Es inevitable. Cada vez que un gran futbolista cuelga las botas nos sacude la nostalgia y nos sentimos un poco huérfanos y desamparados. De forma cruel, la realidad nos recuerda que el paso del tiempo es inalterable y que nos vamos haciendo viejos. En este sentido, el 2017 fue especialmente triste para los amantes del deporte rey, que tuvimos que despedirnos de leyendas de la talla de Francesco Totti, Andrea Pirlo, Philipp Lahm, Xabi Alonso, Dirk Kuyt o Ricardo Izecson Dos Santos Leite, ‘Kaká’.

De todas estas retiradas, la del centrocampista brasileño fue, quizás, la menos dolorosa. El tiempo no lo trató demasiado bien y, en el verano de 2014, decidió abandonar el fútbol europeo para regresar al continente americano con la intención de disfrutar de sus últimos días como futbolista. Allí, alejado de nuestros focos de interés, le perdimos la pista y casi llegamos a olvidarnos de él y de su magia. Así fue hasta el diciembre del 2017, cuando Kaká, a pesar de tener ofertas de varios clubes, hizo pública su irrefutable decisión de dejar el fútbol. “El ciclo de mi carrera como jugador profesional termina aquí”, explicó, emocionado, en una entrevista para la cadena brasileña TV Globo que se grabó en el estadio del São Paulo Futebol Clube, el equipo que lo vio crecer como futbolista.

 

La carrera futbolística de Kaká estuvo a punto de pintarse de negro en el año 2000

 

A pesar de criarse en el seno de una familia culta y acomodada, la vida le puso a prueba a los 18 años. En el 2000 el jugador ya brillaba en los juveniles del São Paulo, pero su carrera futbolística estuvo a punto de pintarse de negro de repente. Se resbaló al lanzarse por un trampolín y se golpeó la cabeza con el fondo de una piscina, sufriendo una fractura en la sexta vértebra del cuello, una lesión que fácilmente puede derivar en parálisis. “Entonces pensé que me había salvado al mano de Dios”, relató en su diario personal. Aun así, los pronósticos de los médicos no eran nada buenos: era muy difícil que Kaká volviera a jugar a fútbol, e incluso cabía la posibilidad de que no pudiera volver a caminar.

Sin embargo, el brasileño, haciendo gala de su fe inquebrantable, rechazó la idea de rendirse y optó por luchar. Convencido de que regresaría a los terrenos de juego más pronto que tarde, escribió una lista con los diez objetivos que quería cumplir en el mundo del deporte rey. En ella, el futbolista se marcaba como metas firmar un contrato profesional con el São Paulo, ser convocado con la canarinha, fichar por un club italiano o español importante y disputar un Mundial. Como si se tratara del guion de una película de Disney, cuando tan solo habían transcurrido tres años desde aquel fatídico accidente que estuvo a punto de apartarle de sus sueños, Kaká ya había cumplido los cuatro propósitos.

Ciertamente, la trayectoria del brasileño arrancó de una forma vertiginosa, acumulando un logro tras otro. En 2001 debutó como profesional con el São Paulo; el 31 de enero de 2002 fue convocado por primera vez por la selección absoluta de Brasil; y, unos meses más tarde, con tan solo 20 años, formó parte del extraordinario equipo -Ronaldo, Ronaldinho, Rivaldo, Cafú, Roberto Carlos, Gilberto Silva…- con el que la Seleçao alzó al cielo de Yokohama su quinto título de la Copa del Mundo, el último hasta la fecha.

Finalmente, con el aval de haber conseguido 50 goles en 149 encuentros como jugador del São Paulo, Kaká dio el salto al fútbol europeo de la mano del Milan. El conjunto ‘rossonero’ no fue el primero en fijarse en él -antes, el Gaziantepspor turco había descartado su fichaje por el precio que pedía el São Paulo-, pero no titubeó a la hora de desembolsar más de ocho millones de euros por incorporar a un futbolista que todavía tenía cara de niño cuando cruzó el Atlántico.

A pesar de su juventud y de su rostro angelical e inocente, Kaká encajó a la perfección en los esquemas del vigente campeón de Europa y se convirtió en la gran revelación del curso 03-04, el que terminó coronando al Milan con su decimoséptimo Scudetto. Ni tan solo necesitó un período de adaptación -aquella excusa con la que, a veces, se justifican algunos fichajes desastrosos- para asentarse en Italia y para entenderse a las mil maravillas con sus compañeros, aquellos jugadores con los que jugaba con la consola cuando estaba en Brasil.

 

Sin duda, el mejor año de la carrera futbolística de Kaká fue el 2007

 

Sin duda, el mejor año de la carrera futbolística de Kaká fue el 2007. Aquel año, el Milan ganó la Champions League, la Supercopa de Europa y la Copa Intercontinental; aquel año, Kaká se llevó el FIFA World Player y el Balón de Oro e hizo realidad el sueño que había tenido en 2002, cuando acompañó a Ronaldo en el acto de entrega del galardón. “Me quedé en el palco, siguiéndole, viendo cómo ganaba, soñando con estar ahí algún día, quién sabe si pudiendo ganar un premio como ese”, rememoraba unos años más tarde.

Visto con perspectiva, el mérito de los premios individuales logrados por Kaká en 2007 es doble por el hecho de haber sido el último futbolista capaz de alzar una distinción de este tipo antes de que Leo Messi y Cristiano Ronaldo instauraran su particular tiranía en 2008. Al César lo que es del César. Así es, Kaká fue el último mortal en triunfar antes de la llegada de los extraterrestres. Fue el último grupo que pudo dominar la escena musical antes de que llegaran los Beatles y los Rolling Stones y arrasaran con todo. “Siempre que miro aquella foto y recuerdo aquel momento siento algo muy especial, porque llegué a lo más alto del fútbol mundial”, contaba hace un tiempo el propio Kaká, en referencia a la imagen que, diez años más tarde, aún sirve para recordar que alguien se atrevió a superar a Messi y Cristiano.

Y es que, en 2007, la superioridad del brasileño fue tan clara como inapelable. De hecho, el FIFA World Player y el Balón de Oro de aquel año bien pudieron entregarse el 25 de abril, el día después de la ida de la espectacular semifinal de la Champions que enfrentó al Manchester United con el Milan; a Alex Ferguson con Carlo Ancelotti; y a Van der Sar, O’Shea, Wes Brown, Heinze, Evra, Fletcher, Carrick, Scholes, Giggs, Cristiano Ronaldo y Rooney con Dida, Oddo, Maldini, Nesta, Jankulovski, Gattuso, Ambrosini, Pirlo, Seedorf, Kaká y Gilardino.

Al más puro estilo Johan Cruyff, los dos conjuntos se alternaron constantemente en las acciones ofensivas y ofrecieron a los aficionados un partido extraordinario, vibrante y eléctrico. El conjunto ‘red devil’ fue el primero en golpear por mediación de Cristiano, que puso el 1-0 al rematar un servicio de córner. Sin embargo, aquello no fue más que el preludio de lo que iba a venir a continuación. En una de sus acciones más características, Kaká recibió un buen pase de Clarence Seedorf, rompió la línea defensiva local con un increíble cambio de ritmo y, desde el vértice del área pequeña, conectó un disparo cruzado inalcanzable para Edwin van der Sar.

 

El brasileño completó su doblete con la obra magna de su carrera

 

Tan solo 15 minutos después, el brasileño completó su doblete con la obra magna de su carrera deportiva. Dida sacó en largo y el balón llegó a la retaguardia del United. Justo allí, apareció Kaká para superar a Darren Fletcher en el cuerpo a cuerpo, para hacerle un sombrero magistral a Heinze y, finalmente, para colarse en el área por el único hueco que quedó entre el férreo zaguero argentino y Patrice Evra. Y, mientras los tres jugadores, relegados a la categoría de infantiles por un futbolista extraordinario, observaban atónitos su avance imparable, él, solo ante van der Sar, definió con maestría para conseguir el 1-2. Él, tan creyente, se había vestido de Dios para someter a un Old Trafford que quedó horrorizado con su calidad.

Aunque Wayne Rooney remontó el encuentro para el conjunto británico en el segundo tiempo, había quedado más que claro que el protagonista indiscutible de aquella eliminatoria sería el omnipresente Kaká. Y, tras la exhibición de Old Trafford, en el partido de vuelta, el brasileño comandó al Milan hacia la final con su clase inigualable. Tan solo habían transcurrido diez minutos cuando el ‘22’ aprovechó la enésima asistencia de Seedorf para poner por delante al conjunto de San Siro con su décimo gol en once encuentros de Champions.

En la final del Olímpico de Atenas, el Milan se impuso al Liverpool por 2-1 gracias a un doblete de Filippo Inzaghi. Tras aquel encuentro, Kaká dejó otra fotografía para su colección personal. Mientras sus compañeros celebran, eufóricos, la consecución de la séptima -y última- Copa de Europa del conjunto ‘rossonero’, él aparece en la parte delantera de la imagen, tranquilo, rezando arrodillado y mostrando una camiseta con un mensaje inequívoco: ‘I belong to Jesus’.

El brasileño había alcanzado la cima de este deporte a los 25 años, pero después todo pareció torcerse. En 2009, Kaká se incorporó al Real Madrid a cambio de 65 millones de euros, una cifra que hizo evidente las prisas de Florentino Pérez por detener los triunfos del incipiente Barcelona de Pep Guardiola, por una parte, y la calidad del milanista, por otra. Pero a pesar de las grandes expectativas, las lesiones y la falta de continuidad lastraron su estancia en el Santiago Bernabéu y le hicieron vivir la cara más amarga del fútbol. Fue algo frustrante e inexplicable: lo intentó, pero su luz no pudo brillar en Madrid y el dúo infalible que se esperaba que formara con Cristiano Ronaldo, el gran fichaje para la temporada 09-10, no pudo ser tal.

Así, después de “cuatro años difíciles profesionalmente”, Kaká decidió regresar a Milán “para recuperar la alegría y el placer de jugar al fútbol”, tal y como admitió unos años más tarde. “Hay amores que no se olvidan, regreso a casa”, reconoció, en la misma línea, en los primeros días de su nueva etapa como ‘rossoneri’. Finalmente, se despidió del Milan en 2014, con un bagaje de 307 partidos y 104 goles y con la satisfacción de haberse convertido en una leyenda a la altura de los mejores jugadores de la historia del club.

Después de pasar por el São Paulo y el Orlando City, la carrera de Kaká llegó a su fin. Con su retirada, se despidió un jugador diferente y maravilloso; un futbolista cuya mayor virtud era hacer asombrosamente sencillo y simple lo más difícil; un tipo con una técnica y una elegancia exquisitas; un trequartista con una precisión letal. Fue, en definitiva, el músico, el artista y el inventor del último Milan que atemorizó en Europa. Un recorte, un cambio de ritmo, un chut que se cuela en la portería rival y él, sonriente, levantando los brazos y la cabeza hacia el cielo. Así recordaremos para siempre la figura de Kaká. Porque, tal y como pregonaba el mensaje de despedida del São Paulo, “cuando dejan de jugar, los ídolos no se retiran: entran en la historia. Gracias por haber sido parte de momentos tan especiales”.