“Vendrán los años. Y, con los años, la calma.

Y los momentos de mirar atrás te harán gracia y te harán daño.”

Manel, en Criticarem les noves modes de pentinats.

 

El fútbol es la patria de los héroes fugaces, de los villanos eternos; de los juicios sumarísimos, de los entierros precipitados. Es, también, la patria de todos aquellos que aprovechan las desgracias ajenas para descargar sus frustraciones personales, sus desilusiones infantiles. Quizás es por este motivo que, a muchos de nosotros, John Terry nunca nos despertó demasiadas simpatías, porque nos evocaba el recuerdo de aquel compañero infranqueable que, un recreo tras otro, se encargaba de neutralizar las mágicas jugadas que nuestra mente dibujaba en clase; aquellas que, de acabar bien, explicaríamos durante semanas en los pasillos.

“Como futbolista tienes que aguantar muchas cosas. Pero debes ser valiente y poner siempre buena cara, aunque por dentro estés a punto de explotar”, aseguró hace unos años John Terry. Sinceramente, no creo que nunca consiguiera lo de poner buena cara. Pero ahí estaba una de sus grandes virtudes: la naturalidad, la sencillez. Su principal cometido era que el delantero rival no pasara nunca. Y, ciertamente, el delantero rival casi nunca pasaba. “Me encanta hacer un tackle, un despeje o una intercepción. Para mí, como defensor, es como marcar un gol. Creo que es la herencia de ‘la vieja escuela’ en mí, la de la generación en la que me crié”, reconocía, en sus primeros años como futbolista profesional, el joven zaguero del barrio obrero de Barking. Allí, al este de Londres, en las mismas calles que en la década de los 40 vieron crecer al mítico Bobby Moore, es donde Terry empezó a forjar un carácter inequívocamente competitivo, profesional e incorruptible. Entrega, esfuerzo, coraje, jerarquía, liderazgo y sacrificio; seis palabras que se convirtieron en el abecé de un jugador que, después de pasar por el West Ham, aterrizó en Stamford Bridge en 1995, con tan solo 14 años.

 

“Me encanta hacer un tackle, un despeje o una intercepción. Para mí es como marcar un gol. Creo que es la herencia de ‘la vieja escuela’ en mí, la de la generación en la que me crié”

 

Desde aquel momento, Terry empezó a quemar etapas a la velocidad de la luz. Debutó con el primer equipo del Chelsea a los 17 años, en un encuentro de la Copa de la Liga contra el Aston Villa (28.10.1998); y, después de protagonizar una breve cesión al Nottingham Forest (99-00), no tardó demasiado tiempo en convertirse en un fijo en el eje de la defensa blue, de la mano de Claudio Ranieri. La carrera del prometedor zaguero inglés despegó definitivamente con la llegada a Stamford Bridge de José Mourinho; que, en una de sus primeras decisiones en las Islas Británicas, le entregó el brazalete de capitán a Terry. “Mourinho llegó y revolucionó el fútbol inglés con la creación de un equipo-máquina que, en su primera temporada, sumó 95 puntos, con tan solo una derrota y quince goles encajados. En el centro de la zaga, Terry y Carvalho conformaban una pareja absolutamente referencia, complementaria y precisa; infalible gracias al poderío del inglés, la silenciosa cadera del portugués y el hambre de los dos. Además, por su forma de ser, el británico sería el primer receptor de la mentalidad del luso; su primera mirada desde el banquillo”, escribía Alejandro Arroyo en Ecos del Balón, recordando aquel incipiente Chelsea de Roman Abramovich que, cinco décadas después de celebrar su único entorchado inglés, alzó dos Premier League seguidas (04-05 y 05-06).

Coincidir con José Mourinho, ciertamente, no hizo más que acelerar la conversión de John Terry en un antihéroe. Parafraseando a Rafa Cabeleira, autor del imprescindible Alienación indebida; en un balompié repleto “de conceptos casi científicos, de frases sofisticadas y de poesía vulgar”, el ‘26’ del Chelsea se erigió “en el malo de la película, en un supervillano, en un verdadero hijo de puta con encanto. En Walter White, en Omar Little, en Tony Soprano”. “Liberan a la bestia que llevan dentro y, nos guste o no, por eso conectamos con ellos”, sentencia Cabeleira en un sublime artículo sobre el Barcelona de Luis Enrique.

Con todo, la imperturbable figura de John Terry encajó un revés que bien pudo ser definitivo en la fría noche de aquel miércoles 21 de mayo de 2008, en la final de la Champions League que enfrentó al Chelsea de Avram Grant con el Manchester United de Alex Ferguson en el Estadio Olímpico Luzhnikí, en Moscú. Cristiano Ronaldo avanzó a los Red Devils en el minuto 26, pero Frank Lampard restableció el equilibrio para los Blues justo antes del descanso; encaminando el encuentro, marcado por el desacierto de ambos conjuntos ante la portería rival, hacia una prórroga en la que el incansable central de Barking mantuvo a su equipo con vida al frustrar, de forma providencial, una ocasión manifiesta de gol de Ryan Giggs.

 

Sabedor de que tenía en sus botas la posibilidad de certificar el triunfo más glorioso de la historia del Chelsea, John Terry caminó convencido hacia el punto de penalti, ajustándose con cariño el brazalete de capitán

 

En la tanda de penaltis, la batalla por el cetro continental, la tercera de la historia entre dos equipos de un mismo país, aún tomó un cariz más épico. Michael Ballack, Juliano Belletti, Frank Lampard y Ashley Cole transformaron sus penas máximas. Carlos Tévez, Michael Carrick, Owen Hargreaves y Nani batieron a un Petr Cech que, sin embargo, sí que acertó a desviar el disparo de Cristiano Ronaldo desde los once metros. Sabedor de que tenía en sus botas la posibilidad de certificar el triunfo más glorioso de la historia del Chelsea, la oportunidad de consagrarse como uno de los mejores futbolistas del balompié británico; John Terry caminó convencido hacia el punto de penalti, ajustándose con cariño el brazalete de capitán.

Todo parecía perfecto, quizás incluso demasiado. Fijó sus ojos en Edwin van der Sar y dio cuatro pasos hacia el balón; pero, justo antes de que su bota derecha besara el esférico, el cruel destino hizo que su pierna izquierda, la de apoyo, cediera. Y, mientras las costuras de su alma se desgarraban sobre el césped del Luzhnikí, John Terry vio cómo su disparo era repelido por el poste izquierdo de la portería de un Van der Sar que, después de que Anderson, Salomon Kalou y Ryan Giggs transforman sus lanzamientos, le dio al Manchester United su tercera y última Champions League al detener el disparo de Nicolas Anelka.

Sintiendo que había ensombrecido la mejor noche de la historia de su Chelsea, el defensa inglés, que acabó el encuentro con un hombro dislocado, se derrumbó, incapaz de digerir la realidad. John Terry, el rostro de aquella derrota blue, se había resbalado por culpa de la lluvia incesante que regó el césped del Estadio Olímpico Luzhnikí; el mismo césped que, unos minutos después, inundaría con sus propias lágrimas. “Cualquiera menos John Terry, cualquiera menos el hombre que lleva este club en su sangre… Las heridas profundas, como esta, tardan años en sanar. Y, a veces, nunca desaparecen por completo. El 21 de mayo de 2008, una fecha que el capitán del Chelsea nunca olvidará”, enfatizaba la crónica del The Telegraph en sus primeras líneas, evocando el resbalón que convirtió al ’26’ blue en humano.

Ciertamente, tan solo unos días más tarde, Terry reconoció ante la prensa que “el penalti que fallé en Moscú me perseguirá toda la vida”. “Es el título que hemos intentado ganar año tras año. Me siento como si hubiera decepcionado a todo el mundo, eso es lo que más me duele. Siento muchísimo haber privado a la afición, a mi equipo, a mi familia y a mis amigos de la oportunidad de ser campeones de Europa. He revivido ese momento en cada minuto que ha pasado desde entonces. Tan solo he dormido unas pocas horas, y me he despertado constantemente esperando que fuera una pesadilla”, añadía el zaguero blue.

Con todo, después de casi una década rozando el éxito intercontinental, con un subcampeonato y hasta cuatro semifinales perdidas, el balompié resarció a aquella magnífica generación blue en 2012, cuando el Chelsea finalmente consiguió hacerse un hueco en el palmarés de la Champions League con un omnipresente Didier Drogba como bandera de lo imposible, con un inconmensurable Petr Cech como barrera infranqueable y con un infatigable John Terry como líder de un equipo perseverante, incansable en su lucha para codearse con los más grandes del continente. El ’26’ del Chelsea, expulsado por un infantil rodillazo al azulgrana Alexis Sánchez en el encuentro de vuelta de las semifinales, no pudo disputar aquel partido; pero, desde el banquillo, vio cómo su equipo, comandado por Roberto Di Matteo, batía al Bayern de Múnich en una épica tanda de penaltis. “Estábamos destinados a conseguirlo. Después de lo que sucedió en Moscú, ver al Chelsea ganar la ganar la Champions League fue de lo más agradable porque me permitió saldar una deuda. Definitivamente, hizo que esas noches de insomnio fueran más fáciles”, asentía el central hace unos años.

Indudablemente, aquella Champions League de la temporada 11-12 es el título que más brilla en la hoja de servicios de John Terry, adornada por una lista inacabable de distinciones individuales (mejor jugador de la Premier League en 2005, siendo el primer defensa en conseguirlo desde el 1993; mejor zaguero de la Liga de Campeones en 2005, 2008 y 2009, siendo el único de la historia con tres galardones; presente en el equipo del año de la FIFA entre 2005 y 2009) y de títulos, con cinco Premier League, cinco FA Cup, tres Copas de la Liga, dos Community Shield y una Europa League (12-13). “Por esto es por lo que vivo”, reconocía, feliz, el ’26’ después de capitanear al Chelsea hasta su quinto entorchado en la Premier League, como recogió Roger Xuriach en un imperdible artículo en el que se preguntaba “qué recuerdo nos quedará de John Terry cuando cuelgue las botas y si, entre todos, no habremos contribuido a infravalorar sus éxitos”, los de un futbolista, el más laureado de la historia blue, que se ha retirado a los 37 años, con más de 825 encuentros a sus espaldas entre la selección, el Chelsea, el Nottingham Forest y el Aston Villa, su último equipo.

Es ineludible admitir que nunca fue un ejemplo para los niños, que protagonizó una interminable colección de escándalos fuera de los terrenos de juego que ennegrecieron su carrera futbolística; pero es igualmente indudable que John Terry, el penúltimo exponente del balompié con el que nos criamos todos aquellos que nacimos en la década de los noventa, cuelga las botas convertido en uno de los mejores centrales de la era moderna, en una leyenda de un Chelsea que ha encontrado su sitio en el balompié continental; de un club que, a pesar de los anticuerpos que pueda provocarnos a quienes aborrecemos la mercantilización del fútbol, hoy puede enorgullecerse de estar sentado en la mesa de los más grandes.

 

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“Definitivamente, nunca lo superaré. Este sentimiento de culpa no se irá nunca”, asentía John Terry en 2015, refiriéndose al penalti que erró en aquella fatídica noche moscovita. Y en la cabeza de uno, obligado a rendirle homenaje a uno de aquellos futbolistas que marcaron nuestra infancia, resuena una cita de Charles Bukowski: “Me gustan las personas desesperadas, con mentes rotas y destinos rotos. Están llenos de sorpresas y explosiones”.

Como repite Núria, quizás “lo más terrible sería no tener fantasmas”.