Si hace un año le llegan a decir al bueno de Enrique Martín Monreal que tras el agónico empate en Sabadell subiría a Primera, no habría hecho ni imaginárselo. La Bruja de Campanas, así es como se conoce a Monreal, no ha logrado tan solo el inesperado ascenso, también ha exprimido al máximo a unos jóvenes jugadores y a una incondicional afición.

Hace dos temporadas Osasuna cayó al pozo. Un pozo lleno de deudas, con una afición desapegada al club de su tierra y directo a la desaparición. El club navarro estaba cerca de la quiebra económica y deportiva. En su primera temporada en Segunda todo salió mal. Los jugadores se hicieron pequeños en una categoría donde al mínimo despiste uno baja siete o diez posiciones. Tras una gris campaña, el club navarro logró la permanencia en el tiempo de descuento de la última jornada. Monreal rescató al equipo, siendo el tercer técnico del año, como ya lo había hecho unas cuantas temporadas atrás.

Osasuna afrontó la 2015/2016 con el único objetivo de la permanencia. Pero empezó a sumar puntos, uno tras otro, ganando incluso a los aspirantes al ascenso. Nunca estuvo invitado a las posiciones altas de la tabla, pero se coló ahí desde el primer día y resistió los altibajos clásicos de una competición muy igualada. Los canteranos Mikel Merino, David García, Alex Berenguer o Kenan Kodro han compartido vestuario con veteranos curtidos en mil batallas como Nino, Miguel Flaño o De las Cuevas. Resulta curioso que el portero que defiende la portería de Osasuna sea el mismo que un año atrás estaba en el Sabadell, aquel equipo que casi manda a los navarros al ostracismo. Nauzet no jugó aquel encuentro, pero desde que fichó por el club rojillo se convirtió en pieza fundamental y todo un ídolo para la afición.

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En líneas generales, el gironí es poco dado a llamar la atención. En una ciudad que tiene como deporte nacional pasear por barri vell -el casco antiguo- y sentarse a conversar en una terraza, pasar desapercibido es una actitud vital altamente valorada. Muy especial tiene que ser la ocasión para que el  gerundense abandone sus costumbres y se entregue a pasiones que le obligan a romper sus esquemas. Su club de fútbol lleva años reclamando su atención, tratando de arrancarlo de su tedio para convertirlo a la fe de lo imprevisible. El sábado, como cada final de temporada desde hace cuatro años, lo volvió a conseguir. Durante unas horas, hubo un total enamoramiento entre el club y la ciudad, dos elementos por definición inseparables que incomprensiblemente aún viven alejados el uno del otro.

 

Solo cuando el club ha tocado Primera División con la yema de los dedos, Girona se ha decidido a pintarse la cara y a gritar a pleno pulmón, sin complejos, que su club es ese que lleva el nombre de su ciudad

 

Para calibrar el futuro que le espera a un club, solo hace falta fijarse en las camisetas que lucen los niños de su ciudad. Paseando por las calles de Girona el sábado, hasta que la lluvia las vació, uno podía afirmar que el futuro del Girona FC es boyante: eran innumerables los niños y niñas que, acompañados de sus padres, lucían los colores rojo y blanco del equipo. Una imagen casi insólita. El azulgrana del Barça -el club favorito de la ciudad- y el blanco del Real Madrid -otra entidad con un buen número de seguidores- quedaban guardados en los cajones. El Girona ha tenido que protagonizar gestas que uno situaría muy por encima de sus posibilidades para que la ciudad apoye sin fisuras a su equipo. Solo cuando el club ha tocado Primera División con la yema de los dedos, la ciudad se ha decidido a pintarse la cara y a gritar a pleno pulmón, sin complejos, que su club es ese que lleva el nombre de su ciudad.

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Osasuna llegó el último a los playoffs de Segunda casi de casualidad. Tras la derrota en casa ante el Huesca, debía ganar en Oviedo y que otros resultados le favorecieran. Y así sucedió. El destino quiso que un gol del Girona en Ponferrada sellara el billete a la ronda final. Los navarros terminaron sextos, debían jugar su primer partido en casa y la vuelta en Tarragona. La afición se volcó como suele hacerlo. Largas colas para obtener una entrada, incluso hubo quien durmió en las inmediaciones del Sadar hasta que abrieran las taquillas. Quizá esa expectación, ese ímpetu de su público, hizo que los jugadores navarros salieran a por todas ante el Nàstic. Parecía una de esas noches donde eran el Real Madrid o el Barcelona quienes visitaban Pamplona, aquellos partidos en los que la hostilidad reinaba y era difícil para el rival sacar un empate. En la eliminatoria ante el club catalán emergió la figura de Merino. Prácticamente él solo llevó a Osasuna un paso más allá. Como si él mismo hubiera querido dar un último servicio a esa camiseta antes de partir hacia Alemania.

Tras pasar la eliminatoria, los chicos de Monreal tenían por delante un reto final: el Girona. Aquel equipo que unas semanas atrás había dado el pase a los navarros, ahora era el rival para acceder a Primera División. Si el encuentro ante el Nàstic resultó ser un acontecimiento propio de los San Fermines, el partido de ida de la final no se quedó atrás. Durante la semana previa se volvieron a presenciar largas filas para adquirir una entrada. En la calle tan solo había un único tema. Como si toda la ciudad se hubiera propuesto una única cosa, daba igual todo lo demás: primero ascender, y luego ya veremos.

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Cinco de la tarde. Faltan dos horas para el pitido inicial y empiezan a hervir los alrededores del Estadio de Montilivi, un modesto campo de unas 10.000 localidades que se alza en un barrio residencial por encima del centro de la ciudad. Desde el corazón de ésta, río arriba, la mayoría de hinchas de Osasuna también comienzan su desfile hacia el campo. Bengalas, cánticos y mucho color rojo. Los vecinos salen a los balcones a ver qué pasa. Saben que hoy el Girona juega (otra vez) el partido más importante de su historia, la vuelta de la final de la fase de ascenso, pero nadie les ha hablado de bengalas y doscientos navarros dando palmas, cantando y andando por la carretera. ¿Qué es lo que pasa? ¿Qué es ese jaleo? Lo que pasa es que la Primera División, con todo su jaleo, ha llegado a la ciudad.

El autobús del equipo aparca frente a la tribuna, y Girona ya está ahí, esperando a sus chicos para darles el primer aliento. El estadio se va a quedar pequeño. Hay quien ha hecho cola toda la noche para conseguir una entrada. El equipo ha protagonizado una segunda vuelta impecable, ha eludido el descenso con tanta carrerilla que ha entrado en el playoff. Aun así, la afición, mayoritariamente fría –no pasemos por alto a los irreductibles, los que siempre están–, no se lo ha creído hasta el final. Pero ahora sí. Dicen que va en serio. Cuando los jugadores salen del vehículo y atraviesan la marea humana, el idilio es total. Hasta ha dejado de llover. Todo listo, perfecto. Que corra el balón. “Primera nos espera”.

Entonces, aparece Lugo en la memoria.

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Monreal, que durante toda la temporada había sido muy cauto de cara a las aspiraciones rojillas, se creyó desde el primer momento que podían dar la sorpresa. Se lo imaginó incluso meses atrás, pronosticando que tras varios rebotes Osasuna volvería a la máxima categoría. No sabemos si el técnico navarro también imaginó una eliminatoria muy complicada ante el Girona; el público desde el primer minuto comprendió que la dificultad era máxima. En el ambiente había ese clásico miedo de quien tiene algo cerca y al final se le escapa. Pero esa actitud chocaba con la sensación de que sus jugadores ya habían dado lo máximo, que no se les podía pedir más. De todas formas, volvieron a ir a Catalunya con otro resultado favorable.

 

Osasuna llegó el último a los playoffs de Segunda casi de casualidad. Tras la derrota en casa ante el Huesca, debía ganar en Oviedo y que otros resultados le favorecieran. Y así sucedió

 

Unos 400 aficionados rojillos viajaron para ver por última vez a sus jugadores, ver por última vez a Osasuna en Segunda. El delirio visitante que llegó tras el gol de Kodro fue tal que hasta la grada se vino abajo (literalmente). Esas imágenes de los seguidores navarros sobre el césped recordó a aquel partido ante el Betis que condenó, dos años atrás, a los navarros al descenso. En esta ocasión los motivos eran bien distintos.

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Fue el 7 de junio del año pasado. El Girona estaba a punto de cerrar una temporada memorable, la mejor de su historia, con el premio del ascenso directo. Solo era necesario ganar a un Lugo que ya no se jugaba nada. Girona era más del Girona que nunca. Los niños vestían de rojo y blanco. La afición esperaba al equipo ante la tribuna. El campo se iba a quedar pequeño. ¿Les suena de algo? Pues bien, aquello no acabó bien. Y además fue cruel, con un gol en el tiempo añadido que traumatizó a una hinchada cuya pasión, en muchos casos, era aún incipiente.

 ¿Y si se repite Lugo? Miro a un lado y a otro y a nadie parece preocuparle. En el aparcamiento, un par de decenas de jóvenes ‘calientan’ con un vaso generoso en la mano. Primeros cánticos. Montilivi, que murmura mucho y canta poco, se prepara para dejarse la garganta. En los rostros, la felicidad del que acude a su propia fiesta. El año pasado se acabó el mundo, pero ahí vuelven a estar, sonrientes, exactamente igual que doce meses antes: a una victoria de Primera División. Es como si todos esos néofitos empezaran a entender de qué va esto del fútbol modesto, ese en el que para ganar, primero hay perder y perder y perder y perder.

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¿Y ahora qué? Eso es lo que se preguntan los aficionados. Osasuna recibirá unos 40 millones de euros gracias al ascenso, de este modo irá solventando lo que debe a la Comunidad Foral. El club navarro afrontará la próxima campaña sin la limitación de fichas que tenía esta temporada, de esta manera podrá contar con una plantilla más numerosa. El club ha manifestado la intención de sanear a la entidad, tratando de evitar los errores del pasado que casi terminan con su desaparición. Por lo tanto, lo primordial será abonar el dinero pertinente para la deuda. Este planteamiento choca con quienes opinan que se debería reforzar la plantilla, para así no volver a caer a Segunda. Hasta el momento una cosa está clara, Pamplona celebra que su club, y el viejo Sadar, han vuelto a Primera División.

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Al final del encuentro, Montilivi rompe a aplaudir. La ovación dura dos, tres, cuatro, cinco minutos. Algunos jugadores caen al césped y otros, desolados, agradecen a la afición el apoyo. Esta vez no ha sido tan cruel. Solo ha sido doloroso. El gol de Kodro ha actuado como un tranquilizante que ha ido sedando el espíritu de una hinchada que hasta este instante no había dejado de animar. No es aventurado afirmar que la afición del Girona nunca había animado tanto en su vida. O sí: ahí está Lugo, ¿recuerdan?

A la salida, los viejos amigos de grada se cruzan medias sonrisas de decepción. Saben que la temporada ha sido extraordinaria, pero el epílogo amarga. Desfilan calle abajo, hacia la tranquilidad del centro de la ciudad. El color se va borrando de las caras y las camisetas se guardan en el cajón. Y los que no se habían acercado al estadio hasta ese día se marchan con la promesa de volver. Habiendo aprendido que cuanto más amargas sean las derrotas, más dulces serán las victorias.