Cuando algunas de las viejas glorias de San Mamés se cachondean de él diciéndole que es más mediático que ellos, el chaval les responde que alguna ventaja tenía que tener ser negro. Con un descaro que despeina tabúes, Iñaki Williams (Bilbao, 1994) ha encontrado acomodo en la bahía de las anomalías futbolísticas, ese pasaje a ratos vergonzoso por demasiado arcaico en el que garbean otros pioneros como el primer jugador que hizo pública su homosexualidad en plena carrera, por ejemplo. Partir desde la rareza histórica en una ciencia como la del balón, a la que le faltan tantos veranos, puede ser una losa. Pero también una lanzadera. Más ajustado a la segunda opción se encuentra el caso de Williams, al que ser “negro y jugar en el Athletic” le vino bien para que unos cuantos ojos se le echaran encima. A partir de ahí, su lucha consistió en demostrarles que la excesiva atención al color de su piel debía pasar a mejor vida. Unos cuantos meses le han bastado. Hoy el joven cachorro de Lezama ya debe ser solo tenido en cuenta por estadísticos curiosos. Hay algo de halagüeño en su estilo que permite que también se le analice como firme promesa desde una perspectiva incolora, más relacionada con el juego. El encuadre que se merece un delantero con duende que acaba de ser escogido como el mejor en su puesto en el Once de Oro que otorga la asociación Futbol Draft 2015. Un galardón que le pone a la altura de otras perlas del fútbol español ya muy cotizadas como José Luís Gayá o Denis Suárez.

Iñaki, ze urrun dago Kamerun (“Iñaki, qué lejos está Camerún”), que decía la canción del grupo Zarama. En Vizcaya es un clásico bautizar popularmente como ‘Iñakis’ a todos los inmigrantes africanos que llegan al País Vasco. Williams, la etiqueta guasona la lleva en el nombre de pila. Una bufonada. Él, de hecho, nació en pleno centro de Bilbao. Vamos, que es igual de vasco que Pío Baroja y que Jonás Ramalho, cedido hoy en el Girona por el club bilbaíno y considerado el primer jugador de color que compitió oficialmente con los rojiblancos.

De lo que sí puede posturear el chico, si es que realmente estos méritos sirven para algo, es de haber sido el único futbolista de ascendencia africana en haber marcado un gol con el Athletic. La gesta todavía está caliente: data del febrero de este mismo año y el escenario fue el Estadio Olímpico de Turín, con el telón de la Europa League de fondo. Borja Viguera se escabulle por el costado izquierdo del área italiana, levanta los ojos y manda un balón meloso al punto de penalti con el exterior de su diestra. Por ahí aparece Williams, que va con todo y, pese a que la pelota pega un bote incómodo antes de que le llegue, la acaba empujando al fondo de las redes. Es un gol simplón y poco elaborado, de los que tanto gustan a Toquero. Pero un gol con matices históricos, al fin y al cabo.

Nos hemos tapado los ojos hablando de sucesos increíbles, mientras algún que otro imbécil enfermaba al ver a un negro celebrando los goles del Athletic desde el césped

“Yo he nacido aquí, llevo veinte años aquí, pero los orígenes y las raíces no se olvidan. Mis padres nacieron en Liberia y sientes que toda tu familia está allí. Una parte de mí también es africana”, aclara Iñaki, que prefiere no entender de límites en el espacio, ni en la vida ni en el campo. Pese a tener los centímetros de un ‘9’, sus movimientos suelen abarcar un terreno mucho más amplio. Valverde le ha hecho un hueco en las alineaciones del primer equipo ubicándolo en uno de los dos carriles (preferentemente el derecho) o bien a la espalda de Aduriz, que por el centro esta temporada ha vuelto a monopolizarlo todo. De ahí que su cifra de tantos no sea destacable (dos en 24 apariciones), pero que, con más metros para recrearse al galope, haya batido la marca de máxima velocidad punta en la Liga (35,71 km/h en un sprint). El honor se lo ha arrebatado a Sofiane Feghouli, último poseedor del récord, al que superó por 18 décimas.

Tiene Williams mucho fútbol africano dentro, pese a que paradójicamente nunca haya llegado a jugar en él, tampoco en el ámbito de las selecciones nacionales, en el que escogió el rojo y, de hecho, ya se está fogueando con la sub-21 de Celades. Su paradigma aclara que el patrón del jugador en África –físico, brusco, portentoso-, no depende únicamente del tipo de escuela de la que proviene, sino que la constitución de sus condiciones inherentes también tiene mucho de genética, de anatomía. El ariete vasco se ajusta a ese perfil, agradecido en el esfuerzo y muy intenso en cada lance, aunque a veces cojee un poco en lo académico. La faena para su entrenador está siendo domesticarle en el juego de posición y temporizar su exceso de revoluciones, puesto que en San Mamés, cuando no hay contrataque a la vista, le toca entenderse con socios más delicados como Beñat, Muniaín, Ibai o Susaeta.

Su aprendizaje y moldeamiento se antojan largos, pero a los ‘leones’ se les ve dispuestos a tener paciencia. El futbolista empezó a ganarse su confianza este curso goleando con el filial, luego irrumpió con fuerza en los planes de Valverde y ha acabado incluso dando la cara en citas de gala. Motivos de peso para que la directiva diera luz verde a su renovación. Una nueva situación contractual que permitirá a Félix Williams, padre de la joya, dejar su trabajo en Londres y volver a reunirse con su familia. La madre, María Arthuer, se quedó en Bilbao combinando trabajos en la colecta, el cuidado de animales y los servicios de limpieza a domicilio. Ambos escaparon de los horrores de la guerra de Liberia, hicieron escala en Ghana y más tarde acabaron asentándose en el norte de España. Fue entonces cuando apareció Iñaki, el fruto de una historia agónica, humilde y llena de superación.

Con los motores de la final de Copa empezando a calentar, quizás vaya siendo hora de que las cosas queden puestas en su sitio. Han pasado muchos meses desde su debut, y durante todo este tiempo, nos hemos tapado los ojos hablando de sucesos increíbles, revisando archivos históricos, regocijándonos con las virtudes de la globalización y preguntándole a los entendidos sobre el impacto de las pieles y sus colores, mientras algún que otro imbécil enfermaba al ver a un negro celebrando los goles del Athletic desde el césped. Con tanto estruendo inútil, nos estamos perdiendo a Iñaki Williams. Merece la pena recapitular y empezar a prestarle otro tipo de atención, pues no es poca cosa la que está en juego.