Stamford Bridge continúa sintiendo por el que es el mejor cancerbero de la historia de la Premier League.

No solo le avalan su apariencia sobria e impasible, su profesionalidad, su liderazgo, su increíble agilidad o su extraordinaria capacidad para reinar en el área (“Para mí, lo importante es la posición. Cuando tienes que hacer diez paradas fantásticas en cada partido significa que tu posición no es lo bastante buena y eso te obliga a hacer paradas”); también lo hacen sus títulos individuales (además de haber sido tres veces el mejor portero de la Champions League, es, junto a Joe Hart, el único cancerbero de la Premier League con cuatro Golden Glove) y sus récords, como las 24 porterías a cero en una sola campaña (04-05) o las 202 que ha sumado en los 443 encuentros que ha disputado en 15 cursos en el campeonato inglés, una cifra que le sitúa por delante de David James (169) y Mark Schwarzer (151) en la clasificación histórica.

 

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Por mucho que se estire, sus dedos siempre se quedarán a escasos milímetros de desviar aquel inolvidable disparo de Andrés Iniesta, su rostro nunca desaparecerá de los vídeos en los que Ronaldinho baila sobre el esférico para acabar batiéndolo con uno de los tantos más bonitos que jamás ha protagonizado el balón de la Champions League. Pero, después de 20 temporadas como profesional, Čech se retira convertido en una auténtica leyenda, en un mito imborrable que, desde el silencio, se hizo un lugar en la historia del balompié.

Gracias por todo, Petr.