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Fabián O’Neill y Eduardo Galeano: Hasta el último cuento

En memoria de Fabián O’Neill, quien se fue como Papá Noel: un 25 de diciembre, dejando magia, historias y una copa vacía antes de partir

Galeano

“Hay hombres que se esconden detrás de sus hazañas. Otros, detrás de sus heridas. Fabián O’Neill caminaba con ambas a cuestas, sin pedir disculpas. Lo abracé porque entendí que a veces el dolor también merece ser celebrado”. Eduardo Galeano (nota inédita sobre Paso de los Toros)

 

Decían que Galeano no tomaba whisky. Que era más de vino tinto en vaso corto, y si podía ser en jarra de barro, mejor. Pero esa tarde, en Paso de los Toros, pidió uno. Solo, sin hielo. Como si supiera que no iba a durar mucho. Como si fuera un rito más que un trago.

El cantinero lo miró raro. Primero por la voz —gastada, como libro de segunda mano—. Después por el pedido. Y al final, por la libreta. Esa libreta de tapa de cuero, ajada en los bordes, con una G mayúscula dibujada a mano. El viejo no necesitaba más pruebas. Era él.

—¿Usted es Galeano? —le preguntó, no por duda, sino por ceremonia.

—A veces —respondió, sin levantar la vista.

En la esquina del mostrador, como siempre, estaba Fabián. El zurdo que brilló en Italia sin aprender a hablar italiano. El que dormía en la barra y jugaba en el Centenario con 3.2 de alcohol en sangre. El último romántico de la pelota sin GPS ni data analytics. Fabián O’Neill.

 

En la esquina del mostrador estaba Fabián. El zurdo que brilló en Italia sin aprender a hablar italiano. El que dormía en la barra y jugaba en el Centenario con 3.2 de alcohol en sangre. El último romántico de la pelota sin GPS ni data analytics

 

Giró la cabeza con el movimiento justo para no parecer sorprendido, pero lo estaba. Lo reconoció al instante. No por los libros, que no leía. Sino por una entrevista en la televisión, esa que había visto con su tercera mujer en la cocina de la estancia, mientras revolvía un guiso y sostenía un vaso con vino del bueno.

—¿Qué hace por acá, maestro? —preguntó O’Neill, con una sonrisa ladeada.

—Le traigo un trago a cambio de una historia —dijo Galeano, acercándole el vaso.

Fabián lo miró con picardía. Nadie le ofrecía tragos a cambio de nada. Tomó el vaso con la solemnidad que otros reservan para los brindis de fin de año, lo alzó como quien honra a los muertos y bebió.

—¿Una historia de qué tipo? —preguntó—. ¿De las que no se cuentan o de las que no se creen?

—De las que duelen —respondió el escritor.

Fabián se rió, rascándose la cabeza como quien busca algo en un bolsillo vacío.

—Entonces si querés te cuento cómo fue que los caballos lentos y las mujeres rápidas me arruinaron —guiñó un ojo, y Galeano sonrió—. ¿O querés que te cuente que nunca fui ejemplo de nada? ¿Qué iba a enseñar yo en una escuelita de fútbol, maestro? ¿A patear con resaca? ¿A perderlo todo en una mano de cartas? ¿A abrazarse a un asado como si fuera la última patria?

Galeano soltó una carcajada breve, la primera de la tarde.

Y así empezaron. A contar historias. A perderse en anécdotas deshilachadas. Entre vasos que se vaciaban y volvían a llenarse.

Fabián habló del partido contra Central Español, jugado con la resaca de su cumpleaños. De los penales en los entrenamientos de la Juve, cuando Zidane lo miraba con respeto y Trezeguet lo imitaba sin éxito. Del día que confundió a la madre de un compañero con una amante en la oscuridad de una fiesta juvenil. Y de la vez que izó la bandera de Uruguay al revés porque venía directo del quilombo.

Entre relato y relato, se reían. Se callaban. Se miraban de reojo.

La tarde en Paso de los Toros avanzaba como una vieja locomotora: lenta, ruidosa, inevitable.

Galeano escuchaba. No tomaba nota de todo. A veces solo asentía, con los ojos húmedos y el alma abierta como un estadio de barrio en domingo. Apuntaba apenas una palabra, una imagen, como quien guarda migas para no perder el camino de vuelta.

 

Galeano levantó la mirada. No dijo nada. Apuró el whisky. Lo dejó en el mármol. Se paró y lo abrazó. No como se abraza a un ídolo, ni como se despide a un borracho simpático. Lo abrazó como se abraza a los hermanos perdidos en el tiempo

 

El sol empezaba a caer, tiñendo de naranja las cortinas del bar. Y ahí, cuando ya parecía que no quedaban más cuentos, luego de un silencio largo, Fabián, con una mirada perdida y las dos manos aferradas al vaso, murmuró en voz triste:

—Pero la que más me gusta no es de fútbol.

El bar se calló solo. Como si todos supieran que venía algo importante.

—Una vez, cuando tenía diez años. Me mandaron al prostíbulo a dejar una botella. Hacía calor, un mediodía de esos en que el asfalto te quiere tragar. Ya me conocían ahí. Era el pibe que hacía los mandados, el que vendía chorizos a la salida. Entré por el costado, pasé la cortina y la vi. Una morocha me agarró del brazo, se agachó a mi altura y me dijo: “¿Vos sabés que tenés ojos de tristeza?” Me largué a llorar. No porque me doliera. Lloré porque por primera vez alguien me vio.

Galeano levantó la mirada. No dijo nada. Apuró el whisky. Lo dejó en el mármol, con cuidado. Se paró y lo abrazó. No como se abraza a un ídolo, ni como se despide a un borracho simpático. Lo abrazó como se abraza a los hermanos perdidos en el tiempo.

Cuando cruzó la puerta, alguien puso un tango en la rockola. El sol se colaba por los vidrios rotos y dibujaba líneas sobre el polvo del suelo. El cantinero se acomodó el delantal, como si acabara de presenciar algo sagrado.

Fabián se quedó ahí, con el vaso vacío en la mano. Miró hacia la calle. No sabía si lo que acababa de pasar era real o un invento de su memoria alcoholizada. Pero sonrió.

Pensó que quizás no era tan malo tener ojos tristes, si servían para que te inviten un whisky…y te escuchen como si fueras un poema.

 


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Fotografías de Getty Images.