Leipzig, 9 de noviembre de 1989. Una veintena de jóvenes se apiñan ante el televisor de la Escuela del Deporte de la República Democrática Alemana. Primero inquietados, luego asombrados y finalmente aliviados y eufóricos, esa noche celebran con cervezas un acontecimiento histórico que sorprende al mundo. El Muro de Berlín, la tapia que eclipsaba el horizonte de 16 millones de ciudadanos germano-orientales, la pared que desgarraba Europa, está desmoronándose. El planeta sostiene la respiración mientras la CNN retransmite en directo el final de la Guerra Fría. Alemanes de un lado y otro lloran de alegría y se abrazan tras 40 años de división.

Aquellos jóvenes congregados ante el televisor en Leipzig eran los futbolistas de la selección de la RDA y tenían un motivo más que el resto del país para festejar. Sí, la dictadura daba sus últimas bocanadas, la democracia se acercaba, la reunificación tal vez era posible… pero, para ellos, la caída del Muro suponía esencialmente la desaparición del insalvable obstáculo que separaba sus carreras de la tentadora y jugosa llamada de la Bundesliga.

Hasta entonces, era impensable que un futbolista del “Estado de los trabajadores y campesinos“ -como se definía constitucionalmente la RDA- aceptara la oferta del ‘enemigo occidental‘. Al igual que ocurría con el resto de la población de Alemania del Este, el Muro cercenaba las posibilidades vitales y profesionales de los deportistas: en el fútbol, les condenaba a vegetar en la gris Oberliga, una competición con equipos de pueblo y rimbombantes nombres obreros que solía ganar el Dynamo de Berlin. No en vano se trataba el club de la ‘Stasi‘, la temida policía política, y el Ejército: no hace falta mucha imaginación para intuir el lugar que la imparcialidad arbitral ocupaba en tales circunstancias.

Erich Mielke, un anciano funcionario comunista, era el jefe de la lúgubre ‘Stasi’. Lamentablemente también era aficionado al fútbol. Mielke combinó ambas características al ejercer como presidente del Dynamo durante 36 años. La crueldad que exhibía en su puesto de trabajo como cabecilla de una institución que espiaba a uno de cada tres habitantes de la RDA le acompañaba luego al estadio: obligaba a los mejores jugadores del país a fichar por su equipo y se encargaba de infiltrar en cada club a algún agente de la Stasi. Su misión: evitar que algunos futbolistas aprovecharan las competiciones internacionales para huir del “paraíso socialista“. Como Lutz Eigendorf.

Con sólo 14 años, el prometedor Eigendorf fichó por el Dynamo. Bajo su camiseta granate iría madurando un portentoso centrocampista defensivo con llegada a puerta, pero también un joven con una aversión creciente hacia el sistema comunista. Tras debutar con la selección nacional y  consolidarse en su club, devino en una especie de Beckenbauer del Este. Apuesto, con clase y miembro del equipo del régimen, muy a su pesar se convirtió en la joya de la corona de Mielke. Ésa sería su perdición.

Eigendorf no fue ni el primero ni el último en huir al Oeste. Algunos deportistas le precedieron y muchos más le seguirían después. Pero, al viejo Mielke, ninguna defección le dolió tanto. En 1979 Eigendorf aprovechó un partido amistoso en la RFA para quitarse de una vez por todas la equipación del Dynamo y pedir asilo. La RDA protestó y la UEFA sancionó por una temporada al disidente centrocampista. Pero para Mielke no era suficiente. Una noche, cuatro años después de su huída, Eigendorf se estrelló con su Alfa Romeo y falleció. La oscura mano de la Stasi, como se demostraría posteriormente, estaba detrás de aquel ‘accidente’.

Una noche, cuatro años después de su huída, Eigendorf se estrelló con su Alfa Romeo y falleció. La oscura mano de la Stasi, como se demostraría posteriormente, estaba detrás de aquel ‘accidente’

Sólo un lustro más tarde, los compañeros de Lutz -algunos, de su misma edad- contemplarían el derrumbe del Muro. Y acto seguido experimentaron su conversión al profesionalismo capitalista sin tener que jugarse la vida. Una tras otra, las principales figuras de aquella selección saltaron al Oeste: Matthias Sammer, Ulf Kirsten, Thomas Doll, o Andreas Thom cambiaron la esclerotizada Oberliga por una Bundesliga que, a comienzos de los 90, brillaba a nivel mundial. A cambio, los equipos orientales comenzaron a fichar medianías de la RFA a precio de oro. “Se van las figuras, llegan los fracasados”, se escuchaba a modo de letanía en los vetustos estadios germano-orientales. Dos décadas y media después hay que escarbar en las categorías más bajas del fútbol alemán para toparse con alguna de las escuadras (Dynamo Berlín, Dynamo Dresden, Lokomotiv Leipzig, Magdeburgo) que marcaron el balompié de la RDA.

Pero, en la noche del 9 de noviembre de 1989, la Bundesliga aún estaba muy lejos de la Escuela del Deporte de Leipzig. La selección se concentraba allí para preparar un decisivo partido contra Austria: con un empate en Viena, la RDA participaría por segunda vez en su historia en un Mundial. “Tras aquella noche, los jugadores no estaban a lo que había que estar”, lamenta ahora Eduard Geyer. Como seleccionador nacional, Geyer estuvo a punto de conducir al combinado oriental hasta Italia’90, que se celebraría sólo cuatro meses antes de la reunificación alemana: “Hubiera supuesto un broche de oro para nuestro fútbol, pero no pudo ser”. Anton Polster, entonces ariete del Sevilla, deshizo con un hat-trick las aspiraciones de un grupo que ya se encontraba en plena desbandada mental. “La caída del Muro ocurrió demasiado pronto, mejor si hubiera pasado tras el partido”, ironiza Geyer. Puede sonar ingeniosa pero la broma, en boca de Geyer, adquiere ribetes macabros: en 1989 llevaba 18 años espiando futbolistas para la Stasi bajo el nombre de agente ‘Jahn’.