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Fenómeno Ronaldo

Se cumplen 30 años de la temporada en la que Ronaldo arrasó Barcelona. Etapa corta pero intensa, el brasileño fue imparable sobre el césped. La reconstruimos detalle a detalle

Ronaldo

Ronaldo llegó a la liga española en 1996. Fichado por el Barça de forma agónica, su debut fue estelar: 47 goles en 49 partidos oficiales y tres títulos de cuatro posibles. Siete meses después, partiría hacia Milán. Sigue siendo el ‘visto y no visto’ más bonito de nuestro fútbol.


Este reportaje está extraído del #Panenka110

 

Los amantes del deporte sonrieron con la llegada del verano. Normal, 1996 fue año bisiesto. En la Eurocopa, Alemania le recordó a la anfitriona que disponía de una patente mejorada de ‘su’ invento. Y en los Juegos Olímpicos, Nigeria mordió el oro ante Argentina en el torneo balompédico. El mayor triunfo africano en fútbol se vivió en suelo norteamericano, todo un spoiler de la globalización que estaba por venir con el cambio de siglo. Un poco antes, en mayo, el Atlético de Jesús Gil había logrado el doblete y la Juve algo todavía más difícil, jugar una final de Champions y no perderla. Sorpresa, Sorpresa, profetizaba el programa de moda en España, un país que empezaba a botar con las Spice Girls con la misma devoción con la que votaba a José María Aznar.

Aunque para flechazos inesperados, el del 25 de agosto. Aquel día, perfectamente a la misma hora en la que Loreto Valverde se encanaba en alguna gala televisiva, Ronaldo Luis Nazário de Lima debutaba oficialmente con la camiseta del Barça. La pronunciación aterciopelada de su nombre llevaba al engaño, porque el chico tenía realmente maldad de cara puerta; lo descubrieron los aficionados que acudieron a ver la ida de la Supercopa de España, donde el cuadro ‘culé’ se impuso al Atleti por un contundente 5-2. Ronaldo abrió y cerró el marcador, pero los telediarios pondrían en bucle al día siguiente su asistencia de gol a De la Peña, para cuya producción el brasileño tuvo que hacerle una elástica a Delfí Geli, un regate para el que todavía no había nombre.

El mal estado del césped del Camp Nou hizo que los primeros destellos de Ronaldo en Barcelona se registraran en el desangelado estadio de Montjuïc, que es como si para descubrir la magia de Disney los niños tuvieran que visitar Parla en lugar de París.

 

Ronaldo fue una suerte de Mickey Mouse en Fantasía. Un protagonista que no necesitaba diálogos. Su debut con el Barça sigue siendo, 30 años después, uno de los más impactantes de un extranjero en la Liga

 

En cierto modo, Ronaldo fue una suerte de Mickey Mouse en Fantasía. Un protagonista que no necesitaba diálogos. Su debut sigue siendo, 30 años después, uno de los más impactantes de un extranjero en la Liga. Y eso que aquel curso los dos grandes tuvieron dónde escoger. Bosman se arruinó para ganar una ley, y los más ricos lo aprovecharon para bailar sobre su cadáver: Roberto Carlos, Seedorf, Blanc, Giovanni, Ilgner, Panucci, Couto, Pizzi, Baía, Luis Enrique, Suker o Mijatovic fueron desfilando sin rubor por los vestuarios de Barça y Madrid. Tal fue el terremoto en el mercado que el torneo doméstico se rebautizó como la ‘Liga de las Estrellas’. Y ninguna brilló como la del delantero carioca.

El de Ronaldo fue un estreno demoledor, cargado de imágenes icónicas e irrepetible por una sencilla razón: en aquel entonces nadie sabía mucho sobre los fichajes de su equipo. Las dos temporadas del brasileño en Holanda, pletórica la primera e irregular y tormentosa la segunda, con lesiones y roces con su entrenador, le quitaban el sueño (y el pelo) a Maldini y poco más. Con YouTube por inventarse, la expectativa por ‘El Fenómeno’ se construyó sobre la marcha, como se consumían las series en la prehistoria, esperando religiosamente el siguiente capítulo. Pero el periplo se alargaría lo justo: siete meses entre el primer partido y el último, suficiente para que su adiós, abrupto y traumático, dejase una resaca espesa y narcótica. ¿Realmente todo aquello sucedió?

Ronaldo

UNA COCA-COLA EN MIAMI

Joan Gaspart se encargó de cerrar durante más de dos décadas todas y cada una de las contrataciones del primer equipo azulgrana. “La primera fue Krankl, en 1978, y ya no me perdí ninguna hasta que sustituí a Núñez como presidente en el 2000. Entonces delegué las negociaciones a otros”, explica desde el Hotel Avenida Palace, donde nos cita amablemente. Tiene 76 años [este reportaje se publicó originalmente en 2021] y acaba de superar la covid-19, pero sigue conservando el gusto por la conversación, aun cuando muchas historias las ha contado mil veces. La del fichaje de Ronaldo, asegura, arrancó en el despacho de Núñez. “Todo empezaba y acababa en el despacho de José Luis”. Premonitorio.

‘Ve a Holanda y que te pongan precio’. Esa fue la consigna de Núñez a la que yo, como vicepresidente, no podía negarme. Volé pronto a Eindhoven y en mi primera reunión presencial con los dueños del PSV su presidente fue tajante: ‘No está en venta’. ‘No se preocupe, mi vuelo no sale hasta mañana. ¿Qué tal si comemos?’, le contesté educadamente. La negativa de las 9 se convirtió en un ‘sigamos negociando’ al mediodía, y a la hora de la cena empezaron a salir las primeras cifras. Cuando alguien menciona un precio, la cosa se pone automáticamente de cara. A las 12 de la noche ya había cerrado el acuerdo. Pactamos la cifra que abonaríamos al PSV, algo por debajo de la que me había marcado el presidente como línea roja, aunque el club condicionó el trato a firmar con el jugador antes de una fecha límite. ‘Si no os ponéis de acuerdo con el futbolista antes de ese día, el contrato quedará nulo’. No le di mucha importancia: tenía un preacuerdo bastante avanzado con el representante del jugador [Giovanni Branchini].

Unos días antes de que expirara el acuerdo me informé de dónde estaba el jugador. Se encontraba en Miami, concentrado con la selección brasileña, que en breve iba a disputar el torneo de fútbol de los Juegos Olímpicos de Atlanta. Juan Ignacio Brugueras, abogado y secretario del club, el hijo de Núñez y un servidor nos fuimos para allá. Con el contrato redactado y aprobado por el agente, por supuesto. Llegamos al hotel de la selección, un sitio espectacular, y le pedimos al delegado de la expedición brasileña que nos dejara por favor visitar al jugador. ‘Subir, firmar y nos vamos’, le dije. ‘Lo siento, pero la selección tiene un protocolo muy estricto. No queremos distracciones ni gente de fuera’, me respondió. Me lo tomé a coña, claro. Hablando con gente del hotel me enteré de la planta en la que estaba la selección brasileña. Decidí subir. Pero al abrirse el ascensor, me topé con dos gorilas que me soltaron algo así como ‘Not possible’. Bajé de inmediato. Y le rogué al delegado que me dejara pasar, hasta llamé al presidente de la CBF, con el que tenía una buena relación, suplicándole un trato preferencial. Nada. Probamos en el entrenamiento, con el maletín arriba y abajo. Pero volvía a aparecer la figura del delegado: ‘Lo siento, los entrenos son secretos’. A todo esto el agente del jugador nos dijo que no podía hacer nada. Regresamos al hotel, pasaban los días y yo no sabía qué hacer. Empecé a sospechar, es algo que nunca podré confirmar, pero piensa mal y acertarás, que el PSV se arrepintió del acuerdo e hizo todo lo posible para torpedear la firma. Llamé al presidente para pedirle una prórroga de 15 días y me dijo tajantemente que no. Ahí ya di por hecho que debían tener una oferta superior… Discutí con el presidente pero este no entró en razón. Y entonces tuve que hacer la operación más atípica que se ha hecho nunca en el fútbol mundial. Localicé a un camarero español que trabajaba en el hotel y le pedí que me lo prestara todo: americana, pajarita, bandeja, un vaso y una Coca-Cola. Y así, disfrazado para la ocasión, subí a la planta y le dije a los gorilas que venía a entregarle un refresco a Ronaldo. Por suerte no me reconocieron y aceptaron que me dirigiera hasta su habitación, que compartía con otro jugador.

‘Toc-toc’. Me abrió Ronaldo, que no me conocía de nada, pasé al interior y le dije quién era yo. No tardó en llamar a su agente. Este le dijo que quería hablar conmigo y yo le confirmé de viva voz que era Joan Gaspart, el vicepresidente del Barcelona. El agente me hizo varias preguntas para acabar de asegurarse. ‘Nos conocimos en Milán, ¿eh Joan?’, me soltó de sopetón. ‘No, fue en Roma’. Aquello parecía una peli de espías. Le saqué el contrato a Ronaldo, me senté en su cama y le di un bolígrafo para que estampara su firma. Su compañero de habitación también estaba alucinando, tanto es así que me preguntó si no podría ficharlo a él también.

Con el objetivo cumplido, bajé a la recepción y me fui directamente a por el delegado: ‘Ya tengo la firma del futbolista, así que mañana mismo convocaré una rueda de prensa’, le dije. Al principio no se lo quería creer. ‘¿Me lo deja ver?’. ‘En todo caso se lo dejaré leer, usted este documento no lo toca, quién sabe si se lo va a comer… Aunque si quiere, puede llamar a la habitación del jugador para que le confirme lo que le estoy contando. Mucho más fácil’. Se alejó cabreado, comprobó la información y regresó unos minutos después dándome la razón. ‘Lo sé’, le dije. “Lo que he hecho es anormal, pero ha sido por culpa de su anormalidad y falta de respeto. Y yo eso no se lo permito a nadie, que falten al respeto al Barcelona. Así que tiene usted dos opciones: si elige la A le dejo como un trapo, y mañana cuento que se ha portado mal con el Barça y que le he engañado y usted queda en ridículo de por vida. Si elige la B, usted se pone a mi derecha en la comparecencia, Ronaldo a mi izquierda, y los medios de comunicación delante. Y aquí no ha pasado nada’. En menos de dos horas me vino a buscar: ‘la B’. Al día siguiente anunciamos el cierre de la operación.

 

“Localicé a un camarero español que trabajaba en el hotel y le pedí que me lo prestara todo: americana, pajarita, bandeja, un vaso y una Coca-Cola. Les dije a los gorilas que venía a entregarle un refresco a Ronaldo”, cuenta Gaspart sobre su rocambolesca forma de conseguir la firma del jugador

 

Para querer romper el acuerdo a última hora, el PSV se llevó en crudo 2.500 millones de pesetas. El brasileño se convirtió, automáticamente, en el fichaje más caro de la historia, solo superado días después por el de Alan Shearer al Newcastle. La precocidad acompañó a Ronaldo en su flamante llegada a Barcelona. Tenía 19 años y su cuerpo era delgado pero fibroso. No llenaba la camiseta, pero tampoco importaba. El rasurado de su cabeza, el entrecejo poblado, una mirada bobalicona y dos dientes separados contribuyeron a forjar la imagen de un ariete distraído, al que una suerte de instinto lo hacía conectarse de golpe en el partido, como cuando el guepardo atisba un antílope y la excitación y la adrenalina acaban en una brutal carnicería. Gaspart recuerda el debut del ‘9’ en el Trofeo Joan Gamper, donde el jugador acabó magullado y preocupado. “Le entraron duro y se fue al vestuario con la rodilla ensangrentada. Bajé corriendo desde el palco a buscarlo y su rostro era el de un chico asustado que espera la llegada de su padre. Para mí fue como un hijo”, explica.

La bestia se escondía en el cuerpo de un niño aparentemente frágil, pero aunque la madurez de Ronaldo no se dibujara en su rostro, esta irrumpía en el campo cuando el equipo más la necesitaba. También en el vestuario desarrolló una personalidad impropia de su edad, y no es que le tocara precisamente un grupo fácil: aquel equipo contaba con jerarquías asentadas, muchísimas caras nuevas, varios futbolistas con temperamento (de Guardiola a Popescu pasando por Figo, Stoichkov o el recién llegado Luis Enrique) y un técnico, Bobby Robson, permanentemente cuestionado -no tanto por ser como era, un entrenador conservador y una persona entrañable, como por ser el primero que se sentaba en el banquillo después de Johan Cruyff-. Pero Ronaldo prefirió reír.

“Era una persona extremadamente buena, bromista y siempre con una sonrisa. Un joven con ganas de comerse el mundo, con una alegría contagiosa, típica de los brasileños”, explica sobre el ‘9’ azulgrana Vitor Baía, portero de aquel Barça de Robson, también en su primer año como azulgrana. El guardameta recuerda para Panenka que en las distancias cortas el futbolista tenías unas salidas de lo más osadas. “Era un chico con valores y principios, la cabeza la tenía en su sitio. Los compañeros manteníamos una relación muy estrecha con él, daba gusto estar cerca suyo por la buena energía que transmitía. Pero también era atrevido. A nosotros, a los portugueses, es decir a Figo, a Fernando Couto y a mí, nos llamó desde un principio ‘panaderos’ porque se ve que hay muchas panaderías regentadas por portugueses en Brasil. ¿Un chaval de 19 años llamándole ‘panadero’ a Figo? Un cachondo”.

Ronaldo

LAS MANOS A LA CABEZA

En el Estadio Azteca Bobby Robson había visto con sus propios ojos a Diego Armando Maradona aniquilar a ‘su’ Inglaterra en apenas cinco minutos. Primero con un gol de pillo, una mano ilegal, una trampa con estilo, y luego con un eslalon insuperable, la carrera de obstáculos perfecta, una suerte de redención por la acción anterior. Robson, seleccionador inglés aquella tarde de 1986, difícilmente hubiera pronosticado que volvería a ver un gol igual delante de sus narices. Pero sucedió.

Diez años más tarde, y en un escenario algo más modesto, el Multiusos de San Lázaro, feudo del Compostela, Ronaldo recibió en el centro del campo, fue agarrado y pateado por varios de sus rivales, se zafó de todos y no se rindió hasta llegar al área contraria y marcar de tiro cruzado. Una carrera de 48 metros, realizada en once segundos y 14 toques. El entrenador del Barcelona saltó de un brinco del banquillo y con la mirada perdida se llevó las dos manos a la cabeza. No podía creerse lo que acababa de ver. “Ronaldo me recuerda a Pelé de joven”, había dicho unas semanas atrás, cuando el ariete empezaba a demostrar el porqué de su fichaje (que, por cierto, no fue del preparador inglés). Aquel Compostela-Barcelona de la temprana jornada 7 pasaría a la historia por albergar uno los mejores goles del campeonato (y el que mejor definió las virtudes de su autor: potencia, velocidad, regate y disparo), pero sobre todo por la reacción de un sir inglés que para aislarse del ‘entorno’ azulgrana llegó a robarle un beso a Carmen Sevilla. Nike no tardó en capitalizar aquella jugada para un spot publicitario: las imágenes se sucedían con el ruido de una locomotora de fondo. “Yo solo cogí el balón en el centro del campo, corrí hasta el área y marqué”, reconocería el jugador, como si la genialidad hubiera sido ejecutada con la misma sencillez con la que hacía la avioneta después de anotar, herencia de su admirado Romário, en el que también se inspiró para escoger al PSV como desembarco europeo, tener simpatía por el club azulgrana o prometer una cifra de goles al inicio de temporada.

Baía recuerda la escena perfectamente, la vivió a lo lejos, esa y la que precedió cada uno de los goles que Ronaldo marcó aquella temporada, con un promedio cercano al tanto por partido, como pronosticó en la presentación. La visión privilegiada de lo que hacía el brasileño con los pies acabó por convencer al meta portugués de que lo sobrenatural podía normalizarse. Y no. Tantas veces se preguntó cómo podía hacer lo que hacía. “Cuando entraba en contacto con el balón siempre sucedía algo. En primer lugar porque tenía una técnica muy por encima de la media. Y luego porque, cuando arrancaba, era muy difícil pararlo. Juntaba potencia y velocidad, lo que le permitía hacer en carrera casi de todo. Era un genio, un talento natural. Tenía todas las cualidades de un gran delantero: la técnica, la explosión, la velocidad, el engaño y la posibilidad de marcar con la derecha o la izquierda. Era capaz de acelerar, frenar y volver a acelerar con una facilidad pasmosa, los defensas no conseguían anular su cambio de ritmo. Esa sensación de ser impredecible me fascinaba. Los defensas de la época eran jugadores robustos, acostumbrados al choque y preparados físicamente, pero enfrentarse a un delantero rápido, fuerte y explosivo… Aquello no era normal”.

 

“Era alegre, bromista y atrevido. A los portugueses nos llamaba panaderos. Con 19 años. Un cachondo”, dice Baía

 

El portero con las patillas mejor recortadas de la historia de este deporte no puede estar equivocado: es estúpido quedarse únicamente con el eslalon en tierras gallegas. Los goles de Ronaldo lo tenían todo y uno a uno fueron clavándose en la retina de los aficionados, indistintamente de sus colores. Su primero en liga, al Racing de Santander, fue toda una declaración de intenciones. ¿O acaso ha habido otro jugador que sume tantas definiciones regateando al portero? Solo en Liga, y marcó 34, fue el ‘Pichichi’ de calle, uno de cada cuatro tantos los metió sentando antes al guardameta, a veces incluso pudiendo no tener que hacerlo. “Conocíamos su estilo de regate. Lo veíamos cada día. La forma con la que cambiaba de pie y se pasaba el balón de un lado al otro. Lo hacía varias veces pero yo nunca sabía si iba para la izquierda o para la derecha. En el uno contra uno era letal. Honestamente he de decir que en los entrenamientos me marcó más goles de los que le paré”, confiesa Baía.

El Barça de Ronaldo se quedó a dos puntos del Real Madrid en la Liga. Marcó 102 goles en 42 jornadas pero no fue capaz de ganar a un recién ascendido como el Hércules ni en casa ni fuera. El brasileño se perdió este último compromiso y las dos siguientes jornadas porque Brasil lo reclutó para la Copa América, así se las gastaban las selecciones en los 90, indefensos y resignados los clubes cuando llamaba Papá Nación. Pero el conjunto azulgrana se llevó el resto de torneos en los que participó: Supercopa, Recopa de Europa y Copa del Rey. Fue un año extraño. A Robson lo silbaron en el Camp Nou tras meterle seis al Rayo y ocho al Logroñés, y Núñez le engatusó vendiéndole un proyecto a largo plazo cuando ya había firmado a Van Gaal para el año próximo. ¿Se fue injusto con el preparador inglés? “Muchísimo”, lamenta Baía. “Robson no era Cruyff. Eran entrenadores diferentes. Pero no por eso se le debió faltar al respeto. Otro entrenador no habría aguantado aquello. Fue inhumana la campaña de desprestigio que sufrió. Desgraciadamente, perdimos la Liga, pero ya le gustaría al Barcelona ganar todos los años tres de cuatro títulos. Estar en cuatro frentes, y llegar vivos hasta el final en los cuatro es muy difícil. Al parecer aquel fútbol no encajaba con el ‘estilo’ y el ADN que gustaba a algunos pero ahí están los resultados. Robson dio mucho más al Barcelona y a sus aficionados de lo que recibió”, sentencia.

Ronaldo

EL ÚLTIMO BRINDIS

Si bien todo terminaba en Ronaldo, y a pesar de los titubeos tácticos que tanto molestaron a la afición (y entre los que se contaban jugar con tres centrales o el doble pivote en un 4-2-3-1), aquella plantilla era una fuente inagotable de talento: Figo, Luis Enrique, De la Peña, Guardiola, Stoichkov, Giovanni, los hermanos García Junyent… Podría haber iniciado una era a nivel europeo de haber logrado retener a su jugador más diferencial. Así lo cree Vitor Baía, que aquel año conocería a José Mourinho, por aquel entonces segundo entrenador y traductor de Robson y con quien en 2004 lograría la Liga de Campeones con el Oporto: “No tengo ninguna duda de que aquel equipo podría haber ganado la Champions. Ronaldo, pero también Figo, eran dos jugadores importantísimos, tanto en lo deportivo como en el liderazgo. La marcha de ambos fue un duro golpe para el Barça porque se demostró que lo que representaban dentro y fuera del campo era imposible de encontrar en el mercado. Con la excepción de Rivaldo, claro”.

Como la última película de M. Night Shyamalan (Old, 2021), Ronaldo nos enseñó que el tiempo podía avanzar muy rápido. No solo en un terreno de juego. Su adiós agrió adolescencias, envejeció a una generación entera. Las lesiones le privaron de ser el mejor más tiempo, pero no hubo mejor Ronaldo que el del Barça. Fue solo una temporada, pero qué temporada. Los tres goles de la remontada copera ante el Atlético (5-4). El golazo a Zubizarreta en el Camp Nou, donde se coló de forma grosera entre los centrales del Valencia. La secuencia es tan impresionante que aún hoy parece que alguien lo esté succionando desde la portería rival. El trallazo al Betis, esta vez desde fuera del área. El penalti sereno en la final de la Recopa, con una bengala volando por encima de su cabeza durante la carrerilla. O la pared de tacón con Guardiola, ante la Real Sociedad, para terminar la jugada con un quiebro de tobillo diabólico ante Alberto López, que cayó de culo, cómo no, de profesión ‘tumba-porteros’, menudo sinvergüenza. En total fueron 47 tantos, ocho dobletes, cuatro hat-tricks, 12 asistencias y un pinchazo en el corazón cada vez que algún programa revive aquellas imágenes, el hombre-manada embutido en esa preciosa camiseta Kappa, a veces azulgrana, otras verde sucio.

 

Su adiós como azulgrana agrió adolescencias, envejeció a una generación entera. Las lesiones le privaron de ser el mejor más tiempo, pero no hubo mejor Ronaldo que el del Barça

 

El último gol de aquella temporada fue un acelerón extraterrestre, al Deportivo, en el Camp Nou y prácticamente en el 90′, y sirvió para prolongar la lucha por el título de Liga antes de la fatídica visita al José Rico Pérez. Aquel sería su ultimo partido de azulgrana, por lo que lo último que haría como jugador del Barça sería marcar. Y lo último que habría querido, según Gaspart, hubiese sido marcharse. “Fue el que tuvo menos culpa. Él quería quedarse”, razona el expresidente. Y de nuevo el recuerdo se hace escena, convertida esta vez en un monólogo cruel y epifánico.

Nos reunimos en el despacho de Núñez para renovar a Ronaldo. El club se lo propuso y él aceptó. Recuerdo que estuvimos toda la mañana redactando el nuevo contrato. Y se llegó a un acuerdo. Con la mala suerte de que, una vez terminado, solo faltaba la firma, detectamos una fecha y cuatro comas erróneas. Como era tarde, Núñez le dijo a la secretaria que lo modificara. ‘¿Todos de acuerdo?’, dijo. ‘Sí, sí’, asintieron los agentes, dos brasileños que se unieron a Ronaldo durante la temporada. Eran las tres de la tarde. ‘¿Qué tal si comemos y en una hora volvemos?’. Todos de acuerdo. Fuimos a un restaurante vasco cercano, descorchamos una botella de cava, brindamos, lo celebramos, Ronaldo feliz y contento, se fue a su casa. Pero cuando llegamos a las cuatro al despacho del presidente para firmar, algo había cambiado. Desde el primer momento, los representantes de Ronaldo empezaron a poner pegas. ‘Esto no era así, no nos habéis entendido’. ‘Aquí hay que añadir esto, se nos ha pasado’. Pegas y más pegas. Que vamos solventando, ojo. Hasta que llega un momento, ya casi de noche, fruto de mi experiencia después de tantos años negociando, en el que miro a los representantes y les digo: ‘¿No vais a firmar, ¿verdad?’. ‘No’. Cuando sucede algo así, tratas de hacer memoria, rebobinarlo todo para atar cabos. Resulta que en el restaurante, cuando todo era felicidad, a media comida, yo no le di importancia, uno de los dos representantes se fue a hablar por teléfono. Tampoco es que fuera un problema, podía ser su mujer. Luego supe que este señor con quien habló fue Massimo Moratti, presidente del Inter. ¿Y qué pudieron decirse? Pues intuyo que lo que yo también dije alguna vez, solo que esta vez lo sufrí en mis carnes: ‘¿Habéis firmado? ¿Habéis firmado?’. ‘No, no, pero está todo comprometido y cerrado’, diría el agente. ‘¡Que si habéis firmado!’. Esto es lo que yo me he imaginado siempre. ‘¿No? ¿No? Pues escucha, tanto más para ti, tanto más para el otro y tanto más para Ronaldo’. ¿100% seguro que fue así? No. ¿99%? Sí. ¿Por qué? Porque desde el Barcelona, además de recibir el dinero de la cláusula, entendimos que había un plus que nos correspondía y que el Inter debía abonar. No era una cantidad muy grande, unos cuantos millones, pero al no ponernos de acuerdo la FIFA nos citó a los dos clubes en Zúrich para tratar de resolver el asunto. Fue entonces cuando me encontré a Moratti y lo primero que hice fue amenazarle con partirle la cara. ‘No te enfades, Juan, fútbol es fútbol’. Ahí supe que lo había dinamitado todo. Al final pagaron parte de ese plus, era una cuestión de dignidad. Pero nos quedamos sin Ronaldo, que se fue llorando del Barça. Él quería quedarse, era feliz aquí. Cuando lo llamé para saber de primera mano lo que había ocurrido me dijo que sus nuevos representantes [Reinaldo Pitta y Alexandre Martins] eran amigos de la infancia, que querían lo mejor para él y que él respetaba sus decisiones. Los dos acabaron en prisión.

Pero la condena la cumplió el Barça: perdió a su ‘Fenómeno’.

 


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Fotografía de Getty Images.